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“La obra de Gaudí sigue ejerciendo un atractivo irresistible”

Martes 22 de Septiembre, 2015

Su novela es el retrato de una ciudad –la Barcelona del último cuarto del siglo XIX–, pero también de un joven artista, Antoni Gaudí, que en G tiene solo 22 años. ¿Cómo era entonces el futuro maestro del modernismo catalán?

Existen muy pocas certezas sobre el carácter y la personalidad del joven Gaudí, pero los datos de que disponemos parecen hablarnos de un hombre muy distinto a ese genio ascético, desastrado y profundamente religioso que acabaría siendo en sus años finales. Testimonios de la época recuerdan a Gaudí como un estudiante de carácter abierto y curioso, frecuentador de teatros, tertulias y tabernas, aficionado a la buena mesa y casi un dandi en el vestir. Como cualquier joven inquieto de la época, habría tenido contacto con ambientes intelectuales de carácter más o menos esotérico y revolucionario, como los círculos espiritistas tan en boga en la Barcelona de la década de 1870, y hay quien le adjudica incluso actitudes anticlericales; sea cierto o no, sí parece seguro que el joven Gaudí estaba muy lejos todavía de profesar el severo catolicismo que marcaría sus años de madurez. Como estudiante era brillante, pero también soberbio y polémico, hasta el punto de que Elies Rogent, el director de la Escuela de Arquitectura, afirmó el día de su graduación que no sabía si le estaba dando el título a un genio o a un loco.

De Gaudí se han escrito muchas cosas… Que era cabalista y le daba a los alucinógenos, que fue masón o que levantó el Palacio Güell sobre unos terrenos malditos. ¿Qué hay de verdad y qué de ficción en la vida oculta del arquitecto?

Probablemente no exista un artista moderno más rodeado de mitos y leyendas que Antoni Gaudí. La razón, entiendo, es doble. Por un lado, Gaudí fue un hombre de carácter profundamente reservado: apenas concedió entrevistas, no dejó casi nada escrito, todo lo que sabemos de él nos viene de segunda mano y no llega a saciar la curiosidad que sentimos por su persona. Pero además, la obra de Gaudí resulta tan sumamente original, parece hallarse tan fuera de su tiempo y de su tradición, que invita también a proyectar sobre ella toda clase de interpretaciones que puedan ayudarnos a descifrar su sentido. La masonería, la botánica oculta, la geometría y la geografía sagradas, el uso de alucinógenos naturales, la frecuentación de ambientes ocultistas… ¿Qué hay de cierto en todo ello? ¿Cuántos de los símbolos y de las pistas que hoy creemos ver en las construcciones de Gaudí estaban realmente en la intención del arquitecto? Creo que es imposible saberlo. Pero si algo demuestran todos estos mitos y leyendas es que la obra de Gaudí sigue ejerciendo sobre nuestra imaginación un atractivo irresistible.

En 1874, España emprende la Restauración en la figura de Alfonso XII. ¿Cómo afecta esa convulsión política a los personajes de su novela?

1874 es un año particularmente interesante en la historia de España, por cuanto supone la agonía de la Primera República, el fin del Sexenio Democrático y la vuelta anunciada de los Borbones al trono en la figura de un jovencísimo Alfonso XII, hijo de la depuesta Isabel II. La razón de que la trama de G se desarrolle en los meses finales de 1874 y los primeros días de 1875 se halla, precisamente, en el hecho poco conocido de que Alfonso XII hizo su entrada en España desde el exilio francés a través del puerto de Barcelona, dando lugar a dos días de festejos oficiales que se vivieron con grandes tensiones en la ciudad. Barcelona guardaba todavía el recuerdo de las quemas de conventos de 1835, y ya no quedaban muy lejos en el futuro los grandes atentados anarquistas de finales de siglo y el estallido último de la Semana Trágica. En una ciudad tradicionalmente turbulenta como esta, la llegada por mar de un nuevo rey que se disponía a clausurar una república ofrecía una oportunidad irresistible para la imaginación de cualquier novelista…  El narrador de G, así, es el primogénito de una familia burguesa con intereses directos en la situación política del país, y él y Gaudí se ven envueltos de forma directa en una suerte de doble conspiración que tiene su culmen en esos días de tremenda agitación ciudadana.

G puede leerse como un sincero homenaje a las historias de Sherlock Holmes y definirse como un trepidante thriller histórico. ¿Le ha resultado difícil aunar la historia pura y dura con la acción, las aventuras, que exige el género?

Paradójicamente, una ambientación histórica poderosa no encorseta la imaginación del novelista, sino que la libera y la enriquece. Esa es al menos mi experiencia. Escoger como telón de fondo un tiempo y un lugar reales te obliga a realizar un trabajo previo de inmersión en la historia que acaba abriendo puertas insospechadas, y que muchas veces arrastra la narración en direcciones no previstas. Las últimas décadas del siglo XIX, además, parecen convocar de inmediato a nuestra imaginación un mundo de misterios y aventuras que el lector enseguida reconoce, y en cuyas coordenadas puede instalarse con facilidad. La Barcelona de 1874 no es muy distinta, en muchos sentidos, al Londres de 1888, desde las nieblas de origen industrial que cubrían ambas ciudades hasta las profundas tensiones sociales que agitaban sus calles empedradas. El homenaje a las historias de Sherlock Holmes surge, así, de forma natural en una trama que tiene mucho de detectivesco, y en la que el joven Gaudí acaba ejerciendo un papel ciertamente parecido al del querido detective de Baker Street.

La prensa, el cuarto poder, juega un papel decisivo en esta obra. ¿En qué ha cambiado el periodismo español del siglo XXI respecto al del XIX?

En el centro de la trama de G hay un diario ficticio llamado Las noticias ilustradas, que se propone trasladar a la prensa española las maneras de los diarios sensacionalistas que ya llevaban décadas funcionando en Inglaterra. Los temas predilectos de las páginas de este diario son los asesinatos, las desgracias y toda clase de historias escabrosas, aunque tras ellas hay también una firme intencionalidad política no declarada. Los paralelos con la situación actual resultan, me temo, evidentes. Por quedarnos sólo con el aspecto sensacionalista, llama la atención cómo, con el auge de las ediciones digitales, incluso los diarios de mayor tradición han empezado a dar cabida a toda clase de noticias que hasta hace muy pocos años hubieran sido pasto exclusivo de los denostados tabloides. Los diarios ilustrados del XIX, con sus crímenes sangrientos en portada y sus titulares excesivos, no difieren mucho del tipo de prensa que hoy consumimos bajo cabeceras de prestigio internacional. 

Su novela arrasó en la pasada Feria del Libro de Frankfurt. ¿A qué cree que se debe la pasión que está suscitando G en el mundo editorial?

Más allá de la calidad literaria que confío que tenga, la novela se ocupa de un personaje fascinante que no había generado todavía, extrañamente, ningún tratamiento de ficción que fuera más allá de la utilización de sus obras como excusa para alguna trama de carácter más o menos fantástico. Gaudí es uno de los grandes genios del arte moderno, una figura internacionalmente admirada y respetada, y también es una personalidad que atrae por lo poco que sabemos de él, por los grandes espacios en sombra que parecen rodearlo. Su obra, además, está tan ligada a la ciudad en la que desarrolló casi todo su trabajo que hoy, en la imaginación del público internacional, los nombres de Gaudí y de Barcelona son casi sinónimos. Todo ello ha contribuido sin duda a alimentar la curiosidad de los editores extranjeros. 

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