Se encuentra usted aquí

Franco contra el imperio del sol naciente

Martes 20 de Septiembre, 2011
Las relaciones mantenidas entre el régimen de Franco y el Imperio Japonés durante el transcurso de la II Guerra Mundial es uno de los episodios más desconocidos de nuestra historia reciente. Al principio del conflicto, los contactos bilaterales entre ambas naciones fueron numerosos y se desarrollaron en un ambiente de cordialidad y simpatía mutuas. Sin embargo, esta cooperación terminó degenerando en una abierta hostilidad cuando la guerra cambio de signo y Franco buscó un acercamiento a los aliados, hasta el punto de plantearse la posibilidad de organizar una nueva División Azul naval que ayudase al esfuerzo bélico contra Japón. Por: José Luis Hernández Garvi
Las relaciones entre el régimen de Franco y el Imperio Japonés durante la II Guerra Mundial es uno de los episodios más desconocidos de nuestra historia reciente. Al principio del conflicto, los contactos bilaterales entre ambas naciones se desarrollaron en un ambiente de cordialidad y simpatía mutuas. Sin embargo, esta cooperación terminó degenerando en una abierta hostilidad cuando la guerra cambio de signo y Franco buscó un acercamiento a los aliados, hasta el punto de plantearse la posibilidad de organizar una nueva División Azul naval que ayudase al esfuerzo bélico contra Japón.

Al principio de la II Guerra Mundial, los generales y almirantes en Tokio trazaban planes para extender su dominio por todo el Pacífico poniendo sus ojos en las Filipinas. Por aquel entonces, los Estados Unidos ejercían una especie de protectorado sobre el archipiélago que duraba desde el final de la Guerra contra España de 1898. Las promesas de independencia se demoraban una y otra vez, generando un clima de descontento entre gran parte de la población.

En 1935 se inició el periodo de la denominada Commonwealth, una etapa transitoria hasta la independencia que duraría diez años y en la que se produciría el progresivo traspaso de las competencias de gobierno. El inicio de esta fase coincidió con el estallido de la Guerra Civil en España. La inmensa mayoría de la colonia hispana del archipiélago tomó partido por el bando de los sublevados, llegando a organizarse una rama local de Falange al mismo tiempo que se despertaban ciertas expectativas sobre una posible hispanización de las islas cuando terminase el periodo de la Commonwealth en 1945.

En este contexto, una de las propuestas más sorprendentes fue la realizada por Solidaridad Filipina, una asociación creada en 1921, que envió un telegrama a Serrano Suñer, recién nombrado Ministro de Asuntos Exteriores del Gobierno de Franco, en el que manifestaba su deseo de establecer un gobierno en Filipinas bajo el protectorado de España. Al mismo tiempo, un amplio sector de la oligarquía filipina consideró conveniente un acercamiento hacia los postulados japoneses.

Alentados por las vagas expectativas de recuperar las Filipinas, las autoridades del régimen no dudaron en prestar toda su ayuda al gobierno nipón cuando Japón entró en la II Guerra Mundial atacando a los Estados Unidos en Pearl Harbour. Tokio ya había pedido a Madrid que representase sus intereses diplomáticos en el continente americano y que también facilitase el trabajo de sus espías, peticiones que habían sido escuchadas por Serrano Suñer, que no dudaba en mostrarse decidido a apoyar el esfuerzo bélico japonés.

La primera decisión adoptada por el Ministro de Exteriores de Franco fue la de entregar copia de los informes remitidos por las embajadas españolas en Washington, Londres, Río de Janeiro y Buenos Aires a la legación japonesa en Madrid. Ante este sorprendente gesto, el embajador japonés en España, Yakichiro Suma, se atrevió a preguntar si sería posible que los diplomáticos españoles en Washington y Londres pudieran recabar información para sus intereses bélicos. Animado por la actitud receptiva de su interlocutor, el embajador nipón también solicitó su ayuda para crear una red de espionaje. Todas estas peticiones fueron acogidas favorablemente por Serrano Suñer que, al igual que había hecho anteriormente con alemanes e italianos, puso todos los medios disponibles en su departamento a conseguir esos fines.

