Se encuentra usted aquí

Los últimos hispanorromanos de la Península

Lunes 05 de Febrero, 2018
A principios de s. V la Hispania romana tenía una posición secundaria en el imperio. Esto le intensificó los problemas que ya se vivían en el mundo romano y anunció cambios hacia el Medievo. Así vivieron los últimos hispanorromanos estos cambios.

Como hemos dicho ya, la quinta centuria de nuestra era comenzó para Hispania de forma pacífica y en una cómoda posición estratégica, pues ésta era casi marginal. Sin embargo la situación general del Imperio pronto se dejó notar, y una rápida sucesión de acontecimientos trastornó el escenario peninsular de modo que, mediado el siglo, todo el orden romano había sido alterado, afectando intensamente a la población hispana.

Atendiendo al plano político, al poco de iniciarse la centuria, tuvo lugar una guerra civil entre dos emperadores, el usurpador Constantino III (407-411) y el joven Honorio (383-423), hijo de Teodosio I el Grande, conflicto que se libró en parte en la Diocesis Hispaniarum. A estas luchas se sumó el general sublevado Máximo (409-411), que actuó al margen de ambas autoridades combatiéndolas a un mismo tiempo desde su capital en Tarraco (Tarragona), y firmando un foedus o pacto con suevos, vándalos y alanos.

Las victorias cayeron definitivamente del lado del emperador legítimo Honorio pero, a consecuencia del tratado firmado por Máximo, los citados pueblos bárbaros, que habían invadido la Península en el año 409, alteraron intensamente la organización estatal de la Diocesis, desplazando parte de la población de los lugares más afectados, y provocando no pocos saqueos, destrucciones y sufrimientos. A esta inestable situación política se añadieron algunos problemas sociales de envergadura, cuando menos a partir del 441 d.C., si no antes, cuando la bagauda (bagaudae en latín), un movimiento insurreccional, que tuvo su origen en la Galia, comenzó sus acciones de robo y saqueo. Estas bandas, formadas por campesinos huidos del fisco, esclavos prófugos y desheredados en general, actuaban contra el orden establecido, practicando también el pillaje y la depredación. De hecho llegaron a saquear el territorio de Tarraco (Tarragona), el de Caesaragusta (Zaragoza), y a asaltar Ilerda (Lérida), además de otras ciudades.

Este problema de la bagauda estaba generado a su vez por otros de mayor importancia, el de la voracidad económica de la hacienda romana, la arbitrariedad de algunas de las leyes imperiales, y el intervencionismo estatal en la economía de las ciudades, a las que privaba de autonomía e iniciativa propia. Sus consecuencias fueron fatales, pues no sólo nació el movimiento citado, sino que en los siglos IV y V surgió a lo largo del Imperio una clase social conocida como los humiliores, que se vio condenada a un estatus de permanente pobreza.

El conjunto hechos mencionados dieron como resultado la inestabilidad de la Diocesis Hispaniarum, y una pérdida de control sobre la misma por parte de la autoridad imperial. Ésta, no obstante, intentó devolver el territorio a la situación política anterior, lográndolo en buena parte de la Península gracias a la intervención de los visigodos que, actuando como foederati o aliados, aniquilaron o expulsaron a los pueblos invasores, con la excepción de los suevos, y acabaron con la bagauda. Sin embargo, para este momento, el daño ya era irreparable. Las primeras décadas del siglo V, y sus incontrolables difi cultades, habían supuesto el golpe de gracia a la ya de por sí decadente situación de la Hispania bajoimperial.

EL HUNDIMIENTO DE LA URBE CLÁSICA

La ciudad fue uno de los primeros lugares donde con mayor fuerza se dejó sentir toda la crisis que afectó al Bajo Imperio romano. Tras un cierto resurgir de la urbe, y de sus actividades, en el siglo IV d.C., aunque nunca hasta los niveles de centurias anteriores, el final del siglo vio como el panorama cada vez se tornaba más oscuro.

