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El Goya Robado

Jueves 02 de Noviembre, 2017
La National Gallery, uno de los museos más visitados del mundo, nunca había sufrido un robo… Hasta 1961, cuando desapareció de sus salas la obra de uno de los más grande artistas españoless.
JAVIER MARTÍN

El mes de junio de 1961, el marchante norteamericano Charles Wrightsman se hacía con una de las piezas más codiciadas de la subasta que organizaba Sotheby´s: el famoso retrato del Duque de Wellington, que entre 1812 y 1814 pintara Francisco de Goya. El prodigioso cuadro retrata al general británico, que venció a las tropas francesas durante la Guerra de la Independencia, con una desenvoltura extraordinaria en cada uno de los detalles de su fisionomía. La obra había sido hasta ese momento propiedad del duque de Leeds y el marchante desembolsó 140.000 libras esterlinas para hacerse con la preciada pieza. Su intención, llevarla consigo a EEUU.

Las protestas por parte de la elite cultural británica porque una obra de tal valor no fuese a permanecer en Inglaterra sensibilizaron al marchante, que ofreció vender la pintura por el mismo precio que había pagado. De este modo, y gracias a la financiación por parte de una fundación privada y de una subvención de Hacienda, el Goya colgaba desde el 3 de agosto del mismo 1961 de las paredes del museo… Por poco tiempo.

La noche del 21 de agosto, ya con el museo cerrado, dos guardias hacen la habitual ronda por el edificio. Al llegar a la sala que conserva la pintura del genio aragonés, se sorprenden por su ausencia, pero no le dan demasiada importancia.

Suponen que el equipo del Museo estaría llevando labores de conservación con ella. Nada más lejos de la realidad. La confusión despertó al museo la mañana siguiente. Todas las estancias de la National se recorrieron con detalle en busca del Duque de Wellington. Infructuosamente. La hipótesis del robo tardó en contemplar más de lo esperado. No era de extrañar.

En los casi 140 años de historia del museo nunca se había producido un hurto. Sí, a Goya le corresponde el dudoso honor de ser también en esto un pionero, de su pincel había salido el primer cuadro sustraído en uno de los más importantes museos del mundo.

La notoriedad del caso fue extraordinaria, portada de periódicos y tema de conversación callejero. La seguridad de los museos ingleses había sido humillada. Hasta tal punto llegó la difusión que se dio al caso que hasta el mismo Sean Connery, encarnado en James Bond, se ocupó de él. En una escena de la película 007 contra el Dr. No, de 1962, el agente de ficción entra en una estancia en la que se encuentra con el retrato de Goya. “Así que estaba ahí”, comenta de pasada, en una secuencia que certifica la popularidad que adquirió el robo del cuadro en la época.

La Interpol y Scotland Yard pusieron a sus mejores hombres a investigar  el robo. El sigilo de los ladrones, la limpieza del hurto, la ausencia de errores… todo parecía indicar que los investigadores se encontraban ante auténticos especialistas. La falta absoluta de pruebas llevó ya en los primeros días a la desesperación a los agentes de seguridad. Las autoridades prometieron una recompensa de 5.000 libras a quien ayudase a su recuperación. Y las llamadas telefónicas y las cartas comenzaron a aparecer por doquier. Como casi siempre en estos casos, la mayoría carentes de credibilidad. Sin embargo, una serie de misivas, la primera de las cuales recibida por la agencia Reuters muy poco tiempo después del hurto, el 31 de agosto, ofrecían detalles que, en principio, sólo estaban al alcance de quien hubiera cometido el crimen. El ladrón o ladrones exigía para la devolución del Duque de Wellington que se hiciese una donación de 140.000 libras destinadas a obras de caridad, además del compromiso de que todo aquel que estuviera relacionado con la sustracción recibiría el indulto. Durante los siguientes años, las investigaciones siguieron sin dar sus frutos, y las cartas a diferentes medios por parte de aquel o aquellos “Robin Hood” del arte británico continuaban sucediéndose. Las exigencias, siempre las mismas: donación para los más necesitados e indulto.

Hasta que el 25 de mayo de 1965, la redacción del Daily Mirror recibió una nueva carta. Pero en esta ocasión, el sobre ocultaba algo nuevo en su interior: una llave. Junto a ella, la dirección de una consigna ubicada en la estación de New Birmingham. Cuando la policía la abrió, en su interior se encontró con el anhelado cuadro de Goya. Eso sí, sin marco.

Apenas dos meses y medio más tarde, Kempton Bunton, un taxista de 61 años de edad se presentaba ante Scotland Yard y se confesaba autor del robo.

Según su relato, se había colado por la venta del baño del museo, accedido a la sala, descolgado el cuadro y escapado sigilosamente por la misma ventana por la que accedió. Todo de lo más sencillo. Nada de una banda profesionalizada. Nada de un robo propio del cine con objeto de enriquecerse hasta lo extraordinario. La motivación era mucho más humilde. Cuando Bunton leyó el dinero que se había pagado por la pintura de Goya en un momento en que la situación de los más desfavorecidos de la sociedad inglesa era bastante extrema, se indignó. Por ello, y después de haber vivido también un enfrentamiento con el gobierno por negarse a pagar las cuatro libras anuales que el Estado exigía a todo aquel que tuviera una televisión en su hogar, creyó que con aquel robo mataba dos pájaros de un tiro. Por un lado, protestaba por el uso de dinero público en esa adquisición, por otro, con el dinero generado por el rescate, pretendía pagar la tasa televisiva de los británicos jubilados. Pese a valorar sus buenas intenciones, el Tribunal Penal Central condenó a Bunton a tres meses de prisión.

Pero más curioso aún es que, 45 años después de haber sido, supuestamente, resuelto el caso, en 2012, la desclasificación de nuevos documentos del mismo, indicaban que, aunque instigado por la campaña  indignada de su padre, el autor material del robo fue el hijo veinteañero de Bunton. Eso sí, el gestor de toda la estrategia posterior habría sido el indignadísimo Kempton.

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