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El hombre de las checas

Lunes 25 de Junio, 2018
Era yugoslavo de origen austríaco. Se llamaba Alfonso Laurencic y fue el arquitecto de las dos checas más crueles de Barcelona durante la Guerra Civil. Susana Frouchtmann ha conocido a la mujer de este “artista de la tortura” que acabaría fusilado en 1939 y ha reconstruido su biografía.

En Vallmajor, como Alfonso anhelaba, no tardó en “llamar la atención” del jefe supremo del SIM: Santiago Garcés. Léase: hizo todo tipo de piruetas meritorias y varias demostraciones de sus muchas habilidades para que este se fijara en que no era un preso cualquiera, ni tampoco un copartícipe de la quinta columna. Y Garcés lo nombró arquitecto de la secretaría particular.

Pero el SIM no planeaba una expansión inmobiliaria en Barcelona, sino construir nuevas celdas de castigo como las que ya había hecho en Valencia, y antes en Madrid, a imagen y semejanza de las originales: las cárceles rusas de la represión estalinista. Lo que no hizo Laurencic fue construir todas las checas de Barcelona (cuarenta y cinco). Ya lo estaban. Se impone aclarar asimismo que nadie erigió ningún edificio con este fin, ya que el SIM, simplemente, se apoderó de los mejores inmuebles, colegios y templos de Barcelona donde o bien se instalaron a vivir utilizando todo el ajuar de los antiguos propietarios, o los transformaron en centros de investigación e interrogatorios; y también en cárceles, checas.

Una vez que Pedro Garrigós, gobernador del Banco de España, aprobó los planos que Alfonso le presentó, entre mayo y junio de 1938, se construyeron las mazmorras de Vallmajor. Así consiguió Laurencic, para él y para su hermano, la condición de “libertad vigilada”. De nuevo pudo asearse, vestir con elegancia, ir a su casa… Y, o bien le fue devuelto el coche que al principio de la guerra le había sido confiscado, o bien le fue adjudicado otro.

el hombre de las checas

No era la vida que llevaba antes de 1936 –por no mencionar la que disfrutó en vida de su padre–, pero era una manera de sobrevivir menos dura, mucho más llevadera, aunque para ello tuviese que codearse amigablemente con agentes del SIM a los que despreciaba por su tosquedad, y de los que además no desconocía su brutalidad con los presos, su extrema crueldad en general. En suma, él nunca formó parte del grupo de interrogadores; solo –y nada menos– se trataba de ayudar a las gentes del SIM a construir celdas como las que había visto en Valencia, incluso algo peores. Del trabajo sucio se encargaban ellos.

EL ARQUITECTO DEL HORROR
Tras las celdas de Vallmajor, bajo las indicaciones de Urdueña, miembro del servicio policíaco del SIM, Laurencic prosiguió cumpliendo encargos. En julio iniciaba la construcción de las celdas en el antiguo convento de religiosas Sanjuanistas, en la calle Zaragoza. No obstante, a mediados de mes fue requerido por el tal Urdueña para que construyese tres armarios de castigo en Vallmajor. Urdueña quería empeorar las condiciones físicas de los presos para que, en el momento de ser interrogados, estuvieran agotados, física y moralmente.

Y Laurencic no solo cumplió el encargo (una vez iniciada la colaboración no tenía otra alternativa a menos que estuviera dispuesto a perder los privilegios conseguidos), sino que hizo méritos proponiendo nuevos elementos “escenográficos” para las mismas. La guerra le había arrebatado una vida amable; buscando mantener un tipo de estatus, perdió todo sentido de los límites morales. Y si bien puede ser cierto que, como declaró, propuso más servicios higiénicos, duchas, enfermería, barbería… eso no exculpa a quien se “vendió” como arquitecto para deteriorar las condiciones de vida de los presos, aunque no fuera esta su primera intención.

Porque se puede perdonar una traición ante el horror a ser torturado de la forma más cruel, tal como sucedía en las checas. Lo que no tiene justificación –ni siquiera en tiempos de guerra– es prestarse a colaborar con tus cancerberos con el solo fin de mejorar tu propia condición de preso, empeorando la de los otros reclusos. Acabada la contienda, Laurencic no podía esperar comprensión. A quien falló y traicionó fue a todo ser humano.

LOS INTERROGATORIOS
Sin embargo, también afirmo que lo que en realidad temían aquellos presos eran los interrogatorios. De no ser por esta amenaza, permanecer unos días en unas celdas cuya cama era de cemento inclinado, no poder caminar porque había unos ladrillos de canto que lo impedían, oír el metrónomo, soportar día y noche un potente foco, el techo graduable, los dibujos “psicotécnicos”…, todo ello, aunque les aturdía, mareaba, agotaba, abatía en su desnudez (así los metían sus carceleros para vejarlos más si cabe), los presos lo hubieran soportado.

No eran mejores las condiciones de las celdas “normales”, donde apenas comían y en las que tampoco podían lavarse; donde cabeceaban hacinados soportando piojos, chinches, sarna, ratas, excrementos…, vestidos siempre con la misma ropa que llevaban en el momento de su detención. Y siempre, sobre todo, con la amenaza de ser interrogados. Los que “cantaron” lo hicieron porque no soportaron las terribles torturas. En realidad, no hay ningún testigo de cuantos sobrevivieron –y además escribieron sobre este pasaje de sus vidas– que no exculpe a quien, vencido, acabó revelando lo que sus interrogadores querían saber.

