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Los hospitales medievales de Cataluña

Lunes 16 de Julio, 2012
La organización sanitaria de Cataluña fue durante los siglos medievales una de las más importantes del mundo occidental. Los centros hospitalarios cubrían, a modo de tela de araña, todo el territorio catalán, con un número muy elevado de centros entre albergues, casas de beneficencia y hospitales. A consecuencia de fusiones de varios establecimientos en las grandes poblaciones, o por abandono y destrucción a lo largo de la historia, actualmente muchos de estos centros se encuentran en abandono total, o ya no existen; sin embargo, estamos en deuda con estas instituciones benéficas, que supieron paliar los efectos de las grandes plagas y epidemias del mundo medieval, además de hambrunas y guerras. Texto y fotos: Jesús Ávila Granados
El hambre, la lepra y la peste negra, fueron los grandes verdugos de la sociedad del Occidente europeo durante la Edad Media. Ni el señor feudal, ni el burgués, el siervo o el artesano y el campesino, disponían de abrigo protector ante la amenazadora presencia del mal, y Cataluña no fue una excepción. Por lo tanto, es un hecho lógico que, ante el desarrollo de estas enfermedades, se acordase la creación de un mínimo de instalaciones hospitalarias.

A partir del siglo XI, al hacerse masiva la peregrinación a lugares sagrados, los monasterios se vieron desbordados por tal afluencia, hasta el punto de tener que atender en todos los momentos del día a los caminantes, lo que impidió el normal desarrollo de la vida monástica. La solución llegó con la fundación de hospitales –término que debemos entender en su sentido etimológico: el hospital es un lugar donde se practica la hospitalidad–, instituciones muchas veces dependientes de un monasterio. Las cofradías de peregrinos también fueron las entidades que más incentivaron las fundaciones de estas instituciones benéficas.

El hospital medieval cumplía tres funciones: hospicio para los mendigos, hostal para los peregrinos, y atención a los enfermos; pero también estos establecimientos se convirtieron en centros humanitarios de recogidas de niños abandonados, dramática cuestión social que se hizo verdaderamente preocupante a consecuencia de las epidemias, las hambrunas y las guerras.

Esta organización hospitalaria cubría las zonas de mayor tránsito de la geografía catalana: desde el Mediterráneo hasta Aragón, y desde el Ebro hasta Occitania. Así pues, aparecen erigidos en las principales villas (Barcelona, Tarragona, Lleida, Tortosa, Reus, Manresa, Vic…); en las vías de comunicación más frecuentadas (Cervera, Calaf, Olesa de Bonesvalls, Solsona, Santapau…); al borde de rutas interiores de peregrinaje –que eran desviaciones de los caminos tradicionales a Compostela, por el Pirineo, que enlazaban con los grandes centros monacales, especialmente cisterciense y benedictinos (l’Espluga de Francolí, Montblanc, Altafulla, Besalú, Camprodón…); hospitales creados en los pasos de montaña, fruto de la acción altruista de órdenes religiosas, por legados nobiliarios, subvenciones reales, etc. (Coll de Balaguer, Coll de Puimorens…). Con todo ello, podemos establecer otra clasificación de estos centros benefactores de la sociedad en dos grandes grupos: A) por su situación geográfica (ciudad, campo, calzada de peregrinaje, litoral, etc.), y B) por su finalidad (leprosería, albergue, tratamiento específico contra la peste, la lepra, ergotismo o fuego de san Antonio…). El concepto de albergue remite a que, al caer la noche, las ciudades cerraban sus puertas, quedando los caminantes foráneos con la vital necesidad de refugiarse en los alrededores o, en el peor de los casos, a cielo abierto. Con este fin fueron creados algunos edificios que cumplieron adecuadamente su doble misión: hospital y albergue.

Desde el año 1111 –fecha de la fundación, en Cervera (la Segarra), de uno de los primeros hospitales catalanes–, hasta mediados del siglo XV –cuando tuvo lugar la concentración, o fusión, de los nueve hospitales existentes en la ciudad de Lleida (Segrià), en un solo centro, el antiguo Hospital de Santa María–, se vivió en toda Cataluña una verdadera fiebre constructora de centros hospitalarios, impulsada principalmente por las terribles epidemias que asolaban el mundo occidental, y las profundas desigualdades sociales. Además, desde un primer momento, los problemas de espacio fueron una constante en la vida del hospital.

