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El asesinato de Calvo Sotelo

Lunes 07 de Agosto, 2017
El asesinato del diputado monárquico José Calvo Sotelo, en la madrugada del 13 de julio de 1936, fue uno de los desencadenantes de la Guerra Civil. El crimen, investigado por diversos autores en las décadas siguientes, se mantiene aún en una zona de sombra, sobre la que José María Zavala arroja luz en su última obra, Los expedientes secretos de la Guerra Civil (Espasa, 2016), una obra que plantea una investigación a fondo sobre las muertes violentas en ambos bandos.

Se había inspeccionado la camioneta número 17 de la Dirección General de Seguridad, a bordo de la cual asesinaron a Calvo Sotelo, disparándole a bocajarro en la nuca. La inspección técnica del vehículo, con capota de lona y asientos transversales de cuero, se inició a las cuatro de la tarde del mismo 13 de julio en la calle del Marqués de la Ensenada, muy cerca del local que tenía asignado el Juzgado de Guardia en el Palacio de Justicia.

Los forenses no pudieron tomar una sola fotografía de la camioneta, como consecuencia de la palpable animadversión y suspicacia que sus pesquisas despertaron enseguida entre los vigilantes. “Ante tales circunstancias de ambiente hostil –advertía el doctor Aznar, en su relato titulado Problemas de la investigación criminal en el asesinato de Calvo Sotelo, publicado en 1956–, con testigos armados, que evidentemente no deseaban que tal investigación se realizara, hube de adoptar, para estudiar las huellas e indicios in situ y recoger los datos que interesaban, una actitud que más revelara la rutina de un trámite judicial que no la significación e importancia técnica de hallazgos en un lugar en el que tan cuidadosamente se había intentado hacer desaparecer cuantas huellas pudieran delatar el crimen y a los criminales”. Pese a todo, se procedió a un minucioso examen del vehículo empleando cuantos medios ópticos consideraron necesarios, entre ellos un microscopio binocular y diversos filtros cromáticos.  Para su decepción, comprobaron que el coche había sido lavado minuciosamente, lo cual dificultaba mucho su investigación, ya que el agua disolvía las manchas de sangre, sobre todo si eran recientes, y arrastraba otras huellas o indicios, como partículas de barro y pelos, que podían resultar decisivos para la misión pericial.

Aun así, los doctores pudieron comprobar, tras su denodado esfuerzo y paciencia, la existencia de las huellas del crimen. Antes de nada, examinaron la parte exterior de la carrocería. Entre el estribo derecho y el chasis, hallaron varias partículas de tierra impregnadas de una sustancia de un tono rojo oscuro, la cual identificaron luego como restos de sangre desecada recientemente y arrastrada hasta allí, con toda probabilidad, por el agua con que alguien había lavado la camioneta para hacer desaparecer cualquier vestigio del crimen. Pero ninguna otra huella pudieron detectar en el exterior del vehículo, por más que la buscaron con ahínco.

Procedieron entonces a inspeccionar el interior del coche. En el departamento  delantero del conductor hallaron restos de sangre sobre la superficie de latón que cubría habitualmente el piso de esa parte del vehículo, localizados en el centro y a unos dos centímetros del borde posterior, cerca del asiento.

Poco después, recogieron tres pelos situados a unos cinco centímetros de las manchas de sangre. Para no desperdiciar la más mínima porción de las huellas de sangre, dado que estas se hallaban en óptimas condiciones para ser analizadas con técnicas químico-biológicas en el laboratorio, el doctor Aznar recortó el trozo de latón que servía de soporte. En el departamento central encontraron partículas de arena impregnadas de sangre, así como pequeñas salpicaduras, un papel de fumar ensangrentado y hecho una pelotilla incrustada entre las tablas del suelo; y, finalmente, otros dos pelos adheridos también al piso, con diminutas costras sanguinolentas. Aznar recogió con sumo cuidado todas esas huellas e indicios, y los empaquetó y precintó para trasladarlos al laboratorio de la Escuela de Medicina Legal, donde debían ser analizados.

