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Cuando Francia nos aplicó el 155

Miércoles 17 de Enero, 2018
Nada ocurre por primera vez… hace casi un siglo se proclamó la República de Catalunya. Un grupo de rebeldes se refugió en el sur de Francia y aplicó medidas muy rotundas contra los que se alzaban en contra de una Catalunya independiente.

Antes de los actuales propulsores del independentismo catalán, otros intentaron lograrlo utilizando la política o bien, como en el caso del llamado complot de Perpiñán, a través del uso de las armas. Esta es la historia del intento de Francesc Macià y su complot para declarar la República catalana durante el gobierno del general Primo de Rivera.

Cuando Miguel Primo de Rivera, a través de su golpe de estado, accedió al poder en nuestro país en 1923, adoptó casi inmediatamente una política anticatalana que no sentó nada bien a las diferentes fuerzas políticas que convivían en Cataluña.

Por un lado, estas medidas causaron una enorme decepción en los núcleos más conservadores de la sociedad catalana, que habían estado confiando en que el carácter regionalista del dictador fuera beneficioso para sus intereses. Por otro lado, la actitud de Primo de Rivera y su equipo de gobierno provocaron que los grupos más radicales del nacionalismo catalán optasen por la vía del separatismo.

Dichas oposiciones provocaron que muchos políticos e intelectuales catalanes, y del resto de la geografía española, marchasen al exilio para, en muchos casos, intentar conjurarse para tratar de derrocar al régimen dictatorial que se había instalado en España y algunos, como Macià, con la idea de establecer su propia patria a la vuelta de ese exilio.

 

“ESTAT CATALÀ”

A Francesc Macià i Llussà, nacido en Vilanova i la Geltrú el 21 de septiembre de 1854, su amor por Cataluña y su identidad como nación ya le habían reportado problemas graves mucho antes del inicio de su aventura en tierras francesas. Militar con grado de teniente coronel del Cuerpo de Ingenieros del ejército español, vio cómo su condena a la propia institución militar en 1905, cuando algunos oficiales atacaron la imprenta donde se editaba y elaboraba el semanario satírico Cu-cut por haber publicado una caricatura de los oficiales destinados en Cataluña y que después fue considerada vejatoria, le costó su salida del ejército.

Este episodio del semanario, en el cual se condenó no a los autores del asalto sino a los padres de dicha caricatura, a quienes se les juzgó por medio de un tribunal militar, reavivó las brasas del nacionalismo catalán y se crearon fuerzas políticas como “Solidaritat Catalana”, donde Macià recaló casi de inmediato, iniciando así su carrera política.

Después de obtener un escaño como diputado por Barcelona en 1907 y ser reelegido varias veces en los años siguientes, Francesc Macià fundó en 1918 la “Federació Nacionalista” para, más tarde, en 1922, fundar “Estat Català”, que no era un partido político al uso, sino más bien una plataforma a través de la cual podían unirse todos aquellos catalanistas cuya idea era la formación de un Estado catalán dentro de un Estado Español Federal y que no excluía que este Estado llegase a un acuerdo con Portugal para lograr una República Confederal Peninsular.

Sin embargo, con el golpe de estado de Primo de Rivera, al año siguiente de la formación del partido político de Macià, éste vio cercenadas sus aspiraciones nacionalistas y su sueño de una Cataluña fuerte y tuvo que marchar a un exilio forzado instalándose en París previa estancia en Perpiñán. Antes de marchar al exilio, Macià intervendría en la constitución de la Triple Alianza, también conocida como “Pacto Galeuska”, entre Euskadi, Galicia y Cataluña y que perseguía reclamar la soberanía política plena de estas tres regiones y crear un consejo conjunto para unir sus fuerzas.

 

COMITÉ REVOLUCIONARIO DE PARÍS

Llegado a suelo francés, Macià creó, una vez instalado en París junto a su esposa Eugenia y su hija María, el llamado Comité de la Libre Alianza presidido por él mismo e integrado, además de los miembros de “Estat Català” y otros nacionalistas catalanes, por representantes del nacionalismo vasco y de la CNT, así como opositores de la dictadura en general. Este comité pasaría más tarde a denominarse “Comité Revolucionario de París” y vio engrosadas sus filas con nacionalistas gallegos y militares de tendencia federalista que también han tenido que exiliarse.

