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Españolas en el campo de concentración de Ravensbrück

Martes 13 de Junio, 2017
Hasta el campo de exterminio que asesinos y supervivientes conocían como El puente de los cuervos llegaron, procedentes de más de cuarenta países, un total de 132.000 mujeres. Entre ellas, había cientos de españolas. Gracias a las que lograron sobrevivir hemos conocido lo que pasó allí.
Mónica G. Álvarez

Se trató de uno de los más crueles campos de concentración. En   el puente de los cuervos llegó a existir un conjunto de 400 españolas que alcanzaron Ravensbrück alzando su puño en busca de libertad. Aquel pantanoso lugar albergó la parte más dantesca e implacable de un centro de internamiento y, aunque poco se habla de la deportación femenina, fueron las que mayor carga soportaron.

Además de las infrahumanas condiciones a las que se enfrentaron, tuvieron que aguantar sufrimientos adicionales y todo tipo de atrocidades: la esterilización, la aceleración de la menopausia, el asesinato de sus hijos en presencia suya y, por supuesto, las prostituyeron.

UNA CATALANA CONTRA EL III REICH
Neus Català, procedente de la localidad de El Priorat (Tarragona), de raíces campesinas y diplomada en enfermería, fue miembro fundador del PSUC (Partido Socialista Unificado de Catalunya). “Junto con su primer marido, Albert Roger, fallecido durante la deportación, participó en actividades de la Resistencia francesa y llegó a ser enlace interregional con seis provincias a su cargo. Su casa era un punto clave donde escondía a guerrilleros españoles y franceses y a antiguos combatientes de las Brigadas Interna-Centralizaba la transmisión de mensajes, documentación y armas. Hasta que fue denunciada a los nazis”, publicó el diario El País el 13 de junio de 2010 en un reportaje sobre las mujeres españolas internadas en Ravensbrück, coincidiendo con el 65 aniversario de la liberación de los campos.

Tras su detención por la Gestapo el 11 de noviembre de 1943, fue trasladada a la prisión de Limoges, donde la maltrataron salvajemente. Dos meses después, la llevaron a Ravensbrück a bordo de un tren de ganado. “Con 10 SS  y sus 10 ametralladoras, 10 ‘aufseherin’ y 10 ‘schlage’ (látigo para caballos), con 10 perros lobos dispuestos a devorarnos, empujadas bestialmente, hicimos nuestra triunfal entrada en el mundo de los muertos”, relata la española.

ESTERILIZADAS
A su llegada al campo dio comienzo el ritual del terror. Tras la ducha de desinfección le raparon el pelo, inspeccionaron todo su cuerpo, la vistieron con un uniforme a rayas y le asignación el número de prisionera: el 27.534. Allí se topó con una realidad escalofriante una mujer electrocutada, enroscada y enganchada en la alambrada eléctrica; dos kapos arrastrando a otra mientras una SS la golpeaba con el látigo sin darse cuenta que ya había muerto: “En Ravensbrück se acabó mi juventud el 3 de febrero de 1944…”, recordó Neus. Entró en un mundo inconcebible, un infierno como describieron cada uno de los supervivientes de aquel horror.

“Dante ha descrito el infierno, pero no ha conocido Ravensbrück, ni Mauthausen, ni Auschwitz, ni Buchenwald. ¡Dante no podía ni imaginar el infierno! Yo tengo una película en la cabeza en blanco y negro, tal como era todo, porque allí no había colores”, seguía explicando. No había colores pero sí olores. A carne quemada, llagas, gangrena, suciedad…

Entre las denigrantes situaciones que sufrió, se encuentran los exhausitvos controles ginecológicos, efectuados en condiciones penosas. De hecho, utilizaban el mismo utensilio para examinar a todas las reas y aquellas que estaban embarazadas tenían poca, por no decir ninguna, esperanza de sobrevivir. A todo su grupo les pusieron una inyección para eliminarles la menstruación con la excusa de que serían más productivas.

La verdad era distinta: los nazis no querían que ninguna diese a luz a niños de… raza inferior: “Los bebés nacidos eran exterminados, ahogados en un cubo de agua, los tiraban contra un muro o los descoyuntaban”.

La tierra de Ravensbrück se convirtió en la mayor película de terror creada hasta entonces. Si allí lloraron las víctimas fue sangre y no por los muertos, sino por los vivos que permanecían hechos ovillos esperando nuevos golpes.

Muchas pensaron en quitarse la vida. Neus decía que aunque “jamás pensé en el suicidio, sí deseé un día no volverme a despertar”.

No obstante, algo que sorprende en esta joven republicana encarcelada a los 29 años, es que llegó a reírse y a sentirse una mujer redimida. “He sido deportada, he estado esclava y me he sentido libre a pesar de todo”, asegura en Ravensbrück, el infierno de las mujeres.

