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El príncipe Juan

Jueves 23 de Septiembre, 2010
En pleno esplendor renacentista, hubo un joven que pasó desapercibido para los historiadores. Juan de Trastamara era apenas un adolescente cuando fue destinado a ser el sucesor de los Reyes Católicos. Pero las circunstancias se volvieron en su contra, y pasó de ser el heredero más poderoso de su tiempo a convertirse en “el príncipe que murió de amor”. Por: Juan Ignacio Cuesta y Miguel Zorita
No son pocas las leyendas que transforman la cruda realidad de la historia en episodios románticos difíciles incluso de creer. En principio ésta tampoco sería una historia que rompiese con esta norma y menos aún con los precedentes que significó la boda inmediatamente anterior al nacimiento de nuestro protagonista, la de sus regios padres Isabel de Castilla y Fernando de Aragón.

Los ambiciosos cónyuges no fueron al altar guiados precisamente por el ardor pasional de su amor, sino más bien pensando en las provechosas ventajas políticas del enlace. Pese a ello, la boda tuvo sus obstáculos, y es que la consanguinidad (tenían un bisabuelo común) necesitaba por lo pronto de una bula papal y en segundo término el beneplácito de los gobiernos de Castilla y Aragón. Así sucedió que, con cierto secretismo y la bula papal falsificada por el Obispo de Segovia, los futuros reyes de España entonaron el “sí quiero” en Valladolid en el año 1469.

Diversas guerras y otros conflictos se sucederían desde aquella boda hasta el año 1478, cuando los ya coronados reyes aseguraron la dinastía con su primer hijo varón. Nació este en Sevilla, donde habían establecido la Corte (aún itinerante) durante sus largas campañas del sur. Como heredero directo de Castilla y Aragón, decidieron llamarle Juan (así se llamaban sus abuelos que tanto habían anhelado coronarse reyes de uno y otro reino). Curiosamente, por caprichos del destino, apenas veinte días después nació en la ciudad de Brujas otro príncipe que acabaría ocupando el puesto de nuestro protagonista, Felipe el Hermoso.

Sin embargo, todas las miras estaban puestas en el príncipe Juan, un muchacho afable y bien parecido aunque de salud precaria, quizás debido al parentesco de sus padres. El pequeño tenía que pagar aquella factura al igual que su hermana Juana, la Loca. La salud de ambos no fue adecuada para soportar las tareas propias que les imponía su posición social. Los príncipes de aquel tiempo, por ejemplo, debían ser fuertes para cazar y realizar otros esfuerzos físicos, y él no lo era.

Así, la educación del príncipe se convirtió en fuente de eterno debate en aquel tiempo. Por un lado su madre Isabel se inclinaba por una rígida educación religiosa (semejante a la que ella misma había recibido), y por el otro, Fernando seguía los consejos de su padre, que desde Aragón le alentaba a “…que lo mas presto e lo mas cautamente que podays lo fagays transferir en estos reynos de acá.” El viejo Juan II temía que las antiguas influencias palaciegas como la del Condestable don Álvaro de Luna, se repitiesen ahora con su nieto.

Quizás esos miedos tenían su justificación en el protagonismo que estaba adquiriendo Gutierre de Cárdenas, un maestresala que había llegado muy alto gracias al favor de la reina, y cuya presencia en el entorno del príncipe era realmente peligrosa. La educación finalmente se encargó a figuras lo más neutrales posibles.

Fue Juana Velázquez de la Torre quien cuidó al niño hasta los siete años, y también quien quizá sin desearlo consiguió lo que precisamente todos querían evitar, influir notablemente en el chiquillo. Más allá de las instigaciones políticas, lo que surgió entre la niñera y el príncipe fue un poderoso vínculo afectivo que quedó patente años después de que su alteza dejase de estar a su cargo. En el verano de 1494, el príncipe lamentaba de este modo el distanciamiento de su antigua aya:
“Mi ama: mucha tristeza me habéis dado con vuestra partida, no sé como vos no tuvisteis por grande angustia en me dejar así, pues sabéis la soledad que yo sentiré por vos. Ruego, mi ama, que, por mi amor, luego os volváis que a mí por marido me debéis tener más que a nadie. Yo el príncipe.”
Pero antes de que empezaran a surgir los románticos suspiros de la adolescencia, el joven príncipe tuvo tiempo para participar en algunos acontecimientos que cambiarían la historia.

Sin ir más lejos, en el año 1490 durante la guerra contra el reino de Granada Juan fue nombrado caballero y por consejo de su padre intervino en alguna escaramuza (siempre protegido por un nutrido grupo de nobles y en misiones de ínfimo peligro). Aquello fue lo suficientemente emocionante como para fascinar a un muchacho de apenas catorce años que al poco tiempo terminó siendo testigo de la entrega de las llaves de la ciudad por parte de Boabdil, el Chico.
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