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Cuando Roma invadió el País Vasco

Martes 04 de Octubre, 2016
En contra de lo que se cree, los vascos no plantaron cara a Roma como hicieron los galos en la aldea ficticia de Astérix y Obélix. Así lo constatan la arqueología y las fuentes clásicas. Lejos de ser un pueblo irreductible, colaboraron en todo momento con sus invasores. Por: ANTONI JANER TORRENS

Dentro del imaginario colectivo existe el mito de que los vascos fueron el único pueblo de Hispania que se resistió a la romanización. El mismo escudo de Guipúzcoa contiene el lema latino Fidelissima Bardulia nunquam superata (“La fidelísima Bardulia, nunca conquistada”). Según una tradición romántica, una de las montañas de esta región, el Ernio, acogió en el siglo I a.C una batalla en la que los vascos, liderados por Lartaun, se enfrentaron a las tropas del emperador Augusto en el transcurso de las guerras cántabras. Sin embargo, las fuentes clásicas no hablan de ninguna batalla durante los cerca de seis siglos de presencia romana en tierras vascas. La realidad es que más bien predominó una convivencia pacífica.

La versión de David contra Goliat de Euskadi ya ha quedado desmentida gracias sobre todo a un descubrimiento realizado en 2013 por el equipo del documental Euskara jendea, una superproducción audiovisual vasca basada en el libro homónimo de Carlos Etxegoien.

Durante su fi lmación, se redescubrió en un almacén del Museo del Louvre de París una lápida funeraria que se había encontrado en Roma muchos años atrás. Entonces se sabía de su existencia, pero no dónde se encontraba.

LA CONQUISTA DE HISPANIA
El epitafio de la lápida describe el cursus honorum o carrera política del pretor Caius Mocconius Verus. Precisa que, entre los siglos I y II d.C, Mocconius elaboró el censo de 24 ciudades vasconas y várdulas. La cifra coincide con la que aporta el geógrafo griego Ptolomeo en su obra datada más o menos en la misma época. Se trata de un testimonio de un valor incalculable. Además de ser uno de los más antiguos, nos pone sobre la pista de los pueblos del área vasca.

Hispania entró en la órbita de Roma en el 218 a.C. Entonces, el general Cneo Escipión desembarcó en la colonia griega de Ampurias con el objetivo de atacar la retaguardia de Aníbal, el líder cartaginés que se dirigía imparable hacia Italia. Al avanzar hacia el norte, hacia el actual País Vasco, los romanos se encontraron con diversos pueblos, cada uno de los cuales iba por libre. Los caristios ocupaban las zonas de Bizkaia y Álava; los autrigones, el oeste de Bizkaia; los várdulos se extendían a lo largo de una parte de Guipúzcoa y Álava; los vascones, de quienes más cosas sabemos, ocupaban fundamentalmente Navarra, además de algunas zonas de La Rioja (Errioxa en eusquera) y de Aragón. Finalmente, estaban los aquitanes que, divididos en diferentes etnias, habitaban el norte de los Pirineos,

desde el río Garona (cerca de Burdeos) hasta el Valle de Aran (en la provincia de Lérida). Las fuentes clásicas no nos dicen nada sobre la lengua común de todas estas tribus vascas. Además, no siempre había una única lengua en cada territorio. En la zona de los vascones (“montañeros” en celta), por ejemplo, el eusquera convivía con el celta y el íbero. En cualquier caso, curiosamente, en los valles del Pirineo Central, lejos del País Vasco actual, es donde se han encontrado más testimonios de la lengua vasca en la epigrafía y en la toponimia. Una prueba es el Valle de Aran –haran en eusquera significa valle– o Andorra, que podría significar “tierra cubierta de arbustos”.

VASCOS ROMANOS
La presencia romana en la antigua área vasca data del siglo II a.C. En La Rioja, en la frontera con la actual Navarra, en 179 a.C. Tiberio Sempronio Graco fundó Graccurris (“ciudad de los Gracos”, hoy Alfaro) sobre el antiguo asentamiento celtíbero Ilurcis. Un siglo más tarde esta ciudad apoyó a su vecina Calagurris (Calahorra), en manos del general Sertorius, quien se había rebelado contra la autoridad del dictador Sula en Roma. Las conocidas como guerras sertorianas (77-72 aC) fueron sofocadas por un enviado de Sula, Cneo Pompeyo Magno.

Sertorius moriría víctima de una traición de sus ofi ciales. A pesar de haber perdido a su protector, los habitantes celtíberos de Calagurris se resistieron a claudicar. Protagonizaron los mismos casos de canibalismo que se habían producido sesenta años atrás en el asedio de Numancia.

Lee el artículo completo en el número 136 de Historia de Iberia Vieja

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