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El Valle de Arán: La nación sin fronteras

Lunes 16 de Octubre, 2017
Es un país dentro de un país dentro de un país. Es una comarca especial. Tiene historia y carácter propio para serlo. Ubicado en la vertiente más occidental del Pirineo catalán, el Valle de Arán y sus habitantes han disfrutado durante siglos de una particular relación de “independencia” respecto de Cataluña y el resto de España, fruto del aislamiento geográfico y de una identidad cultural singular que ha resistido a los avatares históricos.
Javier García Blanco

En el Valle de Arán (Val d’Aran en aranés, el dialecto occitano que comparte oficialidad con el castellano y el catalán en la comarca), entre el 80 y el 90 por ciento del suelo es de propiedad comunal; es decir, no existe la propiedad privada más allá de casas y fincas anexas, por lo que la mayor parte de pastos y tierras de labranza son de uso público compartido y de aprovechamiento para todos sus habitantes. Así ha sido desde hace 700 años, y eso explica que incluso en los rincones más recónditos y agrestes del valle –por ejemplo, en prados ubicados a más de 2.000 metros–, uno se encuentre aquí y allá con rebaños de vacas y yeguadas que pastan libremente en praderas inmensas sin pastor que los vigile ni vallados que limiten sus movimientos. Los animales, salvajes o domésticos, viven libres en Arán, al igual que los algo más de 10.000 habitantes que se reparten en los 33 pueblos de la comarca, reunidos en torno a nueve municipios.

Esta es solo una de las muchas peculiaridades de este valle pirenaico hoy perteneciente a la provincia de Lérida, pero que durante siglos vivió prácticamente aislado del resto del mundo a causa de sus peculiaridades geográficas y su particular idiosincrasia.

ORÍGENES DE UN PEQUEÑO “REINO”
En plena escalada de aspiraciones independentistas catalanas, lo primero que llama la atención al visitante que llega al Valle de Arán tras atravesar los más de cinco kilómetros del túnel de Viella es la ausencia de esteladas, las banderas a favor de la independencia que decoran balcones, ventanas y viviendas en buena parte de Cataluña.

Aquí, en pleno corazón del Pirineo leridano, el procés no levanta grandes pasiones. Cada 11 de septiembre, la población del valle se echa a la calle, sí, pero para celebrar la fiesta mayor de Viella, capital de Arán, y no para disfrutar del carácter festivo y reivindicativo de la Diada.

Existe un sentimiento nacionalista, pero es de signo aranés más que catalán.

De hecho, los vecinos del valle se sienten araneses por encima de todo, pero la mayor parte de la población se considera también española y catalana. Sin complejos. Para entender esta peculiaridad aranesa es imprescindible conocer la historia de este pequeño valle de 633 kilómetros cuadrados, cuyo devenir ha estado marcado por la influencia aragonesa, catalana, francesa y española a lo largo de los siglos…

Los primeros rastros de población humana en el valle se remontan a hace 6.000 años, cuando un grupo de pastores de origen celta procedente de los Alpes arribó a este rincón paradisiaco de los Pirineos. Miles de años más tarde, fueron los romanos quienes incorporaron las recónditas tierras del valle –primero a la Roma Republicana y más tarde al Imperio–, dejando a su paso un modesto pero importante legado en forma de calzada que atravesaba el territorio, así como un altar dedicado a Júpiter, un castro, termas y numerosas urnas funerarias, además de otros restos arqueológicos. Con la caída de Roma, Arán y sus habitantes continuaron con su apacible existencia hasta la época medieval.

Las primeras referencias históricas sobre el valle se remontan al siglo X, ya en plena Edad Media. Es en esas fechas cuando Arán aparece mencionado en documentos que vinculan el territorio con el condado de Ribagorza. Poco después, a comienzos del siglo XII, se le menciona de nuevo en la Crónica de Alaón, donde se relata la muerte del rey Pedro I de Aragón en aquellas tierras, mientras viajaba de camino al condado de Bearn. Gracias a la documentación histórica sabemos también que su sucesor, Alfonso I el Batallador, gobernó en los dominios del valle a través de Céntulo II de Bigorra, a quien había nombrado teniente de la comarca en agradecimiento por la ayuda prestada durante sus campañas de reconquista.

En 1130 se produjo otro hecho de gran relevancia para el devenir histórico del valle. Ese año el Batallador firmó con los araneses el Tratado de Amparanza, por el cual el territorio pirenaico quedaba bajo la protección de la Corona de Aragón frente a las aspiraciones de los condes de Cominges, a cambio del pago anual de un importante tributo de trigo.

Lee el artículo completo en el nº148 de la revista Historia de Iberia Vieja

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