Una sensación general de inseguridad política comenzó a reinar entre la población, seguramente como consecuencia de las incursiones bárbaras, cada vez más frecuentes y profundas en la frontera oriental del Imperio. La respuesta inmediata fue el amurallamiento de las ciudades, hasta 43 tenemos constatadas en estos siglos IV y V: Barcino (Barcelona), Bracara Augusta (Braga, Portugal), Legio VII (León), Toletum (Toledo), Caesaragusta (Zaragoza), etc. La huida de una parte de los pobladores al campo, visible arqueológicamente en la reducción del perímetro urbano de varias ciudades: Cartago Nova (Cartagena, Murcia), Valentia (Valencia)…, fue otra de las consecuencias de la incertidumbre política, de la precariedad económica dentro de los muros urbanos y de la necesidad de eludir el cobro de los impuestos estatales.

La caída en las importaciones de productos antaño habituales, síntoma de falta de seguridad en los caminos y de descenso de la actividad comercial, hablan igualmente de una situación de crisis en estos núcleos. Por último, y muy significativa, fue la pérdida de funciones propias de la urbe. Sirva como muestra el hecho de que al iniciarse el siglo V d.C. sólo había tres foros –el espacio público de la ciudad romana por excelencia, con actividad en toda la Diocesis Hispaniarum: Conimbriga (Coimbra, Portugal), Corduba (Córdoba) y Tarraco (Tarragona); un teatro, el de Emerita Augusta (Mérida) y quizás el de Caesaragusta (Zaragoza), y un anfiteatro, también el de Mérida, que tuvo mayor vitalidad al tratarse de la capital de la Diocesis. El resto de lugares y espacios públicos de las ciudades hispanas eran sitios de habitación de poblaciones empobrecidas, o bien basureros, cementerios y ruinas cuyas mejores piedras habían sido ya reutilizadas.

La única acción constructiva de envergadura en este momento corresponde a la Iglesia, dado que la expansión del Cristianismo es grande en estos siglos, y tuvo una implantación primeramente urbana. Pero este hecho no debe enmascarar la decadente realidad ciudadana, ya que responde al auge de una institución concreta y no a la bonanza del entorno que la acoge. Ciertamente habría que matizar qué ciudades sufrieron más este proceso y en que zonas de Hispania se encontraban, pues no todos los núcleos lo acusaron por igual, pero la realidad es que éste comenzó a ser un panorama generalizado en muchas partes de la Península, que nunca antes se había dado.

Está igualmente probado que una buena parte de la población emigró al campo buscando medios de subsistencia en las villae, huyendo de los impuestos abusivos, requiriendo la protección de un latifundista y transformando su secular forma de vida por medio de este proceso denominado “ruralización”, que está en la base de lo que será siglos más tarde el Medievo.

VILLAS Y MOSAICOS

El proceso de huida al campo, tanto de las clases bajas como de las altas, del que venimos hablando, tuvo su reflejo en la proliferación de villae, o explotaciones agropecuarias prácticamente autosuficientes, en la completa y lujosa dotación de las partes de éstas que habitaban los señores, la pars dominica, y en la presencia en el medio rural de mosaicos, termas, basílicas, defensas y ejércitos privados, en cantidades ostensiblemente superiores a los de la ciudad.

Ante el panorama descrito en la primera parte de este trabajo no sólo los humiliores, sino también la aristocracia urbana, propietaria de grandes latifundios, se trasladó a sus residencias en el campo, que pasaron de ser temporales a definitivas, al menos durante la mayor parte del año. El que éstas se dotasen de lujos, comodidades y servicios, tales como termas, mosaicos, capillas, defensas… prueban el carácter de residencia permanente de las villae, para los possessores de las mismas y sus familias, que buscaban un nivel de vida similar al que habían disfrutado en la ciudad. A este respecto cabe destacar que, si bien es verdad que existen magnífi cos ejemplos de mosaicos en ciudades, fechados en época bajoimperial, tales como Emerita Augusta (Mérida, Badajoz), Complutum (Alcalá de Henares, Madrid), Italica (Santiponce, Sevilla), Barcino (Barcelona), Tarraco (Tarragona)…, es igualmente cierto que el 90% de los realizados en todo el siglo V d.C., lo son en el campo, síntoma inequívoco del proceso de ruralización, o de emigración de la ciudad al campo, que estaba viviendo la sociedad.

