Se encuentra usted aquí

Españoles en la Primera Guerra Mundial

Jueves 20 de Octubre, 2011
El asesinato del Archiduque Francisco Fernando de Austria en Sarajevo, el 28 de junio de 1914, desencadenó el estallido de la Primera Guerra Mundial. A partir de esa trágica fecha, las naciones europeas se apresuraron a tomar partido por uno u otro bando. Desde un primer momento, España declaró su neutralidad a pesar de las voces que desde distintos ámbitos defendían la intervención a favor de las potencias centrales o de los aliados. Ignorando esta postura oficial, varios miles de españoles decidieron luchar en el sangriento conflicto motivados por diferentes ideales… esta es su historia, una historia sobre la que apenas se ha escrito. Por: José Luis Hernández Garvi
Historia de Iberia Vieja, Guerra Mundial

En 1914, España aún intentaba recuperarse de las consecuencias políticas, sociales y económicas derivadas del Desastre del 98. Atrapado en una crisis institucional y de principios de la que no terminaba de salir, nuestro país se había quedado rezagado del resto de las naciones europeas, anclado en una serie de anacronismos más propios del siglo XIX que impedían su desarrollo y multiplicaban los problemas. Inmersos en este ambiente un tanto desolador, años después de la pérdida de las últimas colonias en 1898, la noticia del estallido de la Primera Guerra Mundial.

Desde un primer momento, el Gobierno presidido por Eduardo Dato se apresuró a manifestar la neutralidad de España y el 7 de agosto de 1914 esta postura se hizo oficial. Sin embargo, pronto se alzaron algunas voces favorables a la participación en el conflicto, opinión defendida desde diferentes postulados políticos que manifestaron sus preferencias por uno u otro bando en acalorados debates que tuvieron eco en la prensa de la época.

La opinión pública española se dividió entonces entre los que preferían una victoria de los ejércitos aliados y los que se manifestaban a favor de las potencias centrales. Para los primeros, Inglaterra y Francia representaban los ideales democráticos y constitucionales, mientras que para los segundos, Alemania era un país fuerte y autoritario, ejemplo de orden y disciplina. Así, no es de extrañar que los sectores obreros y más progresistas de la sociedad española de la época se identificasen con los aliados, de la misma forma que los conservadores y reaccionarios se declararon en su gran mayoría germanófilos. También las figuras más destacadas del panorama político se apresuraron a declarar sus preferencias. Eduardo Dato mantuvo una postura prudentemente neutral, aunque el rey Alfonso XIII manifestó claramente sus simpatías por la causa aliada. El Conde de Romanones, que llegó a ser Presidente del Gobierno durante la Guerra, coincidió con el monarca en sus opiniones. Maura y Lerroux también se mostraron favorables hacia el bando francés y británico, mientras que entre los germanófilos su figura más destacada fue Juan Vázquez de Mella.

Mención aparte merece la postura mantenida por el Ejército. En su seno apenas hubo debate por que los militares que se manifestaban a favor de los aliados eran apenas una minoría. Un sector mayoritario de los mandos y la oficialidad, admiradores de la displina y el militarismo prusiano, querían que España participase en la contienda. Sin embargo, en aquel entonces el nivel organizativo y de modernización de nuestras fuerzas armadas hacía inviable nuestra participación en una guerra moderna como la que se estaba desarrollando en los campos de batalla europeos. Al mismo tiempo, la inestabilidad y tensión permanente del Protectorado español en Marruecos también haca desaconsejable una intervención militar a favor de alemanes o aliados que pusiese en peligro nuestra presencia en el norte de África. España tenía poco que ganar si optaba por involucrarse en la Primera Guerrra Mundial pero podía obtener importantes beneficios pagados por ambos bandos si mantenía su neutralidad.

El nivel del Ejército español hacía inviable nuestra participación en una guerra moderna como la que se estaba desarrollando en Europa. Pero muchos españoles se animaron a participar en la contienda.


Al inicio de la Primera Guerra Mundial, la Legión Extranjera, cuerpo de élite dentro del Ejército francés, estaba formada aproximadamente por unos 12.000 soldados. Entre su filas había representadas más de cincuenta nacionalidades, incluyendo a un puñado de españoles que servían en sus diferentas unidades.

En un principio, el Gobierno francés había prohibido el reclutamiento de soldados extranjeros en su Ejército, dejando sin embargo la puerta abierta a la posibilidad de hacerlo a través de la Legión. Así, a través de la Association Internationale des Amities Francaises se gestionó una auténtica avalancha de solicitudes de extranjeros que por diferentes motivos querían unirse a la lucha contra las potencias centrales, entre ellas las de varios cientos de españoles que decidieron pasar de las palabras a los hechos, dispuestos a alistarse y tomar las armas para defender unos ideales que sentían como propios. Procedían de todas las regiones de España, pero especialmente destacaron por su número los voluntarios vascos, aragoneses, y sobre todo catalanes.

Las motivaciones ideológicas de los primeros, y sobre todo las de éstos últimos, se han venido relacionando tradicionalmente con sectores del incipiente movimiento independentista de la época. Así, algunos grupos y partidos catalanistas consideraban que era necesaria una proyección internacional del movimiento para un posterior reconocimiento como nación, considerando que la mejor forma de llevarla a cabo era luchando contra la opresión representada por las potencias centrales. De la misma forma, las simpatías de gran parte de la población vasca por la causa aliada, a la que se consideraba representante de los más altos principios democráticos y defensora de los pueblos oprimidos, impulsó a un puñado de jóvenes idealistas a alistarse en la Legión Extranjera.

Otros artículos de:

Añadir nuevo comentario