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“La Guerra Civil se podría haber evitado”

Miércoles 08 de Agosto, 2018

¿Por qué nos cuesta tanto librarnos del sambenito de la leyenda negra?
Porque se ha visto reforzada, en las generaciones posteriores, por una serie de actitudes negativas respecto a España. La leyenda negra surge en un contexto de guerras, de competición militar y lucha muy fuerte, pero con el tiempo se ve resaltada por otros estereotipos, circunstancias como el atraso en la modernización tras la primera mitad del siglo XVII o por acontecimientos más recientes como la Guerra Civil y la dictadura de Franco. Comparada con otras dictaduras, esta no fue especialmente sangrienta o represiva, pero duró mucho; y, al desarrollarse en Occidente, cuajó la idea de la excepcionalidad de España. 

¿Cree que se ha utilizado políticamente? 
Hoy en día se está utilizando para un beneficio político doméstico, sí, consecuencia de la interiorización durante más de un siglo de la leyenda negra. Pero no es lícito ligarlo a una psicología particular española, sino más bien a una cultura que se ha extendido por todo Occidente desde los últimos años del siglo XX: la cultura del pensamiento único y la corrección política. La actitud hacia la Historia es hoy muy negativa precisamente por la cultura del victimismo, que sostiene que la Historia no hace más que crear víctimas, y por eso se la rechaza. Pero insisto: no es un fenómeno exclusivo español. 

Y, sin embargo, a pesar de las críticas o de ese rechazo, uno tiene la impresión de que la Historia le interesa a la gente. Se publican muchos libros, se editan revistas… 
No. No hay demasiado interés en la Historia, en las escuelas no se estudia como debería. Una parte importante de la Historia de España no se atiende en los currículos, pero lo mismo sucede en otros países, también en Estados Unidos. Es una situación paradójica porque disponemos de más medios que nunca para aprender Historia e informarnos bien, pero la gente joven vive en la amnesia, en el olvido, aunque ni siquiera me atrevería a hablar aquí de olvido, puesto que el desinterés ha hecho que no la conozcan. Por supuesto, hay lectores interesados en estos asuntos –una minoría– y se publican buenos libros.

En ese caso, ¿qué opinión le merece la flamante Fundación de la Civilización Hispánica, tras la que vemos nombres como Borja Cardelús o César Alierta? 
Todo esfuerzo de esta clase es loable y, desde luego, puede contribuir enormemente a un estudio serio de la Historia y a la difusión de los datos entre un público más amplio.

En su libro hace un repaso integral de la historia de España. Uno de los mitos más redundantes habla de la coexistencia entre las tres culturas en Al Ándalus. ¿La hubo? 
En términos contemporáneos hablaríamos de tolerancia, y realmente eso no existió. Hubo una suerte de arreglo de los musulmanes con cristianos y judíos, como ciudadanos sujetos a toda clase de restricciones y limitaciones de sus derechos y de la expresión de su cultura. No fue ni mucho menos un paraíso. 

Con los Reyes Católicos, ¿surge la nación española o solo la monarquía unifi cada? ¿Desde cuándo somos “españoles”? 
Depende de lo que entendamos por españoles. Hay un discurso nacionalista que sostiene que España fue la primera nación moderna, y no fue así. Los Reyes Católicos dieron un paso muy sustancial, pero no construyeron la primera nación moderna. Eso no sucedería hasta varios siglos después. En cambio, si hablamos de lo que podríamos denominar “nación histórica”, con cierto sentido de identidad y cultura, España sí es una de las naciones históricas más viejas de Europa y del mundo, porque su historia se remonta a un milenio y medio. 

En la eterna lucha entre inmovilidad y progreso, ¿cree que la Monarquía y la Iglesia han obstaculizado los avances más acuciantes? 
Bueno, la monarquía de Fernando VII fue un obstáculo enorme. Fue un reaccionario y un absolutista que hizo muy difícil la vida de los liberales, pero tras su muerte el mayor obstáculo no provenía de la monarquía, sino de los mismos españoles. La Iglesia, en varios momentos, ha sido enemiga de las izquierdas, no tanto del liberalismo, porque hay que recordar que un número muy grande de los diputados de Cádiz a comienzos del siglo XIX eran clérigos.

Con los exaltados y los primeros ataques contra la Iglesia, hay una reacción. Pero, por ejemplo, en la primera guerra carlista el alto clero no se opuso al gobierno. El obstáculo no fue la Iglesia, sino los seglares, los ciudadanos ordinarios, muchos de los cuales eran carlistas. La Iglesia por lo general cooperó con el sistema liberal decimonónico.

A su vez, en la Segunda República la Iglesia se mostraba dispuesta a aceptar la separación con el Estado, pero el Gobierno no se contentó con la separación de ambas instituciones, sino que persiguió los intereses católicos. Si hablamos de la insurrección del año 36, la Iglesia no tuvo nada que ver con eso, fue obra de los militares y de algunos políticos. Hay mucha exageración. La Iglesia era una institución muy conservadora en el siglo XIX, pero no podemos atribuirle la culpa de la resistencia a los cambios que se quisieron llevar a cabo en distintos momentos. 

El debate sobre la crisis del 98, ¿fue meramente intelectual o caló también en la calle? 
Quizá en 1898 se concentró entre los intelectuales, por lo que apenas repercutió en la calle. Pero más tarde, con la Primera Guerra Mundial y la época revolucionaria, el debate salió de esos circuitos y trascendió. 

