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Enrique IV de Castilla, un rey entre sombras

Viernes 22 de Mayo, 2015
Fue uno de los monarcas más controvertidos y relevantes del periodo medieval inmediatamente anterior a la edad moderna. Su dificultad para procrear, sus numerosos conflictos con la nobleza y el hecho de que se rodeara de validos, a los que colmó de favores y con los que pudo haber mantenido relaciones sentimentales, convirtieron a Enrique IV en un rey entre sombras que llegó a ser, incluso, despojado de sus cargos. Ahora, nuevas investigaciones arrojan luz sobre su supuesta impotencia y las consecuencias de la misma para el devenir de la historia de España. Óscar Herradón

El ámbito privado del rey castellano Enrique IV está rodeado de numerosos claroscuros, ya que los intereses de rivales y aspirantes al trono desdibujaron su figura en una hábil campaña de propaganda. Y es que su persona fue de especial relevancia para la futura configuración de la España moderna, pues no debemos olvidar que fue el padre “oficial” de Juana la Beltraneja, quien, a pesar de la sospecha de bastardía que planeaba sobre ella, aspiraba al trono. Décadas más tarde, ésta lucharía en una sangrienta guerra civil por la corona con Isabel de Castilla, hermana por parte de padre de Enrique, quien finalmente triunfaría y se convertiría en la celebérrima reina Católica años después de su matrimonio con Fernando de Aragón.

Cuentan que mantuvo entre algodones a varios favoritos, que alcanzaron los más altos cargos en palacio, y la noticia de que realmente era estéril, según una reciente investigación, ha hecho que su nombre vuelva a estar de actualidad a pesar de los siglos transcurridos

Como enseguida comprobaremos, sobre Enrique planea el rumor –para algunos historiadores la certeza– de que fue homosexual, con todo lo que ello implicaba en el siglo XV, principalmente en lo relativo al trascendental asunto de la descendencia. Cuentan que mantuvo entre algodones a varios favoritos, que alcanzaron los más altos cargos en palacio, y la noticia de que realmente era estéril, según una reciente investigación, ha hecho que su nombre vuelva a estar de actualidad a pesar de los siglos transcurridos.

¿Fue el rey realmente víctima de una confabulación de sus opositores políticos?  El mismísimo erudito Gregorio Marañón, en su Ensayo biológico sobre Enrique IV de Castilla y su tiempo, publicado en Madrid en 1930, hizo uso de sus amplios conocimientos médicos para acercarse a la ambigua sexualidad del monarca castellano, pues ya entonces era un asunto que traía de cabeza a los estudiosos. Han pasado muchas décadas desