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Tras los pasos del Grial en España

Miércoles 20 de Febrero, 2013
Durante siglos, el cáliz de la Última Cena, la reliquia más preciada de toda la cristiandad, fue codiciada y adorada por reyes, religiosos y caballeros. Para muchos se trata simplemente de un símbolo, una hermosa metáfora de la búsqueda espiritual que adquirió su forma más elevada con los romances de las sagas artúricas. Otros, por el contrario, creen que se trata de un objeto bien físico y real, venerado hoy en una capilla de la catedral de Valencia. Por: Javier García Blanco
Pocas reliquias cristianas –con excepción quizá del sudario de Turín– han despertado tanto el interés como el cáliz que, según los evangelios sinópticos, empleó Jesús en la Última Cena. Aunque popularizado en los últimos años gracias a películas como Indiana Jones y la última cruzada o novelas de intriga en la línea de El Código da Vinci, el vaso sagrado ya había gozado de un enorme éxito en toda Europa durante la Edad Media, especialmente a raíz de la aparición de los romances artúricos sobre el grial, una copa, lanza o bandeja –según las diferentes versiones– cuya leyenda acabó por fusionarse con la tradición cristiana, aumentando aún más el interés por la pieza.

Aunque desde tiempos remotos fueron muchos los cálices que se disputaron el honor de ser la auténtica copa que empleó Cristo durante la cena pascual, uno de ellos, el que se venera hoy en la catedral de Valencia, destaca entre los demás. No en vano, es el único que cuenta con el “aval” de estudios arqueológicos más o menos recientes que confirman su gran antigüedad, así como con una documentación histórica que –al menos desde el siglo XIV–, ofrece evidencias de su recorrido por distintos lugares de la península ibérica. Pero, ¿dónde terminan el mito y la tradición, y dónde comienza la realidad histórica de este venerado vaso?
“Y tomando la copa, y habiendo dado gracias, les dio, diciendo: ‘;Bebed todos de ella, porque esto es mi sangre del nuevo pacto, que por muchos es derramada para remisión de los pecados’”. Esta frase, recogida en el Evangelio según Mateo y atribuida a Jesucristo, es la única mención al cáliz sagrado que aparece en el Nuevo Testamento –hay otras en los otros dos evangelios sinópticos y en Cartas a los Corintios, pero son prácticamente idénticas–, donde por otra parte no parece tener un protagonismo extraordinario.

Después, el silencio más absoluto se extiende sobre el paradero de la pieza. No hay ninguna otra mención en los documentos de los primeros cristianos que permita saber qué sucedió con el cáliz, ni datos sobre si al vaso se le concedió en realidad algún tipo de relevancia en aquel momento. Y todo ello, claro está, sin siquiera entrar a valorar la validez histórica de los textos canónicos.

Tenemos que acudir a la tradición, como sucede muchas otras veces cuando se intenta investigar acerca de la historia de las reliquias, para “rellenar” los huecos que faltan hasta llegar a la “fase histórica” del cáliz.

Según uno de los relatos piadosos –hay múltiples variaciones al respecto, casi para todos los gustos–, José de Arimatea intuyó que la cena pascual de aquel año era especial, así que decidió custodiar la copa utilizada por Jesucristo durante la institución de la Eucaristía. Tras la Pasión y muerte de su maestro, el de Arimatea entregó la copa a la Virgen María y al apóstol Juan, aunque después pasaría a manos de san Pedro pues, como cabeza de la nueva Iglesia, se le encomendó su cuidado. De este modo, el cáliz habría viajado de Jerusalén a Roma, a donde –también según la tradición– se trasladó Pedro.

Una vez en la capital del imperio, la copa de la Última Cena fue custodiada por los primeros obispos de Roma, quienes la utilizaron en sus celebraciones, hasta llegar a la época del papa Sixto II (257-258 d.C.). En aquellos años se produjo la persecución del emperador Valeriano contra los cristianos y, según cuenta la tradición, antes de su captura y posterior martirio, el pontífice dejó los tesoros de la Iglesia en manos de san Lorenzo –uno de los siete diáconos de la Ciudad Eterna–, para que los pusiera a salvo. Intuyendo que su captura también estaba próxima, el santo repartió la mayor parte de aquellos bienes entre los pobres, al tiempo que entregaba algunas reliquias a personas de su confianza. Entre ellas estaba su amigo Precelio –hispano al igual que él–, a quien encomendó la misión de que llevara el santo cáliz hasta Loreto, una pequeña localidad oscense en la que vivían sus padres.

La preciada reliquia habría llegado así a la península ibérica, siendo venerada primero en la capital oscense. Después –siempre según el relato piadoso–, la llegada de la invasión musulmana a comienzos del siglo VIII habría obligado al obispo Audeberto a huir con el cáliz hacia el norte, refugiándose en el monasterio de San Juan de la Peña. Desde allí pasó a finales del siglo XIV a Zaragoza, después a Barcelona y, ya en 1437, a Valencia, donde quedó custodiado en la capilla que lleva su nombre en la catedral de la ciudad del Turia.

Hasta aquí el relato, bastante resumido, de una de las versiones más repetidas por la tradición sobre la llegada del santo cáliz hasta nuestro país. Una historia que, pese a su aparente coherencia, carece del menor respaldo documental, aunque la mayor parte de los autores que se han ocupado de la cuestión en los últimos cinco siglos la hayan repetido de forma muy similar, con excepción de algunas pequeñas variaciones.

Aunque la opinión mayoritaria sugiere que el cáliz fue llevado a Roma por san Pedro desde Jerusalén, otras versiones, como la recogida por Ludovico de Cesarea en sus leyendas cristianas, aseguran que fue un obispo de Antioquía quien llevó la copa pascual hasta la Ciudad Eterna. Otro tanto ocurre con la historia de san Lorenzo y su compatriota Precelio, pues algunas versiones afirman que fue en realidad un hispano llamado Recaredo el Justo quien, siguiendo órdenes del papa Marcelino, habría trasladado el cáliz hasta la península en torno al año 300, varias décadas después de la muerte del santo oscense.

El propio Agustín de Hipona, al mencionar a san Lorenzo apenas un siglo y medio después de su supuesto martirio en la parrilla, reconoce que su relato procede de la tradición oral, y no de documentos, pues los Actos del santo se habían perdido ya para entonces.

Incluso en fechas más tardías, como el siglo VI, algunos peregrinos que visitan Tierra Santa, como el Pseudo-Antonino de Piacenza –autor de unos Itinerarios– aseguran en sus relatos que el cáliz de la Última Cena sigue en Jerusalén, cobijado en el interior de la basílica constantiniana. Como es lógico, podía tratarse de una de las muchas reliquias que, en distintos lugares de la cristiandad, eran presentadas como auténticas, pero el dato nos permite saber que, en una fecha en la que según la tradición el cáliz estaba ya en Aragón, algunos cristianos seguían situándolo en los Santos Lugares.
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