Los motivos que llevaron a la creación de este grupo obedecían a que, si bien Macià no renunciaba a lograr su objetivo mediante la vía política, tampoco descartaba recurrir a la acción armada y, para ello, Macià proyectaba reunir y coordinar una fuerza de más de seis mil hombres. Pero para lograr dicha fuerza dispuesta a tomar por la fuerza aquello que creían suyo, se necesitaba financiación económica.

Por ese motivo, se contactó con varios financieros y comenzó a lanzarse el llamado “Emprestit Pau Claris”, que ofrecía títulos que iban desde las 25 pesetas a las 1000 para un total de 8.700.000 pesetas de la época.

Se intentaba así recaudar fondos para la causa apelando no solo a los catalanes que aún quedaban en España sino, sobre todo, al catalanismo radical que se encontraba disperso en el continente americano y, más concretamente, aquellos que habían logrado establecerse y prosperar en grandes países como los Estados Unidos, Cuba o Argentina y que podían suponer un interesante flujo de dinero a la causa independentista catalana de Macià.

No obstante, y a pesar de que los grupos de catalanes que vivían en América hicieron buenas aportaciones de capital, Francesc Macià decidió buscar apoyo financiero en la Unión Soviética. Ante los recelos acerca de la entrada del Partido Comunista, Macià calmó a sus seguidores alegando que no “habría peligro alguno de que los comunistas controlen nuestro movimiento porque el Partido Comunista no tiene ninguna fuerza en Cataluña en donde predomina, por una mayoría aplastante, una C.N.T. que forma parte de nuestro Comité Revolucionario”.

Sin embargo, y a pesar de la atención prestada al político catalán, los dirigentes soviéticos, quizás debido al poco poder que en aquella revolución podía tener el Partido Comunista Español, se mostraron reticentes a las ideas de Macià alegando que dicha revolución no estaba lo suficientemente valorada y, además, el ejército constituía una fuerza unida ante la cual no había ninguna esperanza de victoria.

Ante las protestas de Macià, que aducía a que la presencia en España de un núcleo revolucionario de carácter militar aceleraría la evolución política del país, algunos políticos rusos le dijeron a éste que debía esperar a León Trotski puesto que dejaban una decisión de tal calibre en sus manos. Sin embargo, tras esperar varios días sin que el líder comunista apareciese, Macià y Carner Ribalta decidieron volver a París.

 

DETENIDOS EN LA FRONTERA

Sin embargo, todo el operativo ideado por el Comité de París se fue al traste antes, incluso, de ponerse en marcha, ya que los grupos de guerrilleros fueron detenidos por destacamentos de la gendarmería, entre los días 2 y 4 de noviembre, al tiempo que se cerraba la frontera hispano-francesa por aquel punto. El diario La Época fue, en su edición del 4 de noviembre, uno de los primeros rotativos que daba la noticia y catalogaba la acción como

“una conspiración mezquina y sin importancia descubierta en Francia, y de la que formaban parte elementos españoles, italianos y acasos franceses. Parece que el intento era pasar la frontera y unirse a algunos elementos que se dicen estaban preparados aquí, pero de los cuales no tenemos ninguna noticia”.

Los expedicionarios detenidos fueron llevados a un cuartel situado en Perpiñán y entre ellos surgía el estupor y la duda de cómo había podido fracasar de una manera tan rápida aquel golpe que llevaban tanto tiempo planeando. Poco a poco, se fue desarticulando este grupo y se llegó hasta el líder de esta formación que pensaba actuar mediante las armas. En efecto, el propio Macià no escapó a las pesquisas de las autoridades francesas y como relataba El Heraldo de Madrid el 5 de noviembre “En Prats de Molló, a varios kilómetros al sur de Perpiñán, hallaron a once españoles, reunidos con el ex coronel D. Francisco Macià. Se les ocuparon sendas maletas con documentos y armas. Informes de París aseguran que al ser registrado el domicilio del señor Macià, en el Bois Colombe, se ha encontrado gran acopio de elementos revolucionarios”.