Para poner en marcha esta red de espionaje, el ministro español contó con la ayuda de Ángel Alcázar de Velasco, un personaje de siniestra reputación, amigo personal y destacado falangista, que contaba con cierta experiencia en labores de espionaje. Alcázar había sido reclutado por el Abwehr, el servicio de inteligencia militar de los alemanes, y había demostrado sus cualidades ayudando a desbaratar un complot para asesinar en Portugal al Duque de Windsor, por aquel entonces simpatizante del nazismo y candidato al trono británico en caso de que se produjese la victoria alemana. En febrero de 1941, el espía español se apuntó otro gran éxito al conseguir engañar al mismísimo Foreign Office, que desde su embajada en Madrid había apoyado su nombramiento como agregado de prensa en Londres. Desde ese puesto, Alcázar puso en funcionamiento una red de espionaje que en un principio estaba destinada a informar a los alemanes, pero que en realidad había sido organizada para ser utilizada por los japoneses. Conocidas sus actividades, una indiscreción frustró su nombramiento para un puesto diplomático en Washington poco antes del ataque a Pearl Harbour.

De regreso en Madrid y recomendado por el propio Serrano Suñer, Alcázar recibió el visto bueno del embajador Suma. Tokio necesitaba con urgencia nuevos espías que recabasen la información que necesitaban y el agente español era el hombre que estaban buscando para establecer una red de espionaje en los Estados Unidos, organizada desde España y financiada por los japoneses.

Tras el ataque a Pearl Harbour, el Gobierno de los Estados Unidos ordenó el internamiento en campos de concentración de todos los ciudadanos de origen japonés que residían en el país. Esta drástica medida desmanteló todos los canales de envío de información con que Japón podía contar y la inteligencia alemana, bastante debilitada, no podía suministrarle los datos que requerían. La gravedad de la situación exigía una rápida actuación y el gobierno de España parecía plenamente dispuesto a prestarle toda su ayuda.

Desde el primer momento se planteó la dificultad de infiltrar a los espías en los Estados Unidos. Según el relato poco fiable del propio Alcázar, él mismo llegó en un submarino al continente americano para supervisar la puesta en marcha de la red denominada To por los japoneses. Tampoco está comprobado que un tal Rogelio, del que no se tienen más datos históricos, fuese el primer agente que entró por la frontera mexicana. Parecen mucho más creíbles las investigaciones que apuntan a que la estructura de la que disponía Falange Exterior en los Estados Unidos sirvió para amparar la trama. Según estas fuentes, José de Perignat, jefe de la Falange en Nueva York y Washington, y el capitán José Martínez, dirigente del partido en San Francisco, fueron los encargados de infiltrar a los espías. Según otras informaciones, fueron destacados diplomáticos de la Legación española, como el propio embajador Juan Francisco de Cárdenas, que había residido en Japón, el ministro consejero Elio Juan Gómez de Molina, que también había vivido en Tokio, además de Miguel Echegaray, consejero de agricultura, y el coronel Manuel de la Sierra, agregado aéreo, los que realmente ayudaron a entrar ilegalmente a los espías.

También se planteó el problema de cómo hacer llegar de forma segura la información recabada por la red. Ante esta nueva contingencia, se utilizaron los transmisores instalados en la Embajada en Washington y en los distintos consulados para enviar cables cifrados a las legaciones de países como Chile y Argentina con la intención de no levantar sospechas, desde donde eran remitidos directamente a Madrid. En otras ocasiones se utilizaron cartas supuestamente intrascendentes, enviadas a direcciones sin relación aparente, que ocultaban un texto escrito con tinta invisible, sin olvidar los mensajes cifrados que aparecían publicados entre las páginas de anuncios por palabras de algunos diarios, métodos éstos últimos que parecen extraídos de antiguas películas de espías.
Otros artículos de:

Añadir nuevo comentario