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Isabel II

Miércoles 20 de Junio, 2012
El siglo XIX fue uno de los períodos más convulsos de la historia de España. Sus años centrales estuvieron marcados por la personalidad de la reina Isabel II. Cruentas guerras civiles, pronunciamientos militares y una corte abismada en el ocultismo de curas reaccionarios y monjas milagreras resumen el tapiz de este reinado. La sociedad de su tiempo no perdonó los excesos de una reina que hoy se nos antoja una víctima más de aquellas complejas circunstancias.

Por: Alberto de Frutos
Fernando VII, padre de nuestra protagonista, se casó cuatro veces. Sus matrimonios se concertaron con un objetivo prioritario: dotar a la monarquía española de un heredero, lo que no ocurrió hasta que el Deseado desposó a la última de sus mujeres, María Cristina de Borbón, quien le dio dos hijas: Isabel y Luisa Fernanda.

El sexo de ambas planteaba un grave problema sucesorio, ya que en España imperaba la Ley Sálica, que impedía reinar a las mujeres. Así, el heredero natural debía ser Carlos María Isidro, hermano del monarca reinante. Sin embargo, el previsor Fernando VII se adelantó a los acontecimientos, publicando una Pragmática Sanción que salvaba este obstáculo poco antes de que María Cristina diera a luz a Isabel, el 10 de octubre de 1830.

Al morir Fernando a finales de septiembre de 1833, su primogénita fue proclamada reina. Ni siquiera tenía tres años de edad. Fue entonces cuando los partidarios del heredero varón se levantaron en armas, comenzando la primera entrega de las guerras carlistas, en alusión al nombre de su candidato. Entre 1833 y 1840, España se desangró en una violenta guerra civil que se zanjaría con la victoria de los isabelinos.

Entre tanto, la reina madre, regente durante la minoría de edad de Isabel, se había casado en secreto, apenas tres meses después de la muerte de su esposo, con un guardia de corps. El afortunado se llamaba Agustín Fernando Muñoz y Sánchez, y con él tuvo ocho hijos, cuatro de ellos durante el período de regencia. A ojos de la sociedad de su tiempo, su conducta solo merecía el calificativo de reprobable.

Por si fuera poco María Cristina no ponía de su parte para contentar a los sectores más liberales de la sociedad. La insatisfacción popular sirvió como caldo de cultivo para la Revolución de la Granja de 1836, cuya consecuencia más inmediata fue la promulgación de una nueva constitución, en 1837, que vino a sustituir al tímido Estatuto Real otorgado en 1834. Se diría que durante aquel mes de agosto de 1836 la regente le vio por primera vez las orejas al lobo...

La tempestad política que azotaba España absorbió a tal punto a María Cristina, que apenas tuvo tiempo, o ganas, de ocuparse de sus hijas. La reina niña sufría una enfermedad cutánea que le provocaba unas erupciones que afeaban su rostro. Siguiendo el consejo de los médicos, María Cristina acompañó a su hija al balneario de Esparraguera y Caldas en 1840, viaje durante el cual tuvo la oportunidad de acercarse, casi por primera vez, a su hija.

Uno de los generales que hicieron posible la derrota de las tropas carlistas, Baldomero Espartero, Duque de la Victoria, alcanzó gran notoriedad entre los detractores de María Cristina, hasta el punto de que, durante la revolución desatada con el fin de acabar con su regencia (1840), ella misma tuvo que ceder la protección del reino a Espartero.

Este inauguró, pues, el segundo período de regencia, cuando la reina tenía ya diez años. Como tutor legal de la pequeña, se eligió a Agustín Argüelles (1776-1843), un experimentado y honrado político a quien sus dotes como orador le habían valido el calificativo de “divino”. Otra de las figuras más influyentes en palacio fue su aya, la condesa de Espoz y Mina, Juana de Vega, de ideas progresistas y enemiga de la reina madre.

En octubre de 1840, María Cristina se embarcó en el vapor Mercurio rumbo a Marsella. El abandono de sus responsabilidades como madre suscitó cierta controversia entre las personalidades políticas de su tiempo: la indiferencia ante la suerte de sus hijas no parecía la mejor receta para el futuro de Isabel II. De hecho, la propia reina reconocía a las personas que habían quedado a su cargo que, cuando su madre le escribía alguna carta, a ella no se le ocurría qué responderle.