A propósito de esa crisis, ¿cabe leer su libro como una suerte de reivindicación noventayochista en la línea de Maeztu y su Defensa de la Hispanidad?
No comparto el punto de vista de Maeztu, que venía a amparar la idea de que España era poco menos que una sociedad sagrada, con un catolicismo mesiánico para el mundo entero. Algo de eso ha habido en la Historia pero, desde luego, no se puede escribir toda la historia en esos términos. Lo de Maeztu fue una exageración formidable. 

¿Cree que la decisión de Alfonso XIII de abandonar el país tras el triunfo republicano en las elecciones municipales de abril de 1931 fue acertada o precipitada? 
Es una decisión que se entiende porque entonces apenas contaba con apoyos directos. Nadie quería luchar a favor de la Monarquía. Le quedaba pocas opciones por lo timoratos que eran los propios monárquicos, y tuvo que hacerlo. Fue un error, y un error lamentable, porque la evolución orgánica es siempre más deseable que los cambios bruscos y radicales. Pero era lo que le exigía el clima político. P

Su libro es muy crítico con la figura de Alcalá Zamora, a quien responsabiliza de convocar las elecciones que dieron la victoria al Frente Popular. A su juicio, ¿se podría haber evitado la Guerra Civil?
Sí, yo siempre he creído que hubiera sido posible evitar la Guerra Civil, aunque con muchas dificultades. Para empezar se hubiera necesitado otra clase de liderazgo en la República. Que Alcalá Zamora no se hubiera dedicado tanto a sus intereses particulares y, con sentido de Estado, hubiera apostado por la defensa de las instituciones.

Y podríamos hablar de otros. El republicanismo de izquierdas tendría que haber sido más moderado, pero el sectarismo y el personalismo eran tan fuertes en esa época, que la Guerra Civil llegó a ser inevitable; aunque no adquirió esa condición hasta el final, el 13 o el 15 de julio. Todavía unos días antes del levantamiento habría sido posible cortar el proceso con la dosis justa de anticipación y si parte del Gobierno hubiera tomado una serie de medidas para fomentar la convivencia o se hubiera comprometido a reconocer a sus oponentes el simple derecho de vivir.

No quisieron hacerlo. Por otra parte, se creía que el ejército español era un tigre de papel y que cualquier rebelión sería débil y fácil de aplastar, por lo que la victoria conduciría a una mayor expansión del poder del Gobierno. Ahí también se equivocaron. 

¿Fue Franco fascista? 
No. Tuvo un componente de fascismo en su primera etapa, durante la Guerra Civil y en los años inmediatamente posteriores a la misma. Hubo un fllirteo muy serio y peligroso con el fascismo, pero, en torno a 1942, la situación había cambiado. Franco era un hombre práctico y nunca se llegó a plantear seriamente la fascistización del régimen.

Podría haber llegado a ella si Alemania hubiera ganado la guerra, pero esto no es más que especulación contrafáctica. Personalmente Franco no entendía el fascismo como revolución cultural o antropológica. Era demasiado conservador, demasiado católico, y en el curso de la Segunda Guerra Mundial entendió que no le quedaba más remedio que desfascistizar lo que había de fascismo en España.

¿Le parece que la Transición fue suficiente para cambiar las tornas y dar otra imagen de España en el extranjero? 
Yo creo que la Transición fue un éxito casi total, ya que cambió completamente la visión de España. Buscaba el consenso de todas las fuerzas políticas y en ese sentido fue modélica. Su gran error fue el arreglo de las Autonomías. 

¿Tiene la sensación de que los españoles estamos siendo ingratos con la fi gura del rey Juan Carlos?
Ha habido dos Juan Carlos: el Juan Carlos heroico de la Transición y el Juan Carlos de los años posteriores, con una fi gura pública empequeñecida por sus múltiples devaneos personales, la corrupción, su vida sexual... Sin embargo, no hay que olvidar a ese primer Juan Carlos que trajo la democracia. Ese es el importante. El Juan Carlos secundario es una fi gura criticable por los pecados de su vida personal, pero el legado del Rey está garantizado. 

¿Y qué valoración hace del reinado de Felipe VI? 
Cuando empezó, no estaba claro que pudiera remontar la situación de la Monarquía, que atravesaba un momento muy complicado, al igual que en los años inmediatamente posteriores a la Transición. Con la crisis actual su imagen y su papel han llegado a ser muy relevantes, porque ha encontrado su misión, que no es otra que la de ser el Rey de la Constitución y de la unidad de España. No es una misión baladí. P

¿Seguiremos los españoles al Rey en esa misión? 
Esa es la parte débil. A pesar de la imagen que proyectan los españoles de ser un pueblo convulso, radical o levantisco, la verdad es que el español es bastante manso. Tiene que pertenecer a una grey, a un rebaño. Se forman sectas políticas, y el sectarismo siempre crea problemas. En España –salvo en la época de Felipe González, que ejerció un socialismo constructivo– a la izquierda la ha movido siempre la voluntad de desprestigiar a los líderes de la sociedad y, si se forman corrientes de opinión sectarias, no faltarán quienes las sigan. La España actual es un país fragmentado. El rey Felipe VI no lo tiene fácil. Nadie lo tiene. El siglo XXI no va a ser un siglo benévolo. 

Somos un país europeo. ¿Nos sentimos un país europeo? 
Yo creo que sí, y me parece que es una opinión extendida entre la mayoría de españoles, que se saben europeos. Fuera de eso, no todos tienen una idea cabal de lo que ha sido la civilización occidental o la posición de España dentro de ella, su enorme contribución a Europa.

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