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Trovadoras

Lunes 24 de Junio, 2013
Fue una pequeña élite de poetisas de la Edad Media, embriagadas por el amor cortés, la cultura y la escritura. Algunas llegaron a convertirse en las más respetadas de la corte de Alfonso X. Por primera vez, ellas se convertían en las amantes en lugar de las amadas, y ellos, aunque a veces también ellas para ellas, pasaban a convertirse en los amados, en los objetos de deseo. Fueron la excepción, pero es el momento de nuestros lectores conozcan la fascinante historia de estas mujeres.

Por: Mado Martínez
Edad Media: un juglar canta a la domina los versos que su enamorado le ha dedicado... ¿Era así? La figura del trovador ha pasado a la historia como un icono de expresión lírica amorosa en la que el hombre poetizaba sobre las virtudes de su amada. Habría que matizar que lo que alababa, más bien, eran las virtudes de la esposa de otro hombre. En efecto, la poesía trovadoresca no trataba tanto de seducir a las mujeres a las que iba dirigida, la mayor parte de las veces casadas, sino de obtener el favor de su marido, el señor feudal, aunque estas teorías todavía siguen siendo muy debatidas.

Elogiar la hermosura y virtudes de la esposa era elogiar a su propietario, el marido. El poeta imaginaba en su dama, su domina, un dechado de virtudes, físicas y espirituales. La procedencia social del trovador variaba, ya que podía provenir del estrato más bajo y humilde, así como de los estratos más altos de la aristocracia. En cualquier caso, sus composiciones poéticas sólo tienen un público: La Corte. Y en la corte había que estar a bien con todos y labrarse una buena reputación, si uno quería medrar.

No era precisamente el arte de hacer rimas algo bajo, sino un talento muy admirado. Trovadores muy destacados fueron el mismísimo rey Alfonso X el Sabio, y otros poderosos señores feudales como Guillermo X de Poitiers, entre otros, quienes solían proteger a los que, como ellos, cultivaban este arte. Este proteccionismo, obviamente, obligaba de alguna manera a que estos artistas sirvieran con su poesía a los señores que les amparaban, por así decirlo. Como puede imaginarse, el propósito de un trovador no era el de robarle la esposa al señor, sino el de complacerle a través de ella, aunque no todos los críticos están de acuerdo con esta hipótesis.

Ese amor, esa pasión vertida en letras y quebrantos a la señora, no era más que alabanza a su señor. Pero si en realidad era él, y no ella, el objeto de su interés, ¿por qué no escribirle a él? Es la pregunta que muchos podrían hacerse. Existen muchos factores que nos permitirían encontrar una explicación válida.

En primer lugar, era la mujer, y no el hombre, la que tradicionalmente ocupaba el papel de objeto de deseo en la esfera cultural y literaria. Además, teniendo en cuenta que eran los hombres los que protagonizaban la escena artística, era normal que solamente se atendiese al discurso masculino en términos de lírica amorosa. Las voces poéticas femeninas en el continente europeo habían sido hasta la fecha muy escasas o una rareza que iba poco más allá de Safo.

Por otro lado, en los reinos cristianos de la península, como en buena parte del occidente cristiano, se asistía en el s. XI al nacimiento del término sodomía, un concepto que sería utilizado como arma arrojadiza a la hora de distinguir, entre otras cuestiones, a los moros de los cristianos en pleno comienzo de la era de las Cruzadas. Ya lo constató Mark Jordan en su día: no hay ni rastro del término sodomía antes del siglo XI. Es un concepto artificial creado para juzgar, una invención del cristianismo occidental. Los moros estaban del lado del mal, del lado del Diablo, la lujuria, la lascivia, el placer del gozo por el gozo, el homoerotismo, tan contrario a la castidad y el sagrado matrimonio entre un hombre y una mujer que los cristianos enarbolarían como bandera para apoyar su campaña contra los sarracenos, “esos pecadores sodomitas”. Por eso en la Edad Media encontramos en la península una interesante tradición poética homoerótica hispanoislámica e hispanohebrea, mientras que en la vertiente cristiana los poetas brillaban por su marcada heterosexualidad.

La novedad, en la poesía trovadoresca, la introducen las mujeres de la región occitana, quienes al tomar la palabra no sólo asumen la voz activa, configurándose a sí mismas como amantes, en lugar de amadas, sino que además, ponen a los hombres en el punto de mira del objeto de deseo. Estas trovadoras pasaron a ser conocidas como las trobairitz.

Las trobairitz catalanas, occitanas y nor-italianas nos dejaron un legado asombroso: sus poemas. Los críticos de todo el mundo consideran la poesía de las trobairitz como algo único. Lo que ellas tenían en común con ellos, era que utilizaban el mismo vehículo de expresión lírica y se regían por las mismas reglas literarias, salvo algunas excepciones. Lo que las diferenciaba, en esencia, era su sinceridad, su pasión encendida y que ellas no tenían ningún pudor a la hora de dirigirse a los hombres sino también a otras mujeres.

Las trobairitz habían nacido en el seno de la nobleza, a diferencia de algunos trovadores. Sus poemas son, en muchos casos, una contestación a su contraparte, una especie de enunciación dialógica, como diría la filóloga Antonia Cabanilles, como si de hecho se hubieran creído todo lo que las canciones trovadorescas decían de ellas… Aunque las mujeres occitanas disfrutaban de más libertades que otras, no dejaban de tener una vida bastante aislada. La mayoría de sus composiciones no tenían otra intención que la de ser repartidas en círculos privados, y de muy pocas se hicieron copias para una distribución más amplia.
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