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Grecia y España

Lunes 06 de Julio, 2015
Hablemos en este artículo, si os parece, de los días en que griegos y españoles se sentaban juntos en una terraza y gastaban las cuentas del “kombolói” y el rosario. Los primeros contactos llegaron en la época en que los colonos de Focea –una ciudad griega de Asia Menor– se asentaron en Ampurias, allá por el siglo VI a.C. Luego, podríamos mencionar a los almogávares de la Gran Compañía Catalana, que conquistaron los Ducados de Atenas y Neopatria en el siglo XIV de nuestra era. Y llorar con los judíos de Salónica, que, expulsados de España en 1492, florecieron en aquella ciudad hasta su exterminio en los campos de concentración nazis. Alberto de Frutos
Grecia, Guindos, Varoufakis, referéndum, Tsipras, Syriza

El hispanista Edward Malefakis reconoce que las diferencias entre nuestros países son significativas, pero no lo son menos sus similitudes. Para empezar, “Grecia y España constituyeron la frontera europea contra el mundo musulmán”, y, junto con Portugal, Gran Bretaña y Francia en diversas oportunidades de su historia, fueron “el centro a través del cual la influencia europea se expandió al resto del orbe”. Y aún hay algo más, otro paralelismo que bien podríamos interpretar en clave contemporánea: forjadores de grandes imperios, Grecia y España “sufrieron un abrupto declive, tras el cual se vieron incapaces de recuperar cualquier atisbo de su vieja gloria”. Para Malefakis, la inmensidad de esa caída fue más traumática en Grecia y España que en otras naciones, lo que propició intensas y prolongadas “crisis de identidad”. En fin, que somos carne de diván, como veremos a continuación…

EL NACIMIENTO DE GRECIA

Grecia, cuna de la poesía épica y sepultura de la romántica –estoy pensando, claro está, en Lord Byron, que falleció de malaria en Mesolongi, adonde había ido a batallar por la independencia del país–, luchó por su libertad entre 1821 y 1832. Al fin, los otomanos no tuvieron más remedio que aceptar las condiciones impuestas por Francia, Gran Bretaña y Rusia, protectores del naciente reino, y Otón I (1832-1862) se ciñó la corona antes de que Jorge I (1863-1913) hiciera lo propio, este ya en el seno de la dinastía Glücksburg.

No deja de ser curioso que España y Grecia, hermanos de sangre en tantas aventuras, compartieran entonces las mismas penas que ahora. Vamos, que escaseaban los dineros

España reaccionó a las novedades y, en 1834, estableció sus primeras relaciones diplomáticas con Grecia, a través de la figura de un encargado de negocios, Mariano Montalvo, que no tardó en reparar en las heridas causadas por la guerra y en la división política de un país que no había nacido para ser esclavo y que, sin embargo, llevaba sometido al yugo turco desde el siglo XV.

No deja de ser curioso que España y Grecia, hermanos de sangre en tantas aventuras, compartieran entonces las mismas penas que ahora. Vamos, que escaseaban los dineros y los funcionarios de ambos lados se las veían y deseaban para cobrar en tiempo y forma, hasta el punto de que, en 1839, Grecia acabó cerrando su legación en España. El interés de nuestros “hermanos” queda acreditado, no obstante, por la reputación del jefe de la misión en Madrid, nada menos que Andreas Metaxás, que acabaría jurando como primer ministro en 1843, tras una vida consagrada a la liberación de su país.

Los años pasaron, convulsos aquí y allá. Hagamos un balance: entre 1864 y 1874, Grecia conoció 21 gobiernos, y en el mismo período de tiempo hubo en España más de 25 presidentes del Consejo de Ministros. Tal para cual. Si hablamos de reyes, Otón fue depuesto en Grecia en 1862 y la reina de los Tristes Destinos, Isabel II, partió hacia el exilio en 1868. Las relaciones mercantiles fueron, por su parte, bastante fluidas, si exceptuamos los años de la filoxera y otras epidemias que lastrarían el intercambio comercial. La firma de un tratado sobre comercio y navegación en 1903 supuso un paso muy notable en el afianzamiento de los lazos.

Grecia emprendió su Segunda República en 1924, mientras España cerraba en falso la suya con la Dictadura de Primo de Rivera, hasta la caída de la monarquía el 14 de abril de 1931

Tras la guerra franco-prusiana de 1870, Europa se armó para el pánico venidero. Las avispas de los Balcanes empezaron a aletear, pero España, que miraba más al sur que al este, se zafó de ese ensayo general de la Gran Guerra que fueron los Balcanes, y, en 1914, esquivó también la crueldad absoluta que siguió al asesinato en Sarajevo del archiduque Francisco Fernando.

GUERRA(S) CIVIL(ES)

La derrota otomana en la Primera Guerra Mundial azuzaría el expansionismo de la victoriosa pero tambaleante Grecia, que se dio de bruces con la realidad tras su derrota en la guerra greco-turca (1919-1922). A su vez, España sufría la humillación de Annual en Marruecos. Una vez más, nuestros países quedaban hermanados por la tragedia viva. En los corrillos patrios se cantaba: “¿Cuándo vamos a disparar a los generales, como hicieron en Grecia?”.

