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Luces y sombras de la Edad Media

Miércoles 23 de Enero, 2013
El oscurantismo se asocia a la Edad Media de forma inmediata. E ipso facto pensamos que fue una época en la que el progreso cultural, social y económico se detuvo de forma abrupta al tiempo que el gusto por la guerra destruía y ensangrentaba todo. La imagen del guerrero, con armadura, blandiendo una espada gigantesca y avanzando en su caballo cortando cabezas de enemigos está insertada en el imaginario colectivo. Sin embargo, esta asociación no deja de ser un estereotipo. Es cierto que la Edad Media fue un período de conflictos y guerreros ávidos de sangre, un período en el que hubo hambrunas y miseria, en el que el sistema social era injusto y los hombres libres eran la excepción, pero ¿siempre fue así? Lo cierto es que, en una era de sombras, también hubo luces. Más de las que popularmente se cree. Lo analizamos a continuación.

Por: Bruno Cardeñosa
Mil años dan para mucho. Para luces y sombras. No todo fue siniestro y terrible en la Edad Media, incluso en algunos aspectos, como vamos a ver, hubo cosas positivas y avances que después se perdieron y que la humanidad volvió a tardar siglos en recuperar. Todo está lleno de tópicos, y no siempre lo que creemos es la verdad. Es un error llamar edad oscura al Medievo. Ciertamente hubo momentos y cosas siniestras; de hecho, casi todo en el pasado es más siniestro que en el presente. Nunca un tiempo pretérito fue mejor para vivir que el actual, del mismo modo que el presente será peor –esperemos...– que el futuro. Así ha sido. Así será. El provincianismo temporal, ese que podemos diagnosticar cuando se examina el pasado desde la óptica actual, nos lleva a demasiadas equivocaciones e injusticias. En este caso, también provoca lo mismo el provincianismo geográfico, porque, como tal, la Edad Media es algo que sólo existió en nuestro mundo, en la entonces llamada Vieja Europa.

Fueron tres períodos: alta, plena y baja Edad Media; de esta última siempre se creyó que baja aludía a decadente, pero hace alusión únicamente a reciente. Digamos que el año 1000 marcó el momento intermedio. En los pueblos orientales, como las civilizaciones de China o Japón, no hubo tal época, y si hubo algo parecido fue en otro tiempo, quizá algo posterior. Tampoco existió en África, pese a que algunos de sus habitantes llegaron hasta nuestro mundo y dejaron sus huellas por aquí. Y mucho menos puede hablarse de una Edad Media en América. No existía, pese a que no pocos señalan el descubrimiento del continente que está allende el Atlántico, en 1492, como el del final de la Edad Media, que habría empezado, también por señalar un momento, en el año 476, con la caída del Imperio Romano. En cierto modo, puede decirse que somos hijos de Roma, que nuestra cultura, sociedad, ética, que casi todo en nosotros, deriva de aquellos tiempos, y que, tras la caída del Imperio, el continente tomó una autopista con mil carriles y vías de servicio en las que hubo de todo hasta que, finalmente, a partir del Descubrimiento, aquella Vieja Europa siguió orbitando en torno a Roma, casi hasta nuestros días, ya no bajo el mando del Emperador de turno, sino bajo el gobierno del Papa, que unificó, o intentó unificar, las fronteras bajo un mismo código que, al margen de las influencias religiosas, sigue siendo el que domina moralmente en el mundo actual.

Puede decirse que, entre los cambios que empezaron a indicar la llegada de la Edad Media, hay que señalar el final del esclavismo y el comienzo del régimen feudal que, evidentemente, no es una de las luces del período, pero que para entonces sí lo fue. Y en todo ese cambio tuvieron mucho que ver los “bárbaros”, una expresión que hoy usamos para definir aquello que consideramos bestial y brutal. No es casualidad que así sea: el tiempo y los cambios de poder dieron a esta expresión tal significado, que perdura hoy. Dirían no pocos que su presencia es una de las grandes sombras de ese período, pero examinado con otros ojos quizá haya que decir lo contrario o, al menos, matizarlo. Las palabras pervierten las ideas; por ejemplo, la acepción procedente del griego para la palabra “idiota” era un insulto, y como tal se usa hoy, pero entonces significaba “persona que no se interesa por la política”. ¿A que el lector no lo imaginaba? Pues con la expresión “bárbaro” puede decirse algo similar, ya que en su origen es sólo una forma de definir a los extranjeros. El poeta griego Cavafis nos sitúa sobre la pista: “Y desde las fronteras, han venido personas y dijeron que dejaron de existir los bárbaros. ¿Y qué haremos ahora si no quedan bárbaros? En cierta forma, ellos resolvían las cosas”. Así es: los bárbaros eran extranjeros, los que venían de fuera, pero esos que vienen de fuera siempre han sido, son y serán el blanco perfecto para identificar los males y convertirlos en el chivo expiatorio. Eso sí, hasta los propios griegos empezaron a usar la palabra con sentido despectivo para referirse a los romanos que no les gustaban y, en la Vieja Europa, con el paso de los siglos, se llamó así a los extranjeros procedentes de más allá del Rin y que se asentaron por oleadas en Europa occidental justo cuando se estaba produciendo el final de la era romana. Aquí se asentaron y adaptaron, pero vinieron hasta nuestros territorios con otros códigos sociales que, siglos después, desde la esfera religiosa, se demonizaron porque no seguían el cristianismo, si bien es una de las cosas que asumieron poco a poco tras su llegada desde el Este y el Norte.

En concreto, los suevos, vándalos y alanos llegaron a la península Ibérica allá por el año 409. Los historiadores más serios ya no utilizan, salvo por costumbre acaso, la expresión “invasiones germanas” para referirse al desembarco de unos pueblos que no pueden considerarse bárbaros, si es que por tal entendemos inferiores y brutales. Fue una migración de pueblos y esa migración se asentó y acabó por transformarse en una fusión de culturas, en parte distintas y en parte parecidas. De hecho, aunque los pueblos eslavos intentaron tomar el control de algunos territorios romanos, existía en ellos una profunda admiración hacia el Imperio, que en aquellos momentos estaba empezando un período de desintegración social muy importante, a lo que se unió la decadencia de la vida urbana.
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