Sobre los autores de estos pavimentos hemos de decir que eran talleres ambulantes de mosaistas que, siguiendo a su clientela, se trasladaban al campo, a aquellos lugares desde los que eran requeridos. Solían ser artistas de extracción social humilde, libertos o esclavos, agrupados en obradores.

Gracias al estilo de sus obras, y a la propia firma en sus trabajos, conocemos el nombre de algunas de estas manufacturas de mosaicos y su radio de acción. Así, para los inicios del siglo V d.C., sabemos de al menos tres talleres que operaban en la Península: el llamado de Annius Ponnius, que trabajaba en Emerita Augusta; el de Felices, que realizó los cinco pavimentos de la villa de Tossa del Mar, en el yacimiento de Ametllers, (Gerona); y el que fue autor de los mosaicos de la villa de Carranque, en Toledo, de cuyo nombre sólo tenemos algunas letras. Su conocimiento nos ha llegado gracias a las inscripciones efectuadas con teselas en los propios trabajos, o en elementos próximos encontrados en las excavaciones.

La existencia de talleres de tipo ambulante puede trasladarnos una idea equivocada sobre el carácter regional o localista de éstos. Lo cierto es que la calidad, el estilo, los temas, así como algunas representaciones de personajes, ataviados con ropajes y joyas, nos permiten concluir que Hispania, pese a su posición periférica dentro del Imperio, estaba en perfectamente comunicada y al corriente de las últimas modas dominantes en el conjunto de la romanidad. Los trabajos de que disponemos nos revelan las relaciones comerciales y humanas más intensas se mantuvieron con el Norte de África, y con Oriente.

Es muy posible que artesanos oriundos de estas regiones del Imperio trabajasen aquí. La influencia africana provenía de la proximidad geográfica entre ambas regiones del Imperio, de las fluidas relaciones comerciales y humanas existentes, y del gran esplendor urbano, arquitectónico y cultural que estaba viviendo África durante el Bajoimperio. Posiblemente, por citar un ejemplo significativo, el cristianismo hispano es hijo de su homólogo norteafricano. En el campo del mosaico muchas de las orlas decorativas de los pavimentos realizados en estos siglos en Hispania, el gusto por los temas báquicos, y cinegéticos, procede del vecino continente.

En pavimentos realizados a finales de la cuarta, e inicios de la quinta centuria, tales como el de Baños de Valdearados o el de Cardeñajimeno, ambos de la provincia de Burgos; o el de la villa palentina de La Olmeda (Pedrosa de la Vega), entre otros, aparecen animales representados: leones, panteras, antílopes…, que no son propios la fauna peninsular sino de la africana. Esto se explica por la procedencia de los artesanos, por la moda de la época, o bien por el método de trabajo de los mosaistas, que mostraban unos cartones previamente dibujados a los domini, señores, de las villas, que escogían las escenas que más les agradaban, fuesen o no propias de país.

Destaca el hecho de que no se han hallado, quizás porque no se realizaban, retratos escultóricos de esta época, sin embargo el gusto por la representación personal no se había perdido, pues como prueba el mosaico de Valdearados, en los dos bustos realizados a los pies del cuadro central de tema báquico; o los rostros realizados en la villa de la Olmeda, o en el Mausoleo de Centcelles (Constantí, Tarragona), posible enterramiento del emperador Constante (335-350 d.C.), hijo menor de Constantino el Grande (306-337 d.C.); los possessores de las villas gustaban de retratarse en estos trabajos junto a sus familias.

