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EL CABALLERO ÁLVARO DE LUNA

Lunes 23 de Febrero, 2009
Hambriento de poder, cruel, mago, nigromante. Todo tipo de ­falsedades se han levantado alrededor de uno de los políticos más influyentes de la Castilla del siglo XV, que en realidad fue uno de los mejores ejemplos del perfecto caballero medieval europeo. Para esclarecer su figura es conveniente conocer su fascinante aventura, y los prolegómenos que le llevaron al poder.
Por: Miguel Zorita Bayón y Juan Ignacio Cuesta

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La familia de los Luna, desde tiempos inmemoriales estuvo al servicio de la corona aragonesa. Una antepasada ilustre de don Álvaro, doña María de Luna fue esposa de Martín el Humano, pero la figura quizá más emblemática de la familia fue el Papa Luna, o sea Benedicto XIII, que fue tío-abuelo del que sería condestable de Castilla. Nuestro hombre nació en Cañete, en la provincia de Cuenca, en el año 1390. Su madre, María Fernández Jarana, conocida como “La Cañeta” era la esposa del alcaide de la fortaleza de la villa, y mantuvo una aventura extramatrimonial con don Álvaro Martínez de Luna, que a la sazón era copero mayor del rey Enrique III de Trastamara, “el Doliente”. Por lo tanto sus orígenes ­fueron menos nobles que los de sus ­parientes aragoneses. Una vez muerto su padre natural. fue educado por su tío, el arzobispo de Toledo, don Pedro Martínez de Luna, distinto del Papa Luna, que lo presentó a los nobles castellanos, lo que le permitió ascender en su condición. Su biógrafo Gonzalo Chacón, nos relata cómo su inteligencia precoz dejó tan fascinado al monarca castellano que le encargó ser el paje del príncipe. Historiadores como Fernán Pérez del Pulgar lo describen con dieciocho años de esta manera: “… pequeño de cuerpo y menudo de rostro; pero bien compuesto de sus miembros, de buena fuerza, y muy cavalgador, asaz diestro en las armas, y en los juegos dellas muy avisado. En el palacio muy gracioso y bien razonado, como quiera que algo dudase en la palabra; muy discreto, e gran disimulador: fengido e cauteloso, y que mucho se deletaba usar de tales artes y cautelas, ansí que parece que lo había a natura”. El fallecimiento del rey Enrique significo que la regencia quedó en manos de dos personas, el tío y la madre del que por entonces era el príncipe Juan, aún menor de edad. Esto significo que la simpatía que Álvaro había suscitado en su mentor, no era compartida, ni por Fernando de Antequera, ni por Catalina de Lancaster, los regentes. Había una gran desconfianza y un ambiente de amenazas por parte de la nobleza ­insurgente ante esta peripecia política. En el año 1416, con la muerte de Fernando de Antequera, las propiedades pasan a sus hijos los Infantes de Aragón. Las relaciones diplomáticas con estos fueron muy tensas y los intereses llegaron a ser irreconciliables. Alfonso, Juan y Enrique repartieron los territorios heredados de su ­padre, pero Castilla era la parte más ambicionada por todos. La desaparición de Fernando “el Justo”, como también se le llamaba, favoreció a sus hijos, y en concreto a Juan II. Don Álvaro, que ya contaba con veintiséis años, había dejado de ser un simple compañero de juegos y aventuras del príncipe. El contacto diario entre ambos hombres convirtió al conquense en prácticamente su alter ego, lo que favoreció enormemente a las pretensiones que tenía de ascender todo lo posible, y lo hizo meteóricamente
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