El 12 de noviembre, Francesc Macià fue trasladado en tren a París y, una vez allí, se le condujo hasta la Dirección General de Seguridad de la Rue des Saussaies para ser llevado posteriormente a la prisión de La Santé. Durante este tiempo se había ido encontrando pruebas que evidenciaban que lo que ya se conocía como Complot de Perpiñán, pretendía causar una revuelta armada en territorio español. Se encontraron varios depósitos de armas, pero, sin embargo, aún quedaba la duda de cómo había advertido la gendarmería española los planes de estos expedicionarios.

La sombra de la traición cobraba cada vez más fuerza entre los presos pero no se llegaba a conocer quién había podido delatarlos ni por qué. El 15 de noviembre, 86 de los encarcelados fueron expulsados de Francia cuyo gobierno, previa negociación con la vecina Bélgica, había decidido trasladarlos en pequeños grupos. Otros 42 fueron llevados a La Santé junto con Macià a la espera de ser procesados. Finalmente, solo 17 de los detenidos, entre los que se encontraban el líder de “Estat Català” y el nieto de Garibaldi, se sentaron en el banquillo. El proceso judicial tuvo lugar en el mes de enero de 1927 y, más allá de juzgar la acción armada de un grupo de nacionalistas catalanes en tierras españolas, la expectación giraba en torno a las incógnitas que envolvían todo este grave suceso.

 

MACIÀ, ¿UNA MARIONETA?

Que Macià, como presidente del Comité Revolucionario de París y cerebro del complot, fuese uno de los principales acusados era algo normal. Sin embargo, era la presencia de Riciotti Garibaldi, la que no terminaba de encajar del todo, a pesar de que catalanes e italianos exiliados luchaban contra las dictaduras de sus respectivos países. A medida que el juicio fue avanzando, se fue descubriendo que, lo que parecía la acción heroica y casi suicida de un grupo de nacionalistas catalanes, encerraba una trama mucho más compleja que afectaba las relaciones de tres países como eran Francia, España e Italia y cuyo objetivo se centraba en cambiar el panorama político y estratégico del Mediterráneo.

Dicha conspiración había sido ideada por el gobierno fascista de Italia, con el propio Mussolini a la cabeza, para aislar a Francia e involucrar a la España de Primo de Rivera en una estrategia en contra de los intereses de Francia. Durante el proceso, se pudo esclarecer la participación italiana y como había sido Arturo Rizzoli, un excombatiente italiano de la Primera Guerra Mundial quien se había unido junto con veinte compatriotas suyos a la causa de Macià y como éste, para cerciorarse del grado de impliación del italiano, había mantenido reuniones con Ricciotti Garibaldi.

Garibaldi, no solo había dado informes positivos de Rizzioli sino que, además, había pedido a Macià que le mantuviese al tanto de todos los movimientos acerca de la acción que se pensaba a llevar a cabo en Prats de Molló. Pero, lo que parecía una colaboración Macià-Garibaldi para luchar contra la dictadura de Primo de Rivera, se transformó, según se pudo probar en el juicio, en una trampa que Garibaldi había tendido a los nacionalistas catalanes y a sus compatriotas. Ya que, como se pudo comprobar, Ricciotti Garibaldi era, en realidad, un agente de la Italia fascista de Mussolini contratado para facilitar información sobre las actividades de los antifascistas italianos que se encontraban exiliados en Francia.

Haciéndose pasar por uno de estos opositores al régimen de Mussolini y ayudado sin duda por la fama de su apellido, Garibaldi había ido informando a las autoridades italianas acerca del complot catalanista y la posible intervención en el mismo del grupo de Rizzoli. Aquella información fue tomada por Mussolini como una oportunidad de oro para sembrar la discordia, por retorcido que parezca, en las relaciones franco-españolas y dio órdenes a Garibaldi de poner su “Legión” a colaborar con el grupo de Macià. Mientras se ultimaban los últimos flecos del complot de Perpiñán, Garibaldi mandó a un agente llamado Scivoli a Italia, portando unas cartas en las que se aseguraba que se estaba gestando asesinar al mismísimo Duce.

