Se encuentra usted aquí

El Che vuelve a España. Entrevista a J.J. Benítez

Lunes 09 de Octubre, 2017

Se cumplen ahora 50 años de la muerte del  Che Guevara. Siempre ha sido un mito que, al margen de sus ideas, ha generado muchas discusiones. En aquellas fechas Juan José Benítez empezó a reunir información sobre este personaje maldito. Lo “olvidó” hasta que en 2011 contactó con un ex agente de la CIA en Estados Unidos. Él estaba ahí, en La Higuera. Se llamaba “Mendi”. Sus fotografías en el lugar delatan su presencia.

Ahora Benítez las ha divulgado en su libro Tengo a papá, una obra sorprendente en donde expone las investigaciones de estos últimos años en los cuales ha estado más en América que aquí. Ha buscado datos con tesón. Es uno de los periodistas más aguerridos que existen. Ama la búsqueda de datos y lo ha vuelto a demostrar. Nadie se esperaba ese trabajo, muy, muy alejado de todo lo que ha hecho hasta ahora. Hemos hablado con él a propósito de este trabajo que ha sorprendido a propios y extraños y en el que vuelve el reportero y periodista: “Llevo el periodismo en la sangre”.

P Recuerdo que una noche, en Jordania, me quedé conversando contigo, y con tu compañero, Fernando Múgica. Estuvisteis recordando algunas de vuestras investigaciones. Erais una pareja de periodistas inolvidables. Una de esas investigaciones tenía que ver con la búsqueda de la verdad sobre temas históricos: “Los restos de Hitler están enterrados en las afueras de Berlín”, decía el titular de un teletipo. Y ni cortos ni perezosos, ahí fuiste, con una pala, a excavar…

R Fue en enero de 1973. Fuimos a Berlín, con un frío espantoso… Evidentemente, ahí no estaba Hitler. Lo que no sabe nadie nadie es que tuvimos que cavar la tumba nosotros, en mitad de la nieve, porque si no el redactor jefe nos mataba. Salimos en primera. El periodismo ha cambiado mucho. Ahora, cuando voy a alguna redacción pienso que se parece a un aeropuerto. Nadie grita, todo está en silencio, no hay humo, no hay ruido de teclas, no hay voces… No hay nada de lo que viví en esos cuatro periódicos en los que estuve entre el 66 y el 79. Me da mucha pena que eso ya no exista, porque era un ambiente extraordinario y había una enorme inquietud. Hacíamos periodismo de calle y había una vocación inmensa por el “pisotón”. Y es que adelantarte al periódico de la competencia era maravilloso.

Pisar la noticia a la competencia era un orgasmo de quince minutos, que era el tiempo que se pasaba leyendo a la competencia.

Ese periodismo era maravilloso. Por entonces llevaba en el maletero toda suerte de disfraces. Si había que entrar a algún sitio, entrábamos.

P Has estado seis años investigando la vida del Che.

R Desde el año 67 he ido reuniendo información sobre este personaje. Y hace seis años, por un tema totalmente distinto, localicé a un ex agente de la CIA. Conseguí llegar a su casa, después de dos o tres intentos, y el hombre, muy amable, habló conmigo de varias cosas en el más absoluto desorden, pero entre esas cosas me dijo: “Yo estuve en los últimos momentos del Che”. Entonces se me encendió la bombilla. Me di cuenta de que las cosas que había leído sobre el Che no eran correctas… Me dediqué a hablar con este señor, me dio una serie de pistas y empecé una investigación más o menos en serio, pero sin saber si iba a publicar algo. Así fue como empecé a investigar su figura.

P Uno de los testimonios que conseguiste fue el de un guerrillero que estuvo con él en Sierra Maestra, en Cuba. También le acompañó en la selva en Bolivia, en ese auténtico “infierno verde”. Él, cuando estaban recorriendo esa selva y asistía a las cosas que hacía, decía: “Este no es el Che que conocí”. ¿Tanto le afectó a su integridad mental esa infierno verde?

R Creo que el Che siempre fue igual. Cuando él desempeñaba ciertos cargos en Cuba no se comportaba de esa forma, pero cuando estuvo en la guerrilla, ese comportamiento floreció. Era falsa la idea que tenían del liberador, de idealista… ¡Le tenían miedo!

