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La belle époque

Miércoles 02 de Diciembre, 2015
Fue uno de los períodos más fértiles de la cultura europea. Los años de la belle époque representan un desafío radical para la imaginación. El mundo de finales del siglo XIX y principios del XX quiere llegar más lejos y subir más alto que ninguno. Hay fronteras pero no límites. El arte y la ciencia van de la mano en pos de una civilización que cree en el progreso y apuesta ciegamente por él. Alberto de Frutos
Belle époque, Palacio de Comunicaciones, Gaudí, Antonio Palacios

Cuando en 1900 se celebra la Exposición Universal de París, sus más de 50 millones de visitantes asisten atónitos a una síntesis milagrosa de lo que se ha hecho hasta entonces y a una promesa irreductible de lo que se va a hacer inmediatamente después.

Si nos fijamos en los nombres de los creadores que están trabajando en esa época, comprendemos el porqué de la revolución: Sigmund Freud publica La interpretación de los sueños en 1899, Albert Einstein formula la Teoría de la Relatividad en 1905 y, entre 1909 y 1912, los astilleros Harland and Wolff de Belfast perpetran el mayor trasatlántico del mundo: el Titanic. ¿Quién podía dudar de la ambición de los sueños en la era de la electricidad y los combustibles fósiles?

La huellas de la belle époque fueron muy duraderas; pues, aunque el Titanic se hundiera en su viaje inaugural y el mundo se desplomara en 1914, quedaron en pie el arte y las ideas. Somos nietos, sí, de la música de Wagner e hijos de la de Stravinski. Somos herederos del expresionismo de Munch, la Secesión de Viena y el cubismo de Picasso. Y, cómo no, somos legatarios de ese oficio del siglo XX que nació en los estertores del XIX llamado Cine.

¿Qué se está haciendo en España entre finales del XIX y 1914? Algo llamado modernismo: un movimiento que en su ideario se propone la monumentalidad y la belleza

Y esas huellas arraigaron en las calles y los bulevares de la Vieja Europa, donde asomó una arquitectura por y para una burguesía que coqueteaba con el capitalismo y quería encontrar en su entorno –cabarés, restaurantes, viviendas particulares…– una proyección de su propia identidad.

Entre el barroco y el neoclasicismo, la arquitectura de ese tiempo se resuelve de diferentes modos en cada país. ¿Qué se está haciendo en España entre finales del XIX y 1914? Algo llamado modernismo: un movimiento que en su ideario se propone la monumentalidad y la belleza –léase el Palacio de las Comunicaciones de Antonio Palacios, cuya primera piedra se colocó en 1907–, y del que el catalán Antonio Gaudí fue su principal abanderado. El parque Güell, La Pedrera o el Palau de la Música Catalana, este último proyectado por Domènech y Muntaner, florecen en esos años, mientras el cántabro Leonardo Rucabado asombra a todos con su estilo montañés y el andaluz Aníbal González presenta su diseño de la Plaza de España en Sevilla, confirmando que la belle époque no excluía la filiación regionalista.

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