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Caballeros medievales

Lunes 24 de Junio, 2013
Los mejores guerreros en el campo de batalla, los amantes más tiernos en el jardín del amor. Los caballeros medievales se sometían a unos estrictos principios de conducta para servir a la ley y defender la tierra y a su señor. Mitificados por la literatura, estos personajes no han perdido el aura de encanto con que fueron revestidos por la imaginación de sus primeros “biógrafos”. Rasgamos el tapiz del tiempo con el filo de su espada para viajar a una edad legendaria, en la que la recompensa por matar a un dragón era el beso de la mujer amada…
Por: Alberto de Frutos
Los españoles tenemos la suerte de que Cervantes sea “uno de los nuestros”. El ingenioso hidalgo Don Quijote de La Mancha, genial parodia de los libros de caballerías, nos muestra a un héroe trasnochado, un epígono de la Edad Media que cabalga por las tierras de España a lomos de Rocinante. Su tiempo ha pasado, pero su espíritu se mantiene intacto, y también sus ilusiones. Alonso Quijano se ha “bebido” todas las aventuras de sus idolatrados héroes, y ha perdido la razón entre “encantamientos, pendencias, batallas, desafíos, heridas, requiebros, amores, tormentas y disparates imposibles”.

Las novelas de caballerías, auténticos best-sellers del siglo XVI, forjaron en el imaginario colectivo el ideal de esos paladines. Hoy, cuando nos acercamos a estas figuras, lo hacemos siempre desde un prisma literario –no puede ser de otra manera–; y, aunque el Amadís de Gaula o el Palmerín de Oliva no existieron nunca, el relato de sus hazañas, sus geografías imaginarias y sus amores platónicos resultan tan amenos como antaño.

Así, cuando cerramos los ojos, la Edad Media se despliega como un bucólico lienzo prerrafaelita, en el que Ivanhoe comparte tejido con el rey Arturo, mientras las damas ofrecen sus prendas para una justa como la de Paso Honroso, que tuvo lugar en el puente de Órbigo (León) en 1434. Cerramos los ojos, sí, y un dragón llama a la puerta de nuestros párpados, o tal vez un ciervo-unicornio, extraviado de la Insola firme del Amadís.

En su día, las autoridades consideraron muy perniciosas estas novelas, pero sus intentos por desterrarlas de las alcobas fueron baldíos. Hubo leyes que prohibieron su publicación o que instaron a que se editaran fuera de Castilla, pero las imprentas las sortearon, como quien oye llover. El realismo era una carga demasiado pesada para los lectores, que demandaban pasatiempos más inofensivos, tal como reconocieron intelectuales de la talla de Ignacio de Loyola o Teresa de Jesús, asiduos “consumidores” de estas historias.

Cuando aparece la primera parte de El Quijote, en 1605, el público está ya familiarizado con lo que representa el caballero andante. De acuerdo: el deseo de Cervantes no fue otro que “poner en aborrecimiento de los hombres las fingidas y disparatadas historias de los libros de caballerías”, pero, a la vez, el mejor escritor de todos los tiempos supo retratar con su pluma a un caballero con todas las de la ley, espejo de sus nobles ascendientes. ¿Qué importa que a la postre los molinos de viento no fueran gigantes o que Dulcinea del Toboso fuera una labradora de nombre Aldonza Lorenzo? En el fondo, los espejismos del hombre de La Mancha no son tan diferentes de los nuestros cuando nos aproximamos a esta época...

Nuestro infeliz hidalgo se hace armar caballero en el capítulo III de la novela, en un esperpéntico ritual que vamos a contextualizar en las líneas que siguen, de la mano del historiador José Manuel Rodríguez García, quien expone: “La tradición para el ingreso en el ordo caballeresco era variable. En el siglo XI, el acto se circunscribió al aspecto más puramente militar. A partir de la segunda mitad del siglo XII, se atestiguó el rito de la ‘;pescozada’ o espaldarazo. El ceremonial atravesó por diversas fases hasta que decayó a finales del siglo XIII”.

En efecto, el primer requisito para ingresar en este grupo nobiliar, que protegía tanto a la sociedad como los fundamentos de la fe cristiana, era ser armado caballero. Al principio, bastaba con la espada, pero, más adelante, el rito se hizo más complejo, con la “pescozada” (¿una bofetada?), que se menciona por primera vez, negro sobre blanco, en el fuero de Cuenca (principios del siglo XIII), y que en 1188 recibieron Alfonso de León y Conrado de Alemania. La pescozada precedió al espaldarazo de toda la vida, que tantas obras pictóricas –véase el cuadro de Blair Leighton, foto 7, sobre estas líneas a la izquierda– inmortalizarían más tarde.

Los historiadores fechan en 1124 la aurora de la investidura en el seno de la monarquía castellana –en tiempos, pues, de Alfonso VII–, pero consideran que fue bajo el reinado de Alfonso VIII cuando se concretó esta etiqueta y se definió toda su carga simbólica, mediante la exaltación de unas virtudes dignas de imitación. Desde luego, los reyes auspiciaban estas conductas y ceremonias, pero siempre con un límite, y es que, si daban alas a la nobleza feudal, su corona podía peligrar, por lo que muy pronto dejaron claro que ellos eran “la cabeza de la caballería y que todo el poder de ella se encierra en su mandamiento”.

En palabras de Jesús D. Rodríguez-Velasco, catedrático de Estudios Medievales y de la Edad Moderna en la Universidad de Columbia, “mediante el ritual, el nuevo caballero va adquiriendo vínculos”. El primero con Dios, pero también con la hermandad de sus compañeros, con aquel que le hace caballero, y con quien le apadrina al desceñirle la espada.

Nobleza y realeza compartían, en definitiva, ideales comunes, inspirados por la Divina Providencia, y un destino parecido.
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