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Retrato de un eclipse

Lunes 16 de Abril, 2018
En el verano de 1860, España se convirtió en el centro del mundo de la astronomía. Un eclipse total iba a contemplarse con nitidez en toda la península. En el norte, un científico británico logró tomar algunas de las primeras fotos de un eclipse de la historia.

 

EL 18 DE JULIO DE 1860 ERA UN DÍA ESPECIAL. Astrónomos, científicos y curiosos de todo el mundo esperaban en diferentes partes de España con ansiedad un momento que anticipaban único en la historia de la observación del firmamento: un eclipse de Sol total que iba a tener a nuestro país como principal atalaya. Algunos de los principales científicos y especialistas de la época se desplazaron hasta la Península Ibérica para contemplar el fenómeno desde todas partes del mundo. Los albores de la fotografía permitían que se fuera a poder inmortalizar un eclipse.

Ya a finales del año anterior el prodigio cósmico había levantado unas expectativas nunca antes vividas. En diciembre de ese año se publicaba el primer número de un Anuario que sería un clásico en la astronomía española, el que publicaba el Observatorio de Madrid.

Y ese primer número se agotó, tal era la expectación. El mismo Observatorio había anunciado la excepcionalidad de este fenómeno. “España es el único país de Europa donde podrá contemplarse el eclipse en toda su plenitud, y en lo que resta de siglo no volverá a producirse un fenómeno de la misma especie en circunstancias tan favoritas como ahora”.

No es de extrañar que los más eminentes científicos europeos se repartieran de norte a sur de la Península para ver algo excepcional, también, y quizá lo más importante, para fotografi arlo por primera vez. Y junto a los hombres de ciencia, miles de ciudadanos, curiosos todos, algunos incrédulos, en un tiempo en el que el fenómeno tenía una dimensión científica evidente, pero que, a nivel popular, continuaba sintiéndose como un fenómeno mágico, sobrenatural, una respuesta divina que se atrevía a apagar el Sol. El Observatorio de Madrid precisaba incluso el recorrido del eclipse, que apenas se prolongaría diez minutos, “desde la costa Cantábrica al Mediterráneo”, y el horario, poco después de la una de la tarde.

Y entre todos esos ínclitos visitantes, uno tuvo una labor especialmente destacada para la historia, el astrónomo británico Warren de la Rue. Mucho deben a este fabricante de papel de profesión los astrónomos más modernos. Porque De la Rue consiguió desarrollar diversas técnicas pioneras para la época que le permitieron inmortalizar la Luna, el Sol…

y los eclipses solares. Y aquí encontró un año y una localización perfecta. Se lo pueden imaginar: 1860 y España. En concreto, en el entorno de Rivabellosa, una localidad alavesa, pegada a Miranda de Ebro. Pues justamente en ese entorno, en medio de las dos localidades, De la Rue montó el observatorio que conseguiría inmortalizar el eclipse que pasaría a las 13:37 de la tarde, y que el astrónomo logró captar con éxito. Mientras, el pueblo expectante desde hace meses recibía con sobrecogimiento, algunos realmente con miedo, la total oscuridad momentánea de aquel mediodía del verano alavés. El diario La Esperanza, de Madrid, que mandó un corresponsal al observatorio de De la Rue, describía así las sensaciones vividas:

“La gente del pueblo (…) creyó inminente una terrible tempestad al aproximarse el momento de la total desaparición. (…) Su temor se convirtió pronto en un sentimiento de indecible sorpresa al ver la corona luminosa”.  La reacción de los presentes debió de ser de una emoción desbordante ante lo que nunca antes habían contemplado: “reinando en la muchedumbre un silencio sepulcral, que fue interrumpido a la reaparición del Sol por un grito unánime de nueva sorpresa y alegría”. 

Entre la multitud presente, admirando el espectáculo, podemos imaginar la fi gura boquiabierta de un niño de ocho años, el pequeño Santiago Ramón y Cajal, el mismo que 46 años después recibiría el Premio Nobel de Medicina (si quieres saber más, puedes leer el artículo de Alejandro Polanco Masa en el número 135 de esta misma publicación).

En realidad, uno de los objetos de estudio principales del observatorio que articuló De La Rue era determinar si las llamas que surgían alrededor del Sol en los eclipses eran una ilusión óptica o pertenecían realmente a la Luna o el Sol. La observación en Rivabellosa consiguió demostrar que dichos “abultamientos” pertenecían al Sol, y están formados por hidrógeno incandescente. Hoy las fotografías que tomó De la Rue se conservan en la Royal Society de Londres.

 

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