La salida de ambas crisis fue análoga: Grecia emprendió su Segunda República en 1924 (que se prolongaría hasta el golpe de Estado de 1935), mientras España cerraba en falso la suya con la Dictadura de Primo de Rivera, hasta la caída de la monarquía el 14 de abril de 1931.

Cinco años después, en España estallaba la Guerra Civil y, casi simultáneamente, en Grecia triunfaba el golpe del general Ioannis Metaxás, también de inspiración fascista.

La “Tercera Civilización Griega” o “Régimen del 4 de agosto” pondría todas las trabas del mundo para ahogar la solidaridad del pueblo heleno con la República española, zarandeada por las fuerzas de Franco, mas, aun así, alrededor de 400 griegos combatieron en nuestra guerra. Algunos de ellos eran gentes de la mar que abandonaron su faena para incorporarse a filas, y otros, griegos de la diáspora que, provenientes de Estados Unidos, Inglaterra o Rusia, se sumaron a la XV Brigada Internacional, la Lincoln, y formaron luego su propio batallón, el Rigas Feraios, en recuerdo del héroe nacional del siglo XVIII. Un 25% de los griegos que defendieron el Gobierno legítimo de la República cayeron en la defensa de Madrid o en batallas como el Jarama, Brunete o Teruel. Para el historiador Dimitrios Paleologópoulos, que estuvo ahí, “la participación y los sacrificios de los voluntarios griegos fueron más que un acto de solidaridad y, de hecho, forjaron los vínculos que unirían para siempre a los dos países y a sus gentes”.

Y, como no podía ser de otra manera en este camino de espinas que hemos recorrido juntos, la guerra civil estalló en Grecia en 1941. Nuestros países –junto con Rusia, Bosnia y Finlandia– han sido los únicos que han sufrido un conflicto de esta naturaleza, un fratricidio, a lo largo del siglo XX.

NUESTRO TIEMPO

En 1953, España y Grecia elevaron sus representaciones diplomáticas al rango de embajada. Nuestro primer agente fue Sebastián Romero Radigales, nacido en 1884, miembro de la carrera diplomática desde 1917 y ministro plenipotenciario ya en 1943. Como cónsul general en Atenas, Romero Radigales fue quien dispuso la repatriación de los judíos de origen sefardita, negándose a su internamiento en el campo de Bergen-Belsen. Al igual que otros diplomáticos de su tiempo, como Ángel Sanz Briz, el Ángel de Budapest, Eduardo Propper de Callejón o José Ruiz Santaella, el cónsul salvó la vida de centenares de judíos y, en 2014, fue designado Justo entre las Naciones en Yad Vashem (Jerusalén), convirtiéndose en el cuarto funcionario español, tras los tres citados, en alcanzar ese honor.

La fecha en que España y Grecia estrenaron sus respectivas embajadas, 1953, no es baladí. Aquel año se desarrollaron las negociaciones que condujeron a la remisión de gran parte de la deuda alemana, que entonces ascendía a 38.800 millones de marcos

La fecha en que España y Grecia estrenaron sus respectivas embajadas, 1953, no es en absoluto baladí. Aquel año se desarrollaron las negociaciones que condujeron a la remisión de gran parte de la deuda alemana, que entonces ascendía a 38.800 millones de marcos. El Acuerdo de Londres la redujo en un 62,6% y fijó cómodos plazos para reembolsar los 14.500 millones de marcos restantes. Reino Unido, Francia y Estados Unidos encabezaron el plan, avalado, entre otros, por España y Grecia.

Y volvamos a Malefakis para cerrar estas reflexiones. Apunta el historiador que “a causa de la profunda metamorfosis que se vivió en la década de los cincuenta y sesenta, las transiciones democráticas en Grecia y España, a mediados de los setenta, fueron más exitosas que cualquier otro cambio de régimen previo”. En efecto, nuestros pueblos asumieron a la par su improrrogable compromiso con la democracia, lo que posibilitó que Constantinos Karamanlís desactivara el legado envenenado de la dictadura de los coroneles, y que Juan Carlos I y Adolfo Suárez lideraran la Transición en nuestro país, en unas condiciones críticas por la coyuntura económica internacional y la amenaza latente de las fuerzas que se habían visto desplazadas por esos nuevos aires.

Nuestros pueblos asumieron su compromiso con la democracia, lo que posibilitó que Constantinos Karamanlís desactivara el legado de la dictadura de los coroneles y que Juan Carlos I y Adolfo Suárez lideraran la Transición en nuestro país

Más allá de las diferencias puntuales por el contexto de la crisis y las distintas salidas propuestas a ese laberinto, las relaciones entre ambos países son óptimas, no ya por la pertenencia común a los selectos clubes de la Unión Europea y la OTAN, sino por el interés que despierta una cultura secular, alimentada por la savia inagotable del mar Mediterráneo.

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