DESGARRADOR TESTIMONIO
De padre francés y madre española, Conchita Ramos solo contaba con 19 años cuando fue trasladada a Ravensbrück. Participó de forma activa en la Resistencia y organizó grupos de maquis en la zona francesa del Ariège. Tras su arresto por la Gestapo se iniciaron usiete interrogatorios. Fueron un suplicio: su único objetivo fue no hablar, a pesar de los golpes que recibió por nazis, que arrancaban sin piedad las uñas de manos y pies a hombres y mujeres. Conchita, junto con su tía Elvira y su prima María, fue conducida al campo en un convoy al que denominaron Tren fantasma, en el que viajaron 700 hombres y 65 mujeres. Tardaron dos meses en llegar. A su llegada, Conchita, con el número 82.470, recuerda la primera selección:“

En Ravensbrück he visto a las SS pegar con saña por cualquier cosa a mujeres mayores, a los niños, y hemos pasado horas inmóviles al pasar lista en la Appellplatz. Allí, quietas bajo un frío tremendo y débiles, algunas caían y no las podías ayudar o te echaban a los perros encima”.

Las guardianas eran tan fieras como sus animales y maltrataban brutalmente a las mujeres que yacían en el suelo.

Aquellas palizas impactaron a Conchita, quien presenció cómo los más pequeños eran atizados y asesinados sin escrúpulos. Llegó a contemplar el asesinato de tres niños a manos de Dorothea Binz, la supervisora en jefe en esa época. Su relato es estremecedor:

Una de las Aufseherinen le gritó, pero el niño no la escuchó y ella le lanzó el perro. Lo mordió y lo destrozó. Después ella lo remató a palos”.

La idea de ser liberadas les hacía mantenerse con vida. Pero no se lo ponían nada fácil. En el caso de la joven española, al finalizar su jornada –trabajaba en una fábrica a las afueras de Ravensbrück– dormía fuera, al borde de la carretera. Daba igual si hacía frío, nevaba, si llovía o había hielo… Su casa era el suelo del prado. Incluso allí los guardias disparaban de forma indiscriminada a los prisioneros.

Juana Bormann junto a otras guardianas nazis durante su detención en el campo de Bergen-Belsen (1945).

HUIDA… HACIA LA MUERTE
En febrero de 1939 Secundina Barceló entró en Francia huyendo al exilio a través de la frontera de Puigcerdá. Miles de republicanos la acompañaban. Pero fue apresada e internada un par de días en un hangar de la estación de La Tour de Carol, junto a otras mujeres, niños y ancianos. De allí fue trasladada a Los Andelys, alojándose en una antigua cárcel de menores hasta junio de 1940. Poco después huyó. Finalmente acabó en París Tras pasar días refugiada en un “garaje de asilo”, permaneció en el cuartel Les Tourelles junto a un grupo de españoles. Su compañero, Rafael Salazar, entró en contacto con José Miret, dirigente de la MOI (Mano de Obra Inmigrada - Main d’oeuvre immigrée). En el cuartel organizaron, distribuyeron octavillas y prensa clandestina entre los españoles. A Secundina se la usó de enlace y para el reparto de diarios, hasta que en enero de 1941 se marchó a Orleáns. Allí realizó las mismas actividades pero a mayor escala. En enero de 1942 su compañero Rafael Salazar fue enviado a la Bretagne y Secundina se quedó sola en Orleans, con su hijo de 9 años. Pero alguien la denunció. Fue detenida el 19 de julio de 1944. Los interrogatorios duraron quince días: “Bofetadas, puñetazos, quemaduras con cigarrillos Ante mi silencio, más tarde emplearon la matraca, luego el lavabo y finalmente, el suplicio de la bañera. Como continuaba sin querer hablar, me amenazaron con que, si no daba los nombres y domicilios de los responsables de la Resistencia local y regional, detendrían a mi hijo y lo colgarían”.

Fue tal la violencia contra ella, acabó tan desfigurada, que sus camaradas también detenidos tan solo pudieron reconocerla por los zapatos que llevaba.

Tras un tiempo en Ravensbrück lite de Abteroda, fue llevada al campo de Markkleeberg. De día cumplía tareas con un pico y una pala y por la noche como refuerzo en la descarga de vagones de carbón. Cuando los aliados empezaron a ganar terreno a los alemanes, estos abandonaron el recinto junto con las prisioneras, a quienes hicieron caminar por la carretera en dirección a Checoslovaquia. En un despiste de los guardias, Secundina y otras tres compañeras suyas consiguieron escapar hasta que dieron con un campo de trabajadoras voluntarias. Allí les dieron de comer y las escondieron hasta la llegada de las tropas soviéticas ocho días después.

A finales de 1945, Secundina consiguió llegar a París y refugiarse en el hotel Lutetia. Su afán de lucha dotaron a esta española de unas ganas inmensas por derrocar el gobierno nazi, pese a las trabas físicas y emocionales a las que fue sometida.

El impacto que sufrieron estas mujeres superó el aspecto físico o psicológico. Sus gritos se ahogaban entre los sollozos de las cámara de gas, y aunque el silencio era lo único que les mantenía en pie, siempre tuvieron fe de salir vivas de aquella locura vestida de rojo infernal. Sólo unas pocas lo consiguieron y dejaron su testimonio para la posteridad. Sobrevivieron al horror. Aquí las hemos recordado. 

Este artículo fue publicado en el monográfico Nazis; la conexión con España.

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