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Almodis de la Marca: La Condesa de Hierro

Miércoles 08 de Marzo, 2017
Fue uno de los personajes más fascinantes, aunque rodeados de claroscuros, de la Alta Edad Media hispana. Esposa de Ramón Berenguer I, Conde de Barcelona y Gerona, la influencia de Almodis de la Marca sería fundamental para asentar el poder condal de la Casa de Barcelona en un tiempo de fuerte inestabilidad política y graves enfrentamientos nobiliarios.
Por Óscar Herradón

Nunca es fácil acercarse al complejo escenario medieval de la península Ibérica. Diferentes reinos cristianos que pugnaban por su independencia, donde las luchas de poder entre reyes y nobles se hacían cada vez más marcadas, y el hecho de que una gran parte del territorio peninsular estuviera en manos del Islam, lo que obligaba, en ocasiones, a sellar pactos poco favorables como única forma de evitar un conflicto armado, conformaban el tablero de intereses creados y fuerzas enfrentadas de nuestra piel de toro.

La futura condesa de Barcelona nació hacia 1020 –el registro de su nacimiento no ha sido hallado– y era hija del conde occitano Bernardo I de la Marca del Lemosí (Limoges) y de Amelia de Rasés. Su linaje era de rancio abolengo, ya que sus abuelos paternos descendían de Carlomagno.

Cuando cumplió la mayoría de edad, en 1038, se casó con Hugo V de Lusignan, de quien tuvo un hijo, aunque el matrimonio no sería bien avenido. Aunque no hay consenso entre los historiadores, parece que Almodis se casó en varias ocasiones antes de tomar como esposo al conde de Barcelona. Lo que está claro es que Hugo V, que se cansó de ella, hizo un llamamiento al pontífice para obtener la nulidad del matrimonio, al parecer por razones de consanguinidad. Apenas habían pasado dos años del divorcio cuando Almodis fue tomada en matrimonio por el conde Ponce III de Tolosa, un enlace que duraría diez años –tuvieron cuatro hijos–, previo a otro supuesto matrimonio con Guillermo III de Arles –el más dudoso–, hasta que entra en escena quien habría de llevar a Almodis a los libros de historia.

Corría el año 1054 cuando el conde Raimundo –Ramón–, hijo de Berenguer Ramón y nieto de Ramón Borrell y Ermesenda de Carcasona, gran dama de su tiempo, conocido como Ramón Berenguer I, decidió luchar contra el infiel. Eran los siglos de las Cruzadas y partir a Tierra Santa era casi una cuestión de honor para reyes y príncipes. Mientras viajaba con su comitiva, Ramón Berenguer hizo una parada en Narbona, en la mansión de Guillermo III de Arles, el entonces marido de Almodis.

Deslumbrado por subelleza y personalidad -era una de las mujeres más hermosas y sagaces de aquel siglo–, se propuso cortejarla, a pesar de los muchos problemas que se derivarían de aquella unión. Decidió esperar, no obstante, a su regreso de los Santos Lugares, cuando volvió a hospedarse en Narbona. Una vez en la mansión, cuenta el historiador árabe nacido en Huelva Abu Abdullah al-Bakri (1014-1094), que ambos se declararon su amor recíproco y que Ramón Berenguer ideó un plan: que Almodis inventaría una estratagema que le permitiera huir de la propiedad conyugal y de la ciudad y reunirse más tarde con el conde para casarse con él. Aquí es donde aparecen los primeros problemas: no sólo Almodis estaba casada, también lo estaba Ramón Berenguer con Blanca –anteriormente lo había estado con Elisabet, hija del conde de Sanç, de Garduña, un matrimonio del que nació Pere o Pedro Ramón–, enlace que, para más inri, había sido pactado por su dominante abuela Ermesenda, quien ostentaba una gran influencia en palacio, lo que a la larga acarrearía muchas dificultades a la pareja Para deshacerse de Blanca, con la que llevaba un año de nupcias, el conde adujo razones de consanguinidad. Puesto que prácticamente toda la nobleza europea estaba ligada por matrimonios, la Iglesia, con cierto dinero de por medio, no ponía demasiadas dificultades para conceder la anulación.

Ni siquiera el encierro al que el deshonrado Guillermo sometió a su esposa logró frenar las aspiraciones de ésta de formar parte de la casa de Barcelona. Distintos historiadores aducen que tras su decisión pudo haber tenido más fuerza una motivación política que sentimental, cosa nada extraña en el juego de alianzas de la España medieval. El caso es que en la ciudad condal, tras separarse de Blanca, Ramón recurrió a la comunidad judía de Barcelona para que, con la ayuda de sus cofrades de Narbona, comandados por Alí Ben Moixet, señor de Tortosa, armaran la logística para el rescate y, puesto que el conde no poseía buques propios, requirió la flota de su aliado por aquel entonces, el príncipe andaluz Ah ibn Mudhajid, señor de Denia, Tortosa y las islas Baleares. Este tipo de alianzas entre cristianos y musulmanes no eran ni mucho menos extrañas en tiempos anteriores a la Reconquista. En un primer intento, cuenta de nuevo Al-Bakri, fracasaron “en la realización de la estratagema convenida para la huida de la mujer”, debido a que el esposo, al sospechar algo turbio, la encerró. Pero finalmente, ayudada por varios de sus familiares, logró escapar y viajar hasta Barcelona.

Sin embargo, su nueva situación no iba a ser nada fácil. El asunto generó un gran revuelo y fue el detonante de varios acontecimientos. En primer lugar, Blanca, la esposa repudiada, recurrió al Papa para obtener la excomunión de los amantes, y a ello siguió el intento de la vilipendiada condesa Ermesenda, que, sintiéndose ofendida, hizo uso de sus excelentes relaciones con la Santa Sede para obtener una nueva excomunión de la pareja.

Lee el artículo completo en el nº141 de la revista Historia de Iberia Vieja.

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