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Los temibles almohades

Viernes 18 de Mayo, 2012
Surgidos del norte de África, los almohades llegaron en el año 1147 a la Península dispuestos a conquistar los reinos del norte. Y aunque finalmente no lograran tal empeño, su carácter extremadamente belicoso y su exacerbada religiosidad hicieron cundir el temor entre los reyes cristianos como hacía siglos no se recordaba. Por: Janire Rámila
En el mes de marzo del año 1147, un grupo bereber, surgido de las arenas del desierto, tomó la ciudad de Marrakech para iniciar su expansión hacia la península Ibérica. Por aquel entonces, los restos de Al-Andalus estaban gobernados por los almorávides, otra casta de soldados caracterizada por la profunda religiosidad y el odio eterno hacia los cristianos. Hombres como El Cid habían tenido que luchar contra ellos en la batalla de El Cuarte y sabían perfectamente cuán difícil era vencerlos. Pero en ese 1147, los almohades ya se intuían como el más formidable enemigo que las huestes cristianas jamás hubiesen conocido. Y razones no faltaban para ello.

Los historiadores aseguran que el fundador de la etnia fue Ibn Tumart, un visionario que logró aglutinar bajo su mando a una confederación tribal bereber extendida por el Alto Atlas. Ibn Tumart era un fanático religioso, que se presentaba a sí mismo y a sus hombres como los verdaderos musulmanes que habrían de restaurar el Islam en toda su pureza. Creía en la unidad de la fe sin fisuras ni concesiones y tenía al Corán como su única guía vital. De hecho, se atribuía ser descendiente del profeta Mahoma por la línea de su hija Fátima, lo que hizo que nadie discutiese sus palabras. Y si alguien lo hacía, se le consideraba hereje.

Para incentivar esta imagen de “elegido”, Ibn Tumart se sometía a una vida austera. Comía poco, vestía sencillamente y dedicaba largas horas a la oración y la meditación. Cuesta creer que de una tribu tan fanática surgiera uno de los grandes imperios de la Edad Media, pero así ocurrió.

En el año 1130 Ibn Tumart falleció y su testigo fue recogido por Abd al-Mumin, con quien los almohades salieron de sus fronteras naturales, incorporando todo el Magreb bajo su bandera para fijarse, acto seguido, en los restos de la otrora poderosa Al-Andalus.

Los primeros almohades llegaron a la península en el año 1146 penetrando por Tarifa y Algeciras. No fue una invasión fácil. Alertados los almorávides de su llegada, se inició una cruenta guerra fraticida que se extendería por más de veinte años, durante los cuales se sucederían muy importantes episodios. Uno de ellos, la muerte de al-Mumin en el año 1163. Sería su sustituto, Abu Yaqub Yusuf, quien sometiese finalmente a los almorávides, dando por conquistado el sur peninsular en el año 1169. Pero, ¿por qué de esta guerra? ¿Por qué combatir contra hermanos musulmanes que ya llevaban casi un siglo presentes en la península? Simplemente, por fanatismo. Como ya se ha dicho, todo musulmán que no siguiese la doctrina almohade era tachado de hereje y, por tanto, susceptible de ser castigado. En este sentido, los almorávides habían ido relajando sus costumbres al ir compartiendo su estilo de vida con otras culturas peninsulares. Un enriquecimiento mutuo que los almohades interpretaron como una debilidad y que intentaron erradicar proclamando la yihad o guerra santa.

Hasta ese año de 1169, los reinos cristianos habían permanecido expectantes, pero la victoria de los almohades y las medidas que comenzaron a aplicar provocaron que el temor anidase en sus corazones.

Entre estas medidas destacaba un hábil uso de la propaganda para lograr la adherencia del pueblo a su doctrina. Con el fin de que su llegada no supusiese una ruptura total con el régimen anterior, conservaron Marrakech como capital del imperio, aunque, eso sí, purificando todas las mezquitas y ciudades conquistadas, como si de lugares impíos se tratasen.

Que Marrakech fuese la capital, suponía que los andalusíes conquistados debieran viajar hasta allí para mostrar, personalmente, su obediencia al califa. No se trataba de un acto menor. Para los almohades, el califa debía mantener un contacto constante con todos sus súbditos y no encerrarse en un palacio donde nadie pudiera verle. También por este motivo, se esperaba que el califa se pronunciase en todos aquellos aspectos importantes para el buen desarrollo de su gobierno, ya fuese mediante cartas o mediante su presencia.

