BENEDICTO XIII, EL IRREDUCTIBLE PAPA LUNA | Historia de Iberia VIeja

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BENEDICTO XIII, EL IRREDUCTIBLE PAPA LUNA

Jueves 31 de Enero, 2008
Temido, respetado y odiado a partes iguales, protagonizó algunos de los episodios más trascendentes de su época. El español Benedicto XIII, más conocido como el Papa Luna, se movió con astucia por uno de los periodos más turbulentos de la historia de la Iglesia: el Cisma de Occidente. Por: JAVIER GARCÍA BLANCO
Avignon, 1398. En el interior del palacio-fortaleza papal, el aragonés Pedro Martínez de Luna, más conocido como Benedicto XIII, Papa en la obediencia francesa, resiste un duro asedio lanzado por la corte francesa y los cardenales desleales. Uno de ellos, el cardenal Nefchâtel –el mismo que le había nombrado sacerdote– se encuentra ahora en la localidad y, espada en mano, arenga a las tropas en contra de Benedicto, con gritos de “viva el Sacro Colegio”.
Los soldados pertenecen a la tropa del mercenario y aventurero Geoffroy Le Meingre (hermano del mariscal de Francia). Las tropas leales al Papa aragonés son escasas. Tras los muros de palacio hay apenas 275 almas, y buena parte de ellas no son hombres de espada. Sin embargo, Benedicto XIII, que tiene ya 70 años, no se acobarda. Cuando los ataques se hacen más cruentos, el pontífice no duda en acudir a los lugares más peligrosos para animar a sus fieles defensores. En una de las acometidas, incluso resulta herido en un hombro.
Aquella situación se había iniciado en 1395. Poco después de la elección de Benedicto como nuevo pontífice de Avignon, el clero francés se había reunido para buscar una salida definitiva al Cisma que asolaba a la cristiandad desde 1378. El rey Carlos VI envió una embajada al Papa Luna para que conociera la decisión tomada: lograr su renuncia y la de Bonifacio IX, su adversario.
Pero el aragonés no estaba conforme con aquella solución, y aunque se mostró partidario de valorar otras opciones, rechazó la posibilidad de una renuncia. La actitud de Luna no fue bien recibida por el monarca francés. Los ánimos se exaltaron y la población aviñonesa protagonizó revueltas contra el pontífice. Pero Benedicto es testarudo y cree estar en la posesión de la verdad, por lo que no da su brazo a torcer.
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