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La historia del Cid… ¿historia?

Viernes 21 de Abril, 2017

La figura del Cid es la que más representa la españolidad, pero también es la que mejor representa cómo la historia se manipula para conseguir ciertos fi nes. En este caso, para hacer que los españoles tuvieran un héroe contra los árabes y, en tiempos más recientes, para conseguir tener un icono en el que reflejar el sentimiento de ser español.

Su historia bien puede ser también un ejemplo de cómo se silencia la verdad. Eso también es muy español… Sabemos que el Cid no fue exactamente todo lo que nos dijeron ni nos enseñaron.

Desde hace mucho tiempo se sabe que parte de su historia es una mezcla entre una construcción ideológica y una parte real. Para distinguir un Cid de otro hace falta una guía que quite del medio a quien ha querido utilizar esa leyenda para construir un icono que no es necesario.

El español puede presumir de ser español sin necesidad de que haya en la historia un personaje invencible que representaba los valores del luchador. Ese era el Cid. Hasta tal punto se ha idealizado su figura que pensamos en él como si se tratara de un caballero andante armado con una espada y ataviado con una armadura intraspasable que luchaba contra los que odiaban España y querían someter a nuestro país a otra religión y ponernos a los pies de los infi eles. Sin embargo, y como mostramos en este número, el Cid trabajó también para los “malos” y su espada y caballo, adorados como símbolos de esa españolidad, no tienen indicio alguno de ser reales si atendemos a lo que saben los historiadores y los científicos que han examinado los restos. Eso no ha sido óbice para que vacas sagradas de la investigación histórica hayan defendido la imagen icónica del personaje, manipulando a las nuevas generaciones, que ven en la figura del Cid a alguien que no les dice nada y con quien no se sienten identificados, sobre todo porque le han defendido personas que no son para nada un ejemplo de credibilidad por muchos títulos que puedan sujetar en sus manos. Da la sensación de que con ellas enseñan esos títulos pero, a la vez, las meten en la caja porque se sienten poseedores de una autoridad que les da autenticidad y razón para ello. ¿No será que defienden falsedades porque conviene a sus bolsillos?

La historia del Cid –y en sí, lo que se sabe es fantástico– debería servir para replantearse la figura del historiador. Algunos están deificados por el poder e inmortalizados en libros de texto; incluso se han hecho un hueco como figuras a imitar y son casi ejemplares, sin embargo no son críticos, ni analíticos ni rigurosos. Más que historiadores son aduladores de un poder que oye de su boca lo que quiere escuchar y lo que quizá le conviene. La historia es maravillosa, e investigarla es una mezcla entre detectivesca y periodística. Ellos no son nada de eso. No les importa el pasado. Les importa la foto. Les importa el reconocimiento, aunque sea tan rancio como sus neuronas. No les importa la verdad, porque la verdad es maravillosa. Y la historia también.

Bruno Cardeñosa
Director
@HistoriaIberia

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