Avisados por Garibaldi, la policía italiana detuvo a Scivoli y, cuando esto se hubo hecho, se pasó a acusar casi inmediatamente a las autoridades francesas de dar cobijo y libre circulación a los enemigos de la Italia fascista mientras, por otra parte, se informaba al gobierno español de la acción que se proponían realizar los nacionalistas catalanes en la frontera con Francia.

Sin embargo, no se dio información a las autoridades francesas quedando así España, al igual que Italia, como víctimas de acciones terroristas urdidas en suelo francés y amparadas por el gobierno galo, quien pasaba a ser acusado de favorecer estas conspiraciones contra la seguridad de los países vecinos.

Así quedó recogida en las letras de Miratvilles aquella enrevesada y retorcida estratagema del gobierno fascista italiano: “Los servicios de contraespionaje franceses habían llegado a la increíble conclusión de que Ricciotti Garibaldi era un agente secreto de Mussolini. Su misión, para colmo de ignonimia, consistía en acentuar los conflictos entre la Francia democrática y antifascista y la Italia de Mussolini, para separarlas definitivamente y contribuir al aislamiento de París”.

 

EL JUICIO

Ante todas estas pruebas que demostraban que el complot de Perpiñán no era sino una pieza dentro de la conspiración italiana, cabía ahora enfocar el juicio realizando la pregunta de si Macià, que se sentaba en el banquillo de los acusados, era un criminal o una víctima de la trama de Mussolini.

Los abogados del líder catalán, compuesto por un ramillete de las figuras más importantes del derecho francés de aquel momento, pronto vieron la oportunidad de obtener el mínimo castigo para su representado y, durante el proceso, que fue seguido con gran interés por parte de muchos países, se desvivieron para presentar a Garibaldi como el verdadero causante de una posible y grave crisis internacional, apenas ocho años después de la finalización de la Gran Guerra.

Tan duros fueron los ataques hacia Garibaldi que el abogado de este pidió clemencia y llegó a decir que para Riccioti Garibaldi “la conciencia de su traición es su más cruel castigo”. Al mismo tiempo que esto ocurría, los abogados se apresuraban en exaltar humana y espiritualmente a Macià.

Henri Torrès, considerado por aquel entonces el abogado criminalista más prestigioso de Francia, al servicio de la defensa de Macià, pronunció un discurso dirigido a Ricciotti Garibaldi en el que dejó claro quién era el héroe y quién el villano en aquella locura al declarar que “una ocasión os ha sido dada, Ricciotti Garibaldi, en un proceso que no era el vuestro, de sentaros cerca de un hombre que pertenece a la misma posteridad de la que habéis emergido. Habéis recibido de él y de los que le rodean las lecciones de honor de la que habéis renegado”.

En ese mismo discurso, Torrès dedicó estas palabras a Francesc Macià intentando que pareciese, al contrario que Garibaldi, el héroe y la víctima de aquella trama:

“En cuanto a vos, Macià, mi grande y noble amigo, sabed que no hay en este país ningún obrero en la fábrica, ningún campesino curvado sobre su tarea, que no tenga ante sí una luz, esta luz que despierta en los ojos de los hombres libres la irradiación de vuestra mirada; esta luz Macià, esta luz Garibaldi, que no luce nunca en las pupilas apagadas de los esclavos y los sirvientes de la Dictadura”.

Finalmente Francesc Macià, junto con otros colaboradores, fue condenado a dos meses de prisión y fue expulsado de Francia mientras que a Ricciotti Garibaldi se le condenó por tenencia ilícita de armas al habérsele atribuido la propiedad de varios zulos repletos de armas, evitando así implicarlo en el complot catalanista y evitar tensiones internacionales.

Macià, por su parte y tras un largo periplo por el continente americano, pudo por fin regresar a su añorada Cataluña y cumplir con el sueño que había quedado roto en Prats de Molló al proclamar, de manera efímera eso sí, la República catalana el 6 de octubre de 1934. Pero como se suele decir en estos casos, esto ya es otra historia.

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