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ALFONSO X, EL REY QUE QUISO SER EMPERADOR

Jueves 29 de Mayo, 2008
Alfonso X el Sabio ¿era tan sabio como dicen? Para la cultura general que había en su época, desde luego que era un genio. Supo conjugar las batallas con la sapiencia, algo que no era muy habitual. Además de rey, guerrero y diplomático, era un poeta aficionado a la astronomía. Llamó a su corte de Toledo a los más famosos y experimentados científicos, fueran cristianos, judíos o musulmanes. De aquellas reuniones surgieron las Tablas astronómicas alfonsíes, elaboradas en 1272 y que sustituyeron a las ya obsoletas de Ptolomeo. Por aquellos días se hizo famosa la frase del rey cuando, comentando el orden de las esferas, dijo: “Si yo hubiese estado al lado de Dios cuando creó el universo, le habría dado algún valioso consejo”.
Las Tablas están formadas por tratados originales, refundiciones y traducciones en los que se busca compilar todo el conocimiento astronómico de la época y colaborar a su progreso por medio de nuevas invenciones y aparatos descritos en los distintos tratados. En los Libros de los relogios se hace la primera mención en Europa de un reloj de pesas y eso que los primeros relojes de cuerda no hacen su aparición hasta el año 1450. También están El Libro de las armellas o los bien conocidos Libro del astrolabio y Libro del cuadrante que aún eran útiles en los siglos XVI y XVII.

Su apelativo de 'el sabio' hace honor a las aportaciones del monarca en el campo de la cultura porque le interesó prácticamente todo y quiso hacer enciclopedias de todo. Una de ellas es El Lapidario, un tratado pseudocientífico, a mitad de camino entre la medicina y la magia, en el que se describen y analizan 500 piedras preciosas, metales y otras sustancias en relación con la astronomía judaica.

También realizó la primera reforma o normalización ortográfica del castellano, lengua que se adoptó como oficial en el reino, en detrimento del latín. El propósito del monarca era que el castellano tuviera preeminencia en su Corte porque era la que comprendían sus vasallos. Su afán por la divulgación de la lengua ('porque los omnes lo entendiessen meior et se sopiessen dél más aprovechar') le llevó a traducir al castellano la Biblia, el Corán, el Talmud, la Cábala, Calila y Dimna (una colección de fábulas hindúes), Los Libros del Tesoro de Brunetto Latini, etc.

Por todo ello, está considerado el fundador de la prosa castellana y tuvo tiempo para promover la creación de nuevas universidades como las de Valladolid y Sevilla además de dar nuevos brios a la universidad de Salamanca que había sido creada por su abuelo Alfonso X de León. Con sus iniciativas, provoca una revolución cultural, pone los cimientos del futuro Estado moderno hispano y del renacimiento científico en una Europa medieval que aún no había salido de su sopor guerrero.

Datos de un reinado tumultuoso
El que llegaría a ser rey de Castilla y de León y uno de los monarcas más poderosos de Europa, nace en Toledo el 23 de noviembre de 1221. Hijo de Fernando III el Santo y Beatriz de Suabia, heredó lo mejor de sus genes. Con su padre se inició en unos cuantos escenarios bélicos en plena Reconquista y su madre le inculcó el amor por las artes y la literatura. Se casó en 1246, cuando contaba 23 años, con doña Violante de Aragón, hija de Jaime I el Conquistador, con la que tuvo diez hijos legítimos. Pero mientras le buscaban a la esposa apropiada, como príncipe no perdió el tiempo. De la unión con su amante Mayor Guillén de Guzmán tuvo otros tres hijos: Beatriz de Castilla (casada con Alfonso III de Portugal y madre de Dionisio I de Portugal), Martín Alfonso (obispo de Valladolid) y Urraca Alfonso, casada con Pedro Núñez de Guzmán. Otras amantes fueron María de León y María de Aulada y con todas ellas tuvo hijos bastardos.

A la muerte de su padre, en 1252, ocupa el trono y a sus 31 años reanudó lo que su progenitor había dejado inconcluso que era la ofensiva contra los musulmanes, ocupando algunas plazas y fortalezas en Andalucía (Jerez, Medina-Sidonia, Lebrija, Niebla y Cádiz) que incorporó a la Corona de Castilla, así como, siendo infante, todo el Reino de Murcia. El rey musulmán de Granada, temeroso de que le tocara a él el turno, hizo un acuerdo con los benimerines de Fez para instigar una revuelta de los mudéjares que vivían en Castilla, sublevación que se produjo en 1264 y que fue sofocada al poco tiempo. Y aquí se produce un hecho insólito pues Alfonso pudo acabar de una vez por todas con la independencia del enclave granadino (ahorrándole ese esfuerzo a los futuros Reyes Católicos), pero aceptó la tregua ofrecida por el sultán con la promesa de entregar 250.000 maravedíes anuales en concepto de tributo.
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