CONCLUSIONES
Desvelemos, por fin, las conclusiones definitivas a las que llegaron los forenses Piga y Aznar sobre el modo y las circunstancias en que asesinaron a Calvo Sotelo. Recogidas en el desconocido informe pericial aportado a la Causa General con el sello de la Escuela de Medicina Legal, perteneciente a la Facultad de Medicina de la Universidad Central, eran las siguientes:

1ª. La muerte del señor Calvo Sotelo fue debida a las lesiones encefálicas ocasionadas por dos disparos de arma de fuego en la región de la nuca, y a boca de jarro.

2ª. La muerte fue instantánea y sin que el agredido pudiera defenderse ni suponer acaso el momento de la agresión.  

3ª. La posición del agresor era en un plano posterior y a nivel del agredido.

4ª. Las lesiones de la nariz y de la pierna se produjeron en el momento de la caída, la primera, y como consecuencia de un espasmo convulsivo y choque con un cuerpo duro, la segunda.

5ª. Las manchas rojo oscuras encontradas en la camioneta número 17 eran de sangre humana.

6ª. Todas las manchas eran recientes.

7ª. Todas ellas pertenecían al mismo grupo serológico, el ABMN.

8ª. El grupo serológico de la víctima era el ABMN.

9ª. Los pelos hallados en la camioneta número 17 eran cabellos masculinos de adulto con idénticos caracteres micrográficos y micrométricos que los de la víctima.

10ª. Los pelos estaban ensangrentados y fueron arrancados violentamente.

11ª. El cadáver estuvo en contacto con el piso de la zona “b” (departamento central) de la camioneta número 17, manchándola de sangre y dejando en él pelos aglutinados.

12ª. El agresor no tuvo que mancharse de sangre al hacer los disparos.

13ª. Los que sacaron el cadáver de la camioneta o cuando menos uno de ellos dejaron huellas en la zona “a” (departamento delantero). Y uno de los que tocaron el cadáver –fuese o no el agresor– con la mano ensangrentada manchó un papel de fumar que tiró al suelo acaso por no servirle para liar un pitillo.

14ª. La fecha del momento de la agresión era inferior en cuarenta y ocho horas a la del momento de la autopsia.

15ª. La disposición y desorden aparente de las ropas tuvo como finalidad ocultar el rostro del cadáver para que no fuese identificado o lo fuese más tardíamente. Madrid, 5 de julio de 1941.

Entre los papeles desperdigados de la Causa General, hay uno que ha pasado hasta hoy inadvertido y que pone de relieve la sorpresa y el interés del fiscal secretario Joaquín Lacambra Grosso, encargado de la pieza especial “Antecedentes. Asesinatos de don José Calvo Sotelo y don José Antonio Primo de Rivera y Sáenz de Heredia”, sobre un hecho destacado para la investigación del crimen. Se trata de una comunicación de Lacambra a su superior, el fi scal instructor delegado de la Causa General, Antonio Reol Suárez, en la que informaba a este del siguiente asunto relacionado con el caso, el 15 de abril de 1943: DOY FE: De que en esta Causa General hay un libro editado en Barcelona durante el dominio rojo en el año 1937, talleres gráfi cos de la editorial Ramón Sopena, empresa colectivizada, titulado “El crimen de Europa”, con el subtítulo “Nuestra Guerra”, de Manuel D. Benavides, en el que, en su capítulo III, página 39, y capítulo V, páginas 65 a 76 inclusive, que copiados a la letra y en su parte necesaria, se dice…

EL ASESINO DESENMASCARADO
A continuación, el fiscal Lacambra transcribía, en folios numerados, la primera versión impresa que se conoce del asesinato de Calvo Sotelo. Su autor, el gallego Manuel Domínguez Benavides (1895-1947), no era un consumado fabulador, aunque así lo considerase Luis Romero en su meritoria obra Por qué y cómo mataron a Calvo Sotelo. De hecho, el relato de los acontecimientos efectuado por Benavides coincidiría en aspectos y detalles fundamentales con la propia narración final del instructor de la Causa General, tras tomar declaración a una legión de testigos.