Un apartado especial merecen las conclusiones que podemos extraer a partir de los temas que se representan en los enlosados. Y es que el mundo tardorromano, en el que el cristianismo tenía ya una implantación social fuerte y un apoyo oficial explicito desde el gobierno del emperador Constantino, presenta una predilección por la representación de temas mitológicos en sus suelos. Esto ha hecho concluir a algunos estudiosos que estos asuntos estaban de moda, pero también que la nueva religión cristiana no estaba tan extendida ni tan consolidada como puede hacernos suponer el hecho de que, desde que el emperador Teodosio (378-395 d.C.) promulgó el Edicto de Tesalónica en el año 381 d.C., ésta fuese la religión ofi cial del Imperio romano.

La presencia de pavimentos del siglo V d.C., con protagonistas como Aquiles, se da en yacimientos de Emerita Augusta, de Santisteban del Puerto (Jaén) o en el ya citado de Pedrosa de la Vega (Palencia).

Los que desarrollan el tema de Leda y el Cisne se hallan en Complutum (Alcalá de Henares) o en la villa de Quintanilla de la Cueza (Palencia). Otros, como los hallados en la villa romana de Pesquero, en Badajoz, o, una vez más, en Emerita Augusta, tienen por motivo central a Orfeo, por no citar exhaustivamente, los más frecuentes, los de tema báquico, hallados en Madrid, Emerita Augusta, Navarra o en Burgos, en la propia villa de Baños de Valdearados, entre otros yacimientos. Y éste no era asunto de importancia menor, pues la legislación imperial perseguía los restos de paganismo existente. Sirva como ejemplo la ley que en el año 390 d.C., el propio Teodosio dictaba contra cualquier religión que no fuera la cristiana niceista; o el nuevo mandato imperial, que en el año 399 d.C., Honorio dirigía a Macrobio, vicario de la Diocesis Hispaniarum, esto es, a la máxima autoridad política en la Península, prohibiendo los sacrificios a los dioses paganos.

Teniendo en cuenta lo expuesto hasta aquí, la existencia de estos trabajos de carácter mitológico corrobora, por un lado, la resistencia de un sector de la sociedad tardorromana, de credo pagano, que se mantuvo fi el a sus viejos dioses y, por otro, que el cristianismo no estaba tan extendido como se ha creído tradicionalmente. Gracias a diversas fuentes nos consta que, en estos siglos tardíos, en Hispania, aún se daba culto a divinidades indígenas, griegas y orientales tales como Erudinus, Netón, Heracles o Mitra... Las formas de vida propias de la Antigüedad clásica, junto a estos credos, se revitalizaron en determinados sectores, especialmente de la aristocracia, que las defendían como un signo de la nobleza y antigüedad de su familias, así como entre los cargos públicos más destacados, que en la defensa de la tradición pagana preservaban igualmente su proyección social, garantizada a través de la realización pública de los rituales de la religión tradicional, que presidían en representación del Emperador.

En todo caso, la coexistencia abierta de ambos credos, pese a las leyes existentes, hace pensar que, tal y como se desprenden de algunas afi rmaciones de San Agustín, el propio Estado romano no tenía capacidad para hacer que sus decretos se cumplieran.

Para terminar podemos decir que durante el siglo V d.C. nos encontramos en un mundo en cambio en todos las facetas que lo componen. Hispania, como parte del viejo Imperio en retroceso muestra en sus aspectos políticos, sociales, religiosos y económicos síntomas del agotamiento de las viejas fórmulas y los primeros cimientos de otras nuevas. En este sentido, la vida en las ciudades y en las villas, así como las dinámicas de cambio y permanencia que se van a dar en aquella sociedad, y en sus estructuras políticas, económicas y religiosas, coloca a esta centuria en el fi el de la balanza que media entre el viejo Mundo Antiguo y el incipiente Mundo Medieval.

Otros artículos de:

Añadir nuevo comentario