Alfonso nunca formó parte del equipo de estos, y nadie en el juicio lo señaló como tal, pero en ninguna fase de la declaración manifiesta ningún tipo de empatía hacia el sufrimiento de los presos. Más bien al contrario. “Debo confesar con toda franqueza que, si bien en estos momentos la suerte de los detenidos me preocupaba bien poco de si quedarían impresionadísimos o no, tuve una gran alegría personal, pues veía la posibilidad de lucirme en una decoración sui géneris que halagaba profundamente mi personalidad de artista”, declaró (sorprendentemente) al relatar cómo se sintió cuando le encargaron que diseñara unas celdas especiales tanto para los incomunicados como para los interrogatorios más duros.

En consecuencia, tampoco confraternizó con ninguno en aquel entorno. Por lo que no extraña que, acabada la guerra, nadie se prestara a apoyar su defensa en el juicio. Ni siquiera aquellos a los que Alfonso aseguró haber ayudado al trabajar estos bajo sus órdenes como albañiles. Presos que él mismo escogió; y escogió los que le parecieron menos rudimentarios, más afines a su educación y cuna (entre los nombres que menciona, consta un médico). No por ello el trabajo era menos duro, y además la jornada era de sol a sol, pero el SIM les premiaba con doble ración de rancho y pan. Un regalo considerable en aquel infierno. A pesar de este favor, que algo les reconfortaba, Laurencic no dejó de comportarse nunca con gran prepotencia y actuando antes de nada en su propio beneficio. De hecho, fueran presos o miembros del SIM, Alfonso los trataba con desdén. Nada que ver con ninguno de cuantos testimonios de otros detenidos he encontrado, ya que todos ellos hablan con humanidad de sus compañeros de infortunio, sin distinguir quién era obrero o burgués.

PRISIONERO DEL SIM
Su carácter arrogante, el uso y reparto que hacía de los fondos destinados a la realización de las obras, así como los bienes que sacó de edificios expropiados, lo pusieron en varios aprietos y le supusieron nuevas detenciones
, porque si bien disfrutaba de una cierta libertad, nunca dejó de ser un prisionero del SIM. Sobre su estilo resulta muy ilustrativo el siguiente párrafo de la página 3 de su Causa General.

El 2 de julio de 1938, día de mi cumpleaños, y en el que había pedido al Jefe Principal de Prisiones, López, permitiese el que los dos agentes me acompañasen a mi casa, y si bien estuviesen presentes, nos permitiesen efectuar una pequeña fiesta familiar, este día, por contra, nos fue confiscado el coche, derogados todos los privilegios, confinados en Misiones como todos los demás, y obligados a pasar lista, formar y tomar rancho, así como dormir entre los otros reclusos, que hasta ahora había dirigido de día como Arquitecto. Moralmente el golpe fue enorme.

Nos fue difícil reducirnos a ello y, solicitada la autorización de hablar con el Director, le dije en nombre mío y de mi hermano, que si bien como recluso no podía el rehusar el pasar lista, formar y dormir allí como los demás, que lo único que me quedaba libre y que era bien mío, la comida, que rehusábamos tomarla en aquellas condiciones y que antes reventaríamos de hambre que formar a rancho como los demás. […] no queríamos exponernos a las vejaciones y regocijo de los otros reclusos, si bien contamos entre ellos con la sincera amistad de los conocidos blancos [Alfonso se refiere a los nacionales] […] quedaba aún una parte simpatizante de los trabajadores míos […] y la otra parte, rencorosa, por no haber contado con ellos. En fin, la diferencia de clases era patente, ya que ellos todos como calificados, peones o paletas, etc. eran reconocidos proletarios.

Y no es este el único testimonio de su desprecio a la clase proletaria. En la página 18 de su Causa, consta el siguiente comentario al respecto del sargento Mendoza, director de la checa de la calle Zaragoza: “Él y su guardia de corps, de nueve maños, se instalaron en Zaragoza, en donde como director, quiso tenerlo todo a su servicio, oficinas, despacho, dormitorios, baño, garaje, etc. Mi hermano (así como las copias de los oficios dirigidos a la sección técnica) podrá comprobar que ningún mueble, ningún cortinaje, ninguna alfombra era demasiado cara para este parvenu”. En términos coloquiales, creo que es lícito decir que solo a un rematado pijo se le podía ocurrir soltar esta parida en su primera declaración ante el fiscal secretario.

"ALFONSO LES ERA ÚTIL"
Pese a las nuevas irregularidades detectadas por el SIM, Alfonso les era útil, y no tardó en ser requerido para que continuara con las obras. Instalado en la checa de Misiones, acabó las celdas de la checa de la calle Zaragoza, decoró las dependencias de Mendoza y sus gentes, se le llamaba para diversas reparaciones en otros centros, recibió el encargo de hacer un informe para acondicionar como prisión el monasterio de El Collell…

Aunque, crecido en sus nuevas atribuciones, y sus “aportaciones psicotécnicas” (que contaban con el beneplácito de Garcés), tuvo un nuevo altercado con Mendoza; según Laurencic, porque estaba celoso de su entendimiento con el jefe supremo, pero también porque protegía demasiado a los presos con las mejoras que proponía para estos en las checas. A lo que se puede añadir: y porque lo trataba como a un idiota.

“Si surgía alguna dificultad, y como intermediario, yo le proponía a Mendoza de solventarla, sea por incapacidad o de mala gana, nunca quiso resolver nada, y si yo, con un particular cinismo que me es personal, y que sabe exasperar al más estoico, lo sacaba de sus casillas”. Sacando a Mendoza de sus casillas, el 31 de agosto de 1938, tras una riña con este, él y su hermano fueron detenidos nuevamente. Meri quedó en libertad, pero le fue prohibido visitar a Alfonso. Sin más dilación, el mismo día ambos hermanos fueron llevados a El Collell. El último destino de Alfonso Laurencic como preso del SIM. Nunca más volvió a ser libre.

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