Por primera vez, Benavides desenmascaraba, ya en 1937, al asesino de Calvo Sotelo y facilitaba extremos y situaciones que ayudarían a completar la secuencia de los hechos criminales tal y como sucedieron.

Asesino, por cierto, que se llamaba Luis Cuenca, y no “Victoriano Cuenca”, como le denominaba reiteradas veces Luis Romero en su obra galardonada con el Premio Espejo de España 1982.

Movido por el interés, no me conformé con leer la transcripción de la docena de páginas del libro de Benavides, perdida entre los centenares de legajos de la Causa General, ni tan siquiera con verlas reproducidas en uno de los anexos del también valioso libro La noche en que mataron a Calvo Sotelo, del hispanista irlandés Ian Gibson, quien sí denominaba a Cuenca por su verdadero nombre. La temprana versión de Benavides me llevó a conseguir un ejemplar en una librería anticuaria y a devorarlo enseguida. El insigne poeta y doctor en Filología Románica, Eugenio García de Nora, elogiaba a Benavides en su célebre estudio La novela española contemporánea:

Es un escritor más culto, o un temperamento más equilibrado y armónico que Arderíus (el murciano Joaquín Arderíus y Sánchez-Fortún); de modo que lo que pierde acaso frente a él en originalidad o fuerza creadora, lo gana en ponderación, claridad de ideas, precisión en el análisis de la sociedad que lo rodea, y eficacia y belleza formal y expresiva del lenguaje.

Su biografía novelada del magnate Juan March, titulada El último pirata del Mediterráneo, le valió a Benavides la pena de cárcel en 1934. Estudió Derecho en la Universidad de Santiago y fue funcionario del Ministerio de Hacienda, además de redactor del semanario Estampa y colaborador del diario El Liberal. Antes de su muerte en el exilio mexicano, registrada el 19 de octubre de 1947, dejó escrita para la posteridad su narración del crimen de Calvo Sotelo, que no merece pasar inadvertida, como hasta ahora, en cuanto a documento primigenio se refiere. Advirtamos en justicia, eso sí, que Benavides incurría en algunas partes de su relato en un juicio ignominioso de Calvo Sotelo, inducido sin duda por su odio visceral al líder monárquico, a quien acusaba sin pruebas de ser un criminal de la derecha: “Fue él quien señaló a las pistolas fascistas el blanco de los oficiales leales que impidieron a los manifestantes del entierro del alférez Reyes llegar hasta el Congreso y apoderarse por sorpresa del Parlamento”, escribía el socialista, entre otros infundios por prejuicios ideológicos que hemos suprimido de la transcripción porque no venían al caso.

Nos interesa ahora su relato estricto del crimen porque, al margen de algunos errores garrafales, como confundir la fecha del asesinato del teniente Castillo y la del propio Calvo Sotelo, facilitaba ya entonces la identidad del asesino y de algunos de sus cómplices, así como el doble disparo efectuado contra la víctima en la nuca; por no hablar del crimen premeditado de Calvo Sotelo, a quien el capitán de la Guardia Civil Fernando Condés y Luis Cuenca habían decidido ya asesinar antes de que la camioneta saliese del Cuartel de Pontejos. Como si el mismo Benavides hubiese estado allí… Comparto la tesis de Gibson, según la cual Benavides debió de hablar con un testigo presencial del asesinato que le refirió multitud de detalles del mismo; testigo a quien el autor denominaba a su vez ”Julio Robles” y que Gibson sospechaba que fuera el trasunto literario de Enrique Robles Rechina, quien, según la Causa General, fue uno de los ocupantes de la camioneta nº 17.

Pero, en todo caso, a Benavides le hubiese bastado con leer el informe de la autopsia de Calvo Sotelo, robado a punta de pistola por un grupo de milicianos en julio de 1936, para componer su crónica negra del luctuoso episodio. ¿Quién estaba en condiciones de asegurar, acaso, que el documento o una copia del mismo no pudo llegar a sus manos por conducto de alguno de sus confidentes? ■

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