No se ha podido llegar a calcular el número exacto de estos establecimientos sociales; sin embargo, se cree que sobrepasaba ampliamente los dos centenares. Como dato de interés, diremos que algunos centros medievales catalanes aún mantienen su actividad asistencial, cumpliendo con su misión hospitalaria original, como son, por ejemplo, los casos de Manresa, Olot y Vic. El primero, fundado en 1260 –conocido entonces como “Hospital Superior” y actualmente como Hospital de Sant Andreu–, fue una casa de acogida; las actuales instalaciones sanitarias del hospital aún conservan la sala gótica y la fachada de la capilla originaria. El de Vic, fundado en 1348 –en plena epidemia de la peste negra–, gracias a la donación de Ramon Terrades, un comerciante de origen mallorquín afincado en la capital de Osona, fue un centro de asistencia general; este edificio, que fue ampliado por razones de espacio a principios del siglo XVI, ha logrado conservar su fachada, una de las amplias salas y la recoleta capilla. Ambos se levantaron extramuros del recinto amurallado para evitar que las epidemias entraran en la ciudad.

También existen otros centros que, aunque no desempeñen actualmente labores de tipo hospitalario, como fue su normativa en los momentos fundacionales, sí cumplen con otras misiones de importancia y necesidad social, sobre todo en lo referente a la docencia, a la cultura y a la investigación científica; entre estos antiguos establecimientos, podemos destacar el de Barcelona, y el de Lleida (ubicado en la plaza Vila de Foix, junto a la Avenida Blondel, el cual recibió las mismas prerrogativas que el de la Santa Creu de Barcelona, resultado de una bula concedida por el pontífice Calixto III; la variedad de instituciones y áreas que cobija da una idea de la importancia física del inmueble: Biblioteca Pública, Instituto de Estudios Ilerdenses, y Sala de Exposiciones).

Pero no todos los centros hospitalarios catalanes se conservan tan bien como los citados. En Olesa de Bonesvalls (Garraf), en medio de feraces tierras de labor y explotación vinícola, a 15 km al SE de Vilafranca (Penedès), sobre una ruta antaño muy transitada, se levantan importantes restos arquitectónicos de uno de los hospitales más interesantes de Cataluña. El establecimiento disponía de un recinto amurallado, con almenas, dos puertas que comunicaban el exterior con el patio central, un torreón defensivo, de planta cuadrangular, y, en su interior, una amplia sala con techumbre de madera apoyada sobre arcos fajones, en donde se instalaban las dependencias asistenciales; este centro, fundado en 1262 por el noble Guillem de Cervelló, estaba regido por un clérigo nombrado por el prior de Sant Pau del Camp. A principios del siglo XIV este hospital pasaría a depender del obispo de Barcelona.

El de Montblanc (La Conca de Barberà), llamado de Santa Magdalena, próximo al puente románico y al recinto amurallado que envuelve a la Vila Ducal, fue fundado en torno al año 1266. De él, lo que más llama la atención es su fachada de gótico tardío, de incomparable belleza, en donde se abren, además de la amplia portada adovelada, una serie de ventanales, de vanos cuadrados y segmentados, de notable valor artístico. A pocos kilómetros, dentro de la misma comarca, se encuentra la villa de l’Espluga de Francolí, que, como el de Montblanc, cubría la ruta de peregrinaje más importante del interior de Cataluña, que llevaba hacia los grandes cenobios cistercienses (Poblet, Santes Creus); ambos cumplen en nuestros días importantes funciones didácticas.

Los hospitales localizados en el litoral cumplían, además, una necesaria función de albergue de caminantes. Entre los más destacados, el del Coll de Balaguer, creado en 1309 a iniciativa de Doña Blanca, esposa del monarca Jaime II el Justo, y que, en 1344, pasó a depender administrativamente del monasterio de Santes Creus; el de Sant Jordi d’Alfama, perteneciente a la única orden militar fundada en Cataluña, el hospital es del año 1201, de tiempos de Pedro II; y, un poco ya en el interior, el del Perelló, fundado también por la reina Blanca d’Anjou, en 1308, que fuera hospital de caminantes.

En la zona pirenaica del Vall de la Clusa (Rosellón), hubo tres puestos de albergue u hospitales de paso que dependían uno del monasterio de Sant Hilari de Rasez; otro, del de Arlés, y el tercero del de Sureda, bajo cuidado de los monjes benedictinos; todos ellos, ya desaparecidos, contaban con su correspondiente capilla y edificio anexo.
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