Entre los planes de María Cristina, empero, no se encontraba el de renunciar definitivamente a España. Para ella, sus hijas eran un mero instrumento de sus ambiciosos cálculos políticos. El complot para secuestrar a la reina niña (1841) se promovió y costeó desde París, lugar de residencia de María Cristina. El fracaso de esta operación, en el contexto de la revolución moderada contra Espartero, concluyó con el ajusticiamiento del general Diego de León, responsable, junto con el general Concha, de tan audaz plan.

Desde determinados sectores de la población se criticaba a Espartero por mantener a la reina y a su hermana como prisioneras en su propio palacio, pero su intención, a la vista de esos sucesos, no era otra que protegerlas de las intrigas palaciegas que amenazaban su seguridad.

Los acontecimientos se precipitaron; y, a los trece años, Isabel II fue proclamada por las Cortes mayor de edad, empezando así su reinado efectivo. La decisión no estuvo exenta de polémica, ya que muchos desconfiaban de las habilidades de una niña tan inexperta y, a todos los efectos, huérfana, para regir los destinos de España.

En lo esencial, ese temor estaba justificado. Durante su adolescencia Isabel II estuvo influida por distintas facciones, sobre todo por los seguidores de su madre, quien, aunque había dejado atrás la regencia, trataba de mover los hilos de la corte desde su exilio francés, a través de personalidades afines que trataban de moldear el carácter de Isabel. La reina recompensó a su madre concediendo a su padrastro, Francisco Muñoz, el título de duque de Riánsares, así como la autorización para que ambos volvieran a España (1844).

Y llegó el momento de preparar su matrimonio. Los carlistas presentaron su candidatura –el hijo de Carlos María Isidro–, pero la opción fue descartada al momento; el propio Espartero se negó a cualquier enlace con otro Borbón, porque “aquella familia ya había causado suficientes desgracias a la nación”. El rechazo resultó en la segunda guerra carlista o “guerra de los madrugadores” (1846-1849), que tuvo especial virulencia en Cataluña.

La joven Isabel contrajo matrimonio con su primo carnal Francisco de Asís de Borbón en 1846, el mismo día que cumplió los dieciséis años y a la vez que su hermana se casaba con el príncipe Antonio de Orleans, Duque de Montpensier. En palabras de su madre, Isabel había dado ya muestras de “instintos animales”, y las autoridades del Estado confiaban en sosegarlas mediante ese enlace.

Sin embargo, no tardaron en surgir los primeros rumores sobre la capacidad de Francisco de Asís para engendrar hijos, debido a su supuesta orientación sexual. En Madrid comenzó a circular la siguiente coplilla: “Gran problema es en la corte/ averiguar si el rey consorte/ cuando acude al excusado/ mea de pie o mea sentado”. Isabel II despreció a su marido y culpó a su madre por haberla inducido a desposarse con su primo.

La vida amorosa de esta mujer empezó entonces a dar que hablar en la corte. En 1847, comenzó una apasionada relación con el general Francisco Serrano –“el general bonito” en palabras de la propia reina–, que pronto trascendió a la esfera pública. Cuando la infidelidad llegó a oídos de su esposo, éste le dijo que “aunque no fuera inocente individualmente estaba dispuesto a perdonarla”. La reina montó en cólera y amenazó con divorciarse de él y elevar al rango de consorte a su amante.

Se diría que la vida política de España, en aquella década, se circunscribía a comentar las andanzas sexuales de la reina. A la sazón, llegó a la jefatura del gobierno el general Narváez, quien, haciendo gala de su fuerte carácter, resumió así sus intenciones: “Carajo, puñetas, yo entro a meter en un puño a Rey, a Reyna, a Serrano y a Serrana y a amolarla todos juntos. Yo entro ahí para levantar a la Monarquía aun a pesar de la Monarquía”.

Tampoco fue inmune nuestro país al repunte de las revoluciones liberales europeas de 1848. Las insurrecciones progresistas, que estallaron al socaire del desgobierno que maniataba España, fueron duramente reprimidas por el gobierno de Narváez, quien contó con la aquiescencia o, más bien, con la indolencia de la reina. Los políticos moderados, que encarnaban personalidades como Narváez o Bravo Murillo, definieron la política de aquel momento.
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