Si el califa decidía acudir en persona a visitar una población, entonces se desarrollaba todo un ritual que comenzaba con el recibimiento. Los gobernadores, jefes militares, aristócratas… y hasta los poetas, salían de la ciudad escogida para saludarse en persona. En esos recibimientos se confirmaba la jura de obediencia y el rito del besamanos, a lo que el califa correspondía distribuyendo donativos entre los presentes y organizando suntuosos banquetes. Como ejemplo, el organizado por Abu Yaqub: duró quince días, durante los cuales corrieron ríos de arrope mezclado con agua.

Y es que para su pueblo, el califa era una fuente infinita de felicidad, la persona de la que emanaba la seguridad y la alegría. Más que una figura política, un arquetipo del perfecto hombre piadoso. Pero también del hombre firme. Una de sus atribuciones exclusivas era proclamar y dirigir la guerra, de tal modo que si el califa no estaba presente para comandar una incursión, muy bien podía decretar una tregua hasta que sus compromisos le permitiesen acudir en persona al campo de batalla.

Para ayudarle en su tarea, el califa almohade se hizo rodear de élites llegadas desde el Magreb. Los nuevos invasores no querían repetir los fallos de sus predecesores, que optaron por incorporar a cristianos y a judíos en sus sistemas de gobierno. La pureza debía mantenerse ante todo. Hasta tal punto llegó la obsesión almohade por imprimir su sello religioso, que las monedas comenzaron a ser acuñadas en forma cuadrada y con inscripciones de tipo religioso, para asemejarse al libro del Corán.

A esas alturas, ningún rey peninsular obviaba que los almohades estaban reorganizando las estructuras de Al-Andalus para construir una nación fuerte interiormente y poder así atacar a los cristianos desde una base sólida y sin fisuras. Pese a ello, no tuvieron más remedio que aceptar el pacto que el tercer califa de la era almohade, Abu Yusuf Yaaqub al-Mansur, les ofrecía de tregua, ya que los cristianos tampoco se encontraban en una situación idónea.

Tampoco la tregua trajo la seguridad al nuevo califa, y para averiguar los movimientos de estos reyes cristianos ordenó diseñar una tupida y eficaz red de espionaje que le informara constantemente de los últimos acontecimientos, mediante cartas o delegaciones personales.

Algunas de esas cartas que nos han llegado hasta hoy informan de la situación en la frontera, sobre la muerte de Alfonso VIII, de problemas surgidos entre los reinos de Castilla y León, de la guerra civil en Castilla… Su estructura recuerda poderosamente a los actuales cables diplomáticos, con lo que vemos que el espionaje posee un origen muy antiguo y que ya en el siglo XIII los embajadores eran algo más que eso.

Así fue cómo en el año 1190, Abu Yusuf Yaaqub al-Mansur supo que los cristianos, al mando de arzobispo de Toledo, Martín López de Pisuerga, habían roto la tregua para saquear las inmediaciones de Sevilla. Como represalia, al-Mansur se colocó al mando de un nutrido ejército y fue saqueando y conquistando diversas poblaciones en su camino al objetivo principal: Toledo.

Desde el mismo momento en el que un pueblo o ciudad caía en su poder, se decretaba la ley islámica en toda su población, incluidos cristianos y judíos, obligados a convertirse a la nueva fe si no deseaban ver en peligro sus vidas. Ya lo decían las leyes almohades: la pena para aquellos que incurrieran en el delito de desobediencia o en el del incumplimiento del deber religioso de la oración, era la muerte.

Sin embargo, no está del todo claro que los almohades lograran imponer siempre sus criterios. Las excavaciones realizadas en diversas necrópolis de la época han revelado que muchas personas del pueblo llano fueron enterradas en fosas más o menos profundas, contradiciendo la costumbre almohade de ser cubierto con una fina capa de arena, en un intento de recordar su procedencia magrebí. Todo indica que los andalusíes se resistieron a perder sus tradiciones y su orgullo como raza independiente.
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