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El Frente de Teruel

Martes 11 de Abril, 2017
El Frente de Teruel fue en la Guerra Civil Española un disputado enclave por su posición estratégica para ambos bandos. Ocupado por el ejército popular durante años, constituyó una prioridad y obsesión para la victoria del bando nacional.
Soldados republicanos avanzando por las calles de Teruel en 1937.

“Llevaba chaleco grueso y pantalones, una camisa de franela, dos jerséis, una chaqueta de lana, otra de cuero, pantalones de pana, calcetines gruesos, polainas, botas, un pesado capote, una bufanda, uantes forrados y gorro de lana. No obstante, temblaba como una hoja”. Uno de los grandes escritores del siglo XX,  George Orwell, reconstruía de este modo la honda impresión que le dejó el terrible frío que sufrió en Aragón en el invierno de 1937. Lo hacía en uno de los testimonios literarios más sobrecogedores sobre nuestra Guerra Civil escritos por autores extranjeros, Homenaje a Cataluña, publicado un año después de su experiencia bélica. El autor británico se había afiliado en las milicias  del Partido Obrero de Unificación Marxista (POUM) y fue asignado a la Sierra de Alcubierre en los primeros días de 1937. Estuvo en el frente de Aragón más de un mes. La magia de su pluma configuró una panorámica única de la tragedia de nuestra guerra en general, y, más específicamente, de la que se vivió en el decisivo frente de Aragón. Una historia gélida contada con ardiente pasión que otros muchos supieron relatar con similar acierto. Más allá de su innegable sensibilidad y calidad literaria, el testimonio de Orwell destaca porque el conocido como Frente de Aragón ejercerá un valor estratégico de primer orden en el desarrollo de todo el conflicto. No en vano, en él se sucederá la única conquista de una capital de provincia por el Ejército Popular en la Guerra Civil.

Pero empecemos por el principio, y en él ejerce un papel fundamental la figura del general Miguel Cabanelles, que, a la sazón, se convirtió en uno de los cabecillas de la sublevación de julio del 36 y dispuso el despliegue de tropas en puntos clave de Zaragoza y la detención de más de  300 puestos altos del Frente Popular, en el gobierno en el momento del Golpe de Estado. Pronto Aragón –excepto algunos espacios de resistencia en ciudades como Jaca– se sumó al movimiento sublevado. Pero no tardaron en rasgarse las tierras aragonesas en un embrollado juego de fronteras surgido cuando fuerzas procedentes de Catalunya y Valencia, especialmente miembros de la CNT que no pueden ser controlados por las fuerzas nacionales, se adentraron en territorio aragonés, recuperando la mitad oriental del territorio. Aragón quedó rasgado en dos y las escaramuzas entre los seguidores de uno y otro bando no cesarían durante los primeros meses. Las fuerzas sindicalistas no cejaron en los primeros momentos de tratar de avanzar en el frente, en una especie de guerra de proximidad, casi de guerrillas y tratar de recuperar algunos de los territorios perdidos por el gobierno republicano tras la sublevación.

Sindicalistas y anarquistas llenaron el vacío de poder en los territorios reconquistados, fomentando la colectivización y ejecutando a los dirigentes de los sublevados de las zonas dominadas. No tardaron en aparecer los conflictos  entre las diferentes fuerzas que luchaban contra los nacionales. El desentendimiento llevó al gobierno de Negrín a romper dichas colectividades. Un ejemplo más de que la diversidad de concepciones sobre la forma de desarrollar la política de los defensores del gobierno de la Segunda República influyó, y mucho, en el fracaso de los republicanos.

Por su parte, la moral del Ejército Popular empezaba a sufrir en todo el país por los envites bélicos. El avance nacional por el norte, en especial en la denominada campaña de Vizcaya, hacía necesaria una maniobra que, por un lado, distrajera a las fuerzas franquistas y, por otro, paliara el decaimiento general. Aragón fue el terreno elegido para conseguir tal efecto. Pero las ofensivas en Huesca y Belchite no dieron el resultado esperado. Mientras, los movimientos del ejército franquista para la conquista de Madrid iban consolidándose. Era necesario intentar una nueva maniobra de distracción. La pequeña ciudad de Teruel fue el punto elegido para ello.

Conquistada en julio de 1936, la ciudad pronto había quedado en manos franquistas, si bien rodeada de territorios tomados por anarquistas y comunistas venidos del norte. Pese a los intentos de estos últimos de hacerse con ella, el frente de Teruel permanece consolidado hasta diciembre de 1937. Es entonces cuando el alto mando de la República reúne una docena de divisiones con más de 100.000 efectivos con objeto de conquistar la ciudad. Al frente de todos ellos, el general Vicente Rojo, uno de los militares más destacados durante todo el conflicto. El 15 de diciembre comienzan intensos bombardeos aéreos a los nudos de comunicaciones y alrededores del centro urbano con objeto de dejar el camino libre para la conquista de la ciudad. La nieve y el frío intensísimos a los que hacía referencia Orwell acompañan a los soldados republicanos y a los defensores nacionales. Los primeros llegan ya el día 19 a los límites de la urbe. La superioridad de fuerzas respecto a los nacionales hacen pensar que la conquista será un hecho en pocos días. Y en cierto modo es así, el día 22 comienzan a entrar en la ciudad, donde se encuentran con una feroz resistencia que les hace tener que luchar casa por casa, lo que genera un importante número de bajas en los dos bandos, entre ellos mucha población civil. Un día después, buena parte de la ciudad está en manos republicanas. Sin embargo, el ejército franquista se niega a dar por perdida una estratégica capital de provincia y a finales de año comienzan sus bombardeos, que buscan romper el cerco. Pese a ello, el 8 de enero los mandos nacionales en Teruel se rinden y el gobierno de Negrín utiliza la victoria como un símbolo de la recuperación del país.

 

La moral republicana, abatida por el cansancio provocado por tantos días de lucha y el frío, comienza a minarse e incluso se vive la tensión dentro de sus filas, sucediendo una rebelión interna que acabaría con el fusilamiento de medio centenar de soldados.

 

Pero este revés se convierte también en una obsesión para Franco y sus acólitos. Recuperar Teruel es una prioridad. Los contraataques y la fuerza de la artillería de los nacionales son una constante. Cerca de 100.000 miembros del ejército nacional se disponen a reconquistar el terreno perdido y cuentan para ello con el apoyo intenso de la artillería italiana. La moral republicana, abatida por el cansancio provocado por tantos días de lucha y el frío, comienza a minarse e incluso se vive la tensión dentro de sus filas, sucediendo una rebelión interna que acabaría con el fusilamiento de medio centenar de soldados. A comienzos de febrero, los nacionales consiguen recuperar gran parte del terreno perdido y rompen las líneas defensivas republicanas por varios puntos. La reconquista está madura. Paulatinamente, las cada vez más debilitadas fuerzas del ejército popular comienzan a desmoronarse y perder posesiones. El 22 de febrero, los nacionales entran en Teruel. Apenas hay resistencia en las líneas enemigas, que se desperdigan sin orden en la huida, cayendo muchos de ellos prisioneros.

Teruel se había convertido en la primera capital de provincia conquistada por las fuerzas republicanas durante la Guerra Civil, al tiempo que, pequeña y desconocida hasta entonces, su nombre aparecía en los medios de medio mundo. Por otro lado, el desmoronamiento de este frente servía para mostrar el músculo de un ejército nacional bien organizado y con mejores apoyos y capaz de recuperar una capital de provincia perdida pocas semanas antes.

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