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Aragón y Sicilia, las bodas para conquistar el mundo

Martes 30 de Octubre, 2018
El reino de Aragón y el reino de Sicilia unieron a sus vástagos en un matrimonio concertado sin haberse visto jamás con la idea de dominar el mundo por el que competían con Francia, esta es la historia de Pedro III de Aragón con su esposa Constanza de Sicilia. Bruno Cardeñosa.

Los países bañados por el Mediterráneo eran los líderes del viejo mundo, el Mediterráneo era el caldo de cultivo de todo cuanto sucedía, así, España e Italia, encontraron hace 800 años una forma de cambiar sus fronteras.

De este modo, el objetivo del reino de Sicilia y del reino de Aragón era fusionarse para conquistar el mundo y conseguir con la unión hacer frente al enemigo francés, que quería dominar el continente. El Vaticano ya había tomado partido por los galos. No quedaba más remedio que casar a un niño aragonés con una niña siciliana… Y esa bestialidad se hizo como lo más normal.

La princesa se llamaba Constanza y tenía 13 años cuando su padre le entregó a Pedro III, hijo de Jaime el Conquistador. Gracias a esa unión, se conseguía unir ambos reinos y “fabricar” un imperio en el Mediterráneo que luchaba contra Francia, de modo que se limitaba el poder de Carlos de Anjou, que ya no podía campar a sus anchas pese al apoyo del Vaticano.

La boda se llevó a cabo en Montpellier. Los novios no se conocían; la primera vez que se vieron fue en el altar mientras se daban el “sí, quiero”. Cuesta mucho pensar que eso ocurría…

La ley sálica sigue en vigor en muchos sitios –entre ellos en España, en donde una mujer no puede reinar, salvo que sea consorte, es decir, que se case con un príncipe y que ese príncipe se haga rey cuando su padre abdique o fallezca–.

En aquella época, los padres de los príncipes negociaban con otros los matrimonios de sus hijos. El amor quedaba relegado a un segundo plano, porque lo importante era convertir a ese matrimonio en una forma de modificar las fronteras. Eran casamientos políticos.

En realidad las cosas no han cambiado tanto, y esa suerte de endogamia sigue produciéndose, aunque en los tiempos actuales esa realidad se transfigura y se hace ver otra cosa. Como en aquella época no había medios de comunicación ni se amplificaban hechos tan terribles como este, entonces se asumía como normal este tipo de cosas.

“Tú no has nacido para ser feliz: has nacido para ser reina”, le decían a Constanza sus cuidadores. Ella asumió eso con sumisión. Su padre, Manfredo de Sicilia, le buscó marido sin preguntarle; no le importaba su opinión.

Y buscó y rebuscó hasta que encontró alguien que le venía bien para hacerse fuerte y ampliar sus dominios. Se trataba del hijo de Jaime I el Conquistador, rey de Aragón. Tenía 25 años, casi el doble que su hija, lo cual para esos tiempos tampoco era tanta diferencia.

La noche de bodas Pedro le dijo a su esposa: “No hago el amor con niñas, sino con mujeres”. No había muchos que pensaran así por aquel entonces. Él no era indigno, aunque la sociedad en la que estaba sí lo era y se encontraba atacada por un serie de principios realmente lamentables, aunque las cosas terribles se aceptaban con naturalidad si venían de la nobleza, que era como genéticamente superior, más o menos como ahora pero la nobleza se ha cambiado por los ricos.

Siempre ha existido la casta, disfrazada de diferentes formas, pero el clasismo es algo que ha acompañado al hombre y ha detenido su desarrollo. Lo “importante” de la unión eran los hijos, porque tener descendencia aseguraba que las posesiones siguieran en manos de la familia. Pedro ya tenía hijos con otra mujer, de modo que si el matrimonio no tenía descendencia ya sabían que no era culpa de él y que no era infértil, pero eso no evitó que la noche de bodas fuera tremenda.

Frente a la puerta de los cónyuges se puso la familia, amigos y… el obispo, y pegaban su oreja para escuchar si se oían los orgasmos de los copulantes. La cosa es que los recién casados debían estrenarse esa noche. Nadie esperaba lo contrario. Y no era para que disfrutaran, sino para que tuvieran hijos. Así de frío era todo…

Sabiendo que tras la puerta esperaban todos los familiares para saber si el hombre había sido muy macho y su mujer era pura y santa, Pedro III sacó su espada y se hizo un pequeño corte para enseñar a los cotillas la sangre que demostraba que había mancillado la virginidad de la niña y le había rasgado el himen.

Él no se acostó con ella, pero hizo lo posible para que los que se encontraban tras la puerta pensaran que sí. Describir lo que pasó allí dentro es difícil; ni siquiera ella había recibido algo que se estilaba por entonces, que era el “retrato nupcial”, que no era otra cosa sino un cuadro del pretendiente para que la mujer supiera lo que se iba a encontrar.

Eran las fotos de entonces… Pese a ello, ella no sintió desagrado físico por él, aunque eso tampoco era lo habitual, pero era común que ella tuviera que aceptar la unión porque, le gustara o no, su marido tenía que asumir como necesaria esa unión política.

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