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Guerreros templarios

Martes 19 de Julio, 2011
Célebres por su habilidad con la espada y su exitosa estrategia en el frente, los caballeros de la Orden del Temple desarrollaron una destacada labor en el campo de batalla, ya fuera en Tierra Santa o en las luchas contra los musulmanes de la Península Ibérica. Y es que los templarios no eran sólo custodios de la cultura y hacedores de leyendas, sino que podían llegar a ser los más fieros en la defensa de los Lugares Santos y la cristiandad. Por: Javier García Blanco
A finales del siglo XIII, los Estados latinos de Oriente llevan años en franca decadencia, sufriendo cada poco los envites de las tropas sarracenas. El sultán Baibars –que había alcanzado el poder en 1260– y sus sucesores, han ido conquistando una a una las distintas plazas cristianas. El primer enclave en caer fue el principado de Antioquía, en 1268, y tres años después la en apariencia inexpugnable fortaleza hospitalaria del Crac de los Caballeros.

En abril de 1289 parece haberle llegado el turno a Trípoli. La ciudad cruzada, que ha permanecido durante 180 años en manos cristianas, lleva más de un mes sitiada por las tropas sarracenas del sultán Qalawun. Las fuerzas de la ciudad, en manos de Lucía de Trípoli, habían sido advertidas del peligro por Guillermo de Beaujeu, Maestre del Temple, pero su aviso fue ignorado. Ahora es demasiado tarde. A pesar de las tropas hospitalarias, templarias, francesas y chipriotas que han llegado en auxilio, dos de las torres principales han caído ya y una multitud intenta huir antes de probar el temible filo sarraceno.

Doña Lucía, los mariscales del Temple y del Hospital, así como el Senescal de Jerusalén –Sir John de Grailly–, logran escapar, mientras el resto de la población espera con terror su inminente final. Aunque la mayor parte de los defensores ha huido, unos pocos valientes intentan resistir los ataques de los infieles. Entre ellos destacan dos caballeros vestidos de blanco y con una cruz roja sobre su hombro izquierdo. Su nombre: Pedro de Moncada y Guillermo de Cardona. El primero de ellos había ocupado el puesto de Maestre provincial de Aragón entre 1279 y 1282. Los dos hermanos de orden pelean con fiereza, lanzando una y otra vez tajos con sus espadas, pero las brechas en las murallas son ya incontrolables y los templarios sucumben sin remedio ante la hueste sarracena.

Durante los casi doscientos años de existencia de la Orden, otros muchos templarios nacidos en la península Ibérica empuñaron sus armas para enfrentarse a los musulmanes, ya fuera en suelo peninsular –la mayor parte de las veces– o en territorios de Tierra Santa –las menos–. En todo caso, los freires del Temple procuraron siempre hacer honor a la fama que se habían forjado. No en vano, la mayor parte de los cronistas de su época coincidían al señalar que los templarios “eran los primeros en atacar y los últimos en retirarse”.

El caso de Moncada y Cardona es buen ejemplo de ello. Abandonados a su suerte, y seguros como estaban de que la resistencia era imposible, aquellos caballeros decidieron mantener su posición hasta el final. Experiencia no les faltaba, acostumbrados como estaban a luchar contra el “infiel” en las escaramuzas y batallas que se prodigaban en la Península. El propio Pedro de Moncada, algunos años atrás, había tenido oportunidad de vivir una experiencia similar, aunque entonces la aventura terminó con mejor fortuna.

Corría el mes de junio de 1276 y, aunque ya hacía muchos años que el rey Jaime I había conquistado Valencia, la población mudéjar protagonizaba de vez en cuando rebeliones alimentadas desde el reino de Granada. En aquella época, un grupo de rebeldes mudéjares, formado por más de mil hombres a caballo, alzaron las armas contra el monarca aragonés, tomando el control de varias localidades. El rey, ya anciano, se encontraba enfermo, y fueron las tropas de Don García Ortiz de Azagra y otros caballeros –entre los que se contaban el maestre templario Pedro de Moncada y su hermano Guillén Ramón– quienes acudieron a sofocar la revuelta. En total la hueste cristiana, según las crónicas, estaba compuesta por unos doscientos caballeros y más de quinientos soldados. Una cifra que, a la vista del resultado, resultó insuficiente.

Entre los días 16 y 28 de ese mes de junio, las tropas cristianas lucharon con valor ante las fuerzas musulmanas, compuestas por “más de seiscientos caballeros y muchos peones”, en la llamada Batalla de Luchente. Armados con su impedimenta habitual –cota de malla, grandes espadas, lanzas y otros utensilios de guerra–, los cristianos, agotados por el calor y la sed, fueron derrotados sin remedio por sus enemigos. Las bajas cristianas fueron tan grandes que, durante años, aquella derrota fue recordada con el nombre de “Martes de desgracia”. Durante la batalla perdieron la vida Don García Ortiz y muchos caballeros templarios, mientras que el maestre, Pedro de Moncada, fue apresado junto a otros hombres y encerrado en el castillo de Briar. Por suerte para Moncada y sus hermanos templarios, el moro que los vigilaba resultó ser un traidor, facilitándoles la huída y escapando con ellos hasta la plaza cristiana más cercana. En aquella ocasión Moncada había burlado a la muerte, lo que le permitió seguir empuñando su espada durante otros trece años, hasta que perdió la vida en la plaza de Trípoli, a miles de kilómetros de su hogar.
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