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LA CONQUISTA DE CERDEÑA

Martes 25 de Agosto, 2009
En sus 24.090 km2, la isla de Cerdeña encierra una historia apasionante del enfrentamiento secular entre las civilizaciones del Mediterráneo, desde la Antigüedad hasta la época moderna. En sus tierras se sucedieron las colonizaciones fenicia y griega, la ocupación cartaginesa, la sumisión a la Pax Romana, las invasiones del pueblo vándalo y del Imperio bizantino, la conquista árabe y el creciente ascendiente político y mercantil de las repúblicas de Génova y de Pisa, aliadas contra el poder musulmán, ya en los siglos XII y XIII. Por: Jorge García Sánchez
Las tropas catalano-aragonesas del monarca Jaime II fueron las últimas en desembarcar en la isla: pero sellarían cuatrocientos años de dominio hispano sobre ella, impronta que incluso en nuestros días se percibe en su cultura, en su lengua (el catalán es idioma oficial en algunas ciudades) y en sus tradiciones.

A finales del siglo XIII, el cronista Bernat Desclot aseguraba que ninguna nave se atrevía a surcar el Mediterráneo sin el permiso del soberano de Aragón, ni ningún pez asomaba de entre las aguas sin portar en la cola su escudo real. Unas palabras altisonantes, acordes a ese género de literatura medieval, pero que para entonces retrataban el inabarcable horizonte alcanzado por la política expansiva de la Corona aragonesa, impulsada por el precoz final de la reconquista ante el Islam tanto peninsular (Valencia y posteriormente Murcia), como de la insular (las islas Baleares), durante el reinado de Jaime I. De ahí su apodo, el Conquistador. La proyección militar y comercial hacia nuevas rutas marítimas –especialmente el disputado centro de la cuenca mediterránea- y el choque con los intereses de la francesa Casa de Anjou en Nápoles y Sicilia, unidos a la intervención de mercenarios almogávares en apoyo del emperador bizantino contra los turcos en Asia Menor, había puesto bajo la hegemonía catalano-aragonesa Malta (1283), la tunecina isla de Djerba (1284) y los ducados de Atenas y Neopatria (1311). La anexión de Sicilia, la cual se desarrolló en diversas fases, entre 1282 y 1302, requirió de mecanismos diplomáticos de mayor complejidad: sentado en el trono Jaime II el Justo (1291-1327), el pontífice Bonifacio VIII medió entre franceses angevinos y aragoneses con objeto de poner fin a un conflicto que convulsionaba Occidente desde hacía décadas, con la península italiana como epicentro. En el tratado de Anagni (1295) se alcanzó un acuerdo que satisfizo a las dos partes implicadas: Jaime II esposó a la primogénita de Carlos II de Anjou, y aunque renunció a la corona siciliana a favor de la Santa Sede, obtenía en una cláusula secreta la soberanía nominal del reino de Córcega y Cerdeña. Nominal, puesto que sendas islas, bajo dominio genovés y pisano, respectivamente, tenían que ser conquistadas todavía por la fuerza de las armas. Una empresa ardua si consideramos que ambas repúblicas, casi siempre enemigas, y en ocasiones aliadas, detentaban un formidable poderío naval en el mar Tirreno y en el Mediterráneo, compartido asimismo por la Serenísima, Venecia. La autoridad aragonesa sobre Córcega ni siquiera llegó a fructificar, a excepción de en algunos enclaves, y en continua disputa con los poderes locales y con la influencia francesa; de hecho, hasta 1768 fue posesión genovesa. Pero la fortuna sí sonrió a las armas catalanas en el caso del reino sardo.

Las crónicas de Ramón Muntaner y de Pedro IV de Aragón (esta última producida en el seno de su Corte) nos narran la expedición de Cerdeña, retrasada durante cerca de 30 años a causa de los avatares internos de la monarquía. En 1323, tras tejer una sutil red de relaciones diplomáticas que había aislado a Pisa de sus vecinos en la Toscana, y levantado al pueblo sardo contra sus amos -a excepción de en un puñado de fortalezas y villas pisanas- bajo la égida del juez de Arborea Hugo II (Cerdeña constaba de cuatro divisiones administrativas, denominadas juzgados), había llegado la hora de reclamar la isla para Aragón. Un primer cuerpo expedicionario partió con el vizconde de Rocabertí a la cabeza de 200 caballeros y 12.000 infantes y almogávares en apoyo inmediato de Hugo II, mientras que el principal contingente se reunía en Port Fangós, donde una armada de más de 80 naves esperaba el embarque de la hueste. El infante Alfonso, futuro Alfonso IV, guiaba un preparado ejército compuesto por 1.000 caballeros bien equipados, 4.000 infantes, 2.000 ballesteros y 3.000 soldados auxiliares, de procedencia aragonesa, catalana, mallorquina y valenciana. Un sermón escrito por Muntaner en lengua provenzal, dedicado a Jaime II y a su hijo, manifiesta el espíritu que animaba la empresa, de la que se esperaba adquirir gloria, botín y nuevos feudos: “Cuando todos estén en Cerdeña, en nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo, pensad en ir por tierra a Cagliari, destruyendo las ciudades, castillos y pueblos que no os obedezcan”.
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