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El escándalo de la escuadra rusa de Fernando VII

Martes 20 de Agosto, 2013
Por desgracia, los casos de corrupción en España no son exclusivos de estos dramáticos tiempos de crisis que nos ha tocado vivir y a lo largo de la Historia de nuestro país se han sucedido escándalos financieros y económicos que, amparados en muchos casos desde las más altas esferas del poder, han servido para enriquecer a unos pocos a expensas de la hacienda del Estado y causando el perjuicio del interés general. Por razones obvias, muchos de ellos han permanecido ocultos bajo una capa de secretismo que sólo el paso de los siglos ha conseguido destapar. Uno de estos episodios que en su día causó la indignación de la opinión pública hace referencia a la compra de una flota de barcos rusos para reforzar a la Marina de Guerra española tras el regreso absolutista de Fernando VII. Por: José Luis Hernández Garvi
Tras el final de la Guerra de Independencia, España atravesaba uno de los peores momentos de su Historia. Después de varios años de sangrienta ocupación francesa, el país había quedado devastado, con su economía arruinada y sus instituciones políticas y sociales desmanteladas, mientras la inmensa mayoría de la población luchaba por sobrevivir en medio de un clima de inestabilidad y anarquía. Nuestro país seguía manteniendo su imperio en América, pero en 1809 lo que había sido en un principio un levantamiento contra la ocupación extranjera de la metrópoli, acabó derivando en varios conatos de emancipación que se extendieron rápidamente por todo el continente. Las autoridades coloniales consiguieron sofocar algunos de los movimientos insurreccionales con sus propios medios y prácticamente sin contar con ayuda de la Península, pero la llama de la independencia había prendido en los corazones de los principales libertadores americanos que, influenciados por el ejemplo de los Estados Unidos y las nuevas ideas que llegaban desde Europa, estaban dispuestos a conseguir su objetivo.

En medio de todos estos graves problemas, el ansiado regreso de Fernando VII, llamado El Deseado por sus partidarios, había generado muchas expectativas que no tardarían en ser defraudadas por la actitud intransigente y déspota mostrada por el monarca. Al producirse la derrota de los ejércitos franceses en la Península y en aplicación de lo acordado en el tratado de Valençay, Napoleón le devolvió el trono de España, arrebatado tras las vergonzosas renuncias de Bayona. Sin embargo, mediante un golpe de estado absolutista perpetrado al regresar de su destierro en mayo de 1814, Fernando VII anuló la obra de la Regencia y de las Cortes de Cádiz reinstaurando el Antiguo Régimen. Rodeado de una camarilla de aduladores, se opuso a los deseos de cambio de la mayoría de sus súbditos y derogó la Constitución de Cádiz, iniciando una persecución sistemática de los liberales.

Mientras en la Península se producían estos hechos, la situación insurreccional en los virreinatos americanos empeoraba por momentos. Las noticias preocupantes que llegaban desde la metrópoli sobre la política desplegada por Fernando VII sirvieron para convencer a los más reticentes sobre la necesidad de luchar por la independencia. Aunque para todos los estamentos se hizo evidente que el movimiento libertador no tendría marcha atrás, el monarca absolutista no estaba dispuesto a renunciar a sus posesiones en América. En 1815, tropas españolas al mando del teniente general Pablo Morillo habían conseguido derrotar a los sublevados en Nueva Granada y Venezuela. Sin embargo, quedaba un foco de resistencia en la región de Buenos Aires. Para reprimirlo se concentró un gran ejército compuesto por más de treinta mil soldados en las cercanías de Cádiz, contingente que debía ser embarcado para zarpar inmediatamente con rumbo a América. Pero el mal estado en el que se encontraban los barcos de la flota que debía escoltarlos desaconsejó emplearlos en la travesía, retrasando la partida de las tropas.

Tras la Guerra de la Independencia, la Marina Española no estaba en condiciones de asumir las misiones que tenía encomendadas. La derrota sufrida en Trafalgar y los años posteriores de abandono habían acabado con el poder naval de una de las flotas más potentes de la época. La Armada aún contaba con un número importante de navíos, fragatas y embarcaciones menores, pero el mantenimiento de los barcos era muy deficiente hasta el punto de que muchos eran inservibles, al mismo tiempo que la moral y la disciplina de sus tripulaciones, que llevaban meses sin recibir sus pagas, no eran las más adecuadas para hacerse a la mar. Ante la necesidad imperiosa de organizar una escuadra para transportar soldados hasta el teatro de operaciones americano, se optó por una solución de urgencia que brindó a algunos la oportunidad de enriquecerse
Fernando VII había nombrado como Ministro de Marina a José Vázquez Figueroa, personalidad de reconocida profesionalidad y honesta trayectoria que suponía una excepción entre la camarilla que rodeaba al monarca. Nada más asumir las responsabilidades de su cargo, el ministro informó sobre la necesidad de reparar los barcos con los que contaba la Armada para dar cobertura a la flota de transporte. Para realizar esa ingente tarea era necesario impulsar la actividad de los astilleros y arsenales, pero no había tiempo que perder y se decidió comprar algunos barcos en Inglaterra y Francia. Para no despertar sospechas sobre su verdadero uso, finalmente se descartaron los buques ingleses y se concentró la búsqueda en los puertos franceses. El encargado de la misión fue el brillante marino e ingeniero naval Honorato de Bouyon y Serza, que bajo la tapadera de la Real Compañía de Filipinas adquirió dos corbetas, un bergantín y dos goletas, todos ellos en excelentes condiciones y a un buen precio.

Realizada la transacción, los buques llegaron al puerto de La Coruña en agosto de 1817 con tripulaciones civiles francesas que desembarcaron en la ciudad gallega. Allí fueron entregados al representante de la Compañía de Filipinas con documentación de barcos mercantes, de donde pasarían a El Ferrol para ser artillados y recibir a los oficiales y marineros de la Armada Española. El 15 de octubre zarparon para ser puestos a prueba en la travesía del Atlántico, llegando al apostadero de La Habana sin incidentes y demostrando sus excelentes condiciones marineras. A pesar de esta buena compra, su número era insuficiente para cumplir con garantías la misión encomendada a la Marina de Guerra, haciéndose necesaria la adquisición de más barcos. Pero en esta segunda operación los marinos profesionales iban a ser desplazados por los intereses particulares de un puñado de cortesanos advenedizos.
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