Era un déspota, un desequilibrado mental, hubiera lanzado las bombas atómicas contra Estados Unidos en la crisis de los misiles, fusiló a más de 500 personas en La Habana y no le importaba matar a los “soldaditos” en Bolivia…

Era un individuo que no tenía nada que ver con lo que luego la historia ha montado a su alrededor.

P Un defensor del Che no encontrará en tu libro asidero a sus creencias, pero también se encontrará cómo el Ejército de Bolivia, Fidel Castro, la CIA… Todos se lo querían quitar de en medio. R

Mintieron todos. Nadie se salva. Los militares bolivianos mintieron como bellacos, en la CIA son unos mentirosos compulsivos… Y Fidel estaba harto de su “amigo”. La postura del Che respecto a los rusos en la isla no le gustaba. Todo ello desembocó en un plan de los servicios de inteligencia cubanos para eliminarlo.

Primero lo mandaron al Congo, aunque ahí no lo consiguieron neutralizar, pero luego fue a Bolivia, donde todo le falló. ¿Cómo es posible que él fuera a emprender una guerrilla y todo lo que le habían dado en Cuba fallara?

Los mapas estaban mal, la radio solamente recibía pero no emitía, no tenía los contactos en los pueblos de la selva que esperaba… Alguien quería matar al Che, y de paso hacerlo un héroe.

El distanciamiento del Che respecto a Fidel empezó cuando el Che manifestó que el comunismo soviético no es el ideal. Le gustaba más el comunismo maoísta. Ahí empiezan las fricciones. El Che era un personaje muy querido en Cuba. Uno de los dos tenía que ceder, y el Che no cedió. Entonces los rusos dijeron a Fidel: “Tienes que quitar del medio a este señor”. A partir de ahí, los servicios secretos cubanos maquinaron cómo quitarse de encima al Che.

P Cuando él fue a la selva de Bolivia se encontró con un infierno, pero él parecía encantado con que aquello fuera eso.

R Él se dio cuenta, pero era tan orgulloso y soberbio… No permitía que nadie le llevara la contraria. No permitía ningún tipo de discusión sobre su liderazgo.

P Sin embargo, mantuvo para los suyos una imagen de persona adorada.

Es que durante la revolución en Cuba tuvo un comportamiento muy heroico. Se lanzaba a la batalla el primero… ¡Era un suicida! Eso le hizo tener una imagen muy buena entre los cubanos, pero cuando cambia su actitud, deja de gustar al mando de Cuba.

P En Bolivia, además, existía un gobierno que se debía a los Estados Unidos. ¿La CIA dio la orden de matarlo?

R Eso no lo tengo tan claro. Tras las conversaciones que he tenido con ellos, mi deducción es que el estado mayor de Bolivia se pregunta: “¿Qué hacemos con este sujeto? Conclusión: ejecútenlo”. La CIA tampoco es de fiar. Son unos villanos. No me extrañaría nada que la CIA quisiera matarlo, aunque eso no es lo importante. Esa parte de la historia no nos la han contado. Todos mienten.

P Han pasado 50 años… Fueron terribles esos momentos.

R Desde el momento en que lo capturan, lo interrogan, es indudable que sabía que lo podían matar. Cuando ve entrar al sargento Terán en la sala donde estaba en La Higuera sabía que venía a matarlo. El final es horrible. Terán le mete una ráfaga de ametralladora en las piernas. Se vuelve hacia el coronel Saturno, le mira como si le preguntara: “¿Sigo?” Le dice que sí. Entonces le mete una segunda ráfaga de ametralladora al pecho. ¡Y muerto!

Después, llevan su cuerpo a un pueblecito cercano, lo meten en la lavandería, lo lavan, le quitan los calcetines, le quitan la chamarra, le cortan en pelo… Entonces, los militares le llevan a otro cuartel. Le hacen la autopsia, le cortan las manos… El odio de los militares bolivianos hacia el Che era enorme. Incluso pensaron en cortarle la cabeza, pero consideraron que era una barbaridad. El final del Che es tristísimo. Cuando le cortan las manos, el material que usan los militares es malo y fallan hasta que lo consiguen. 

 

Este es un extracto de la entrevista que Bruno Cardeñosa realiza a J.J. Benítez para el nº148 de Historia de Iberia Vieja

Otras entrevistas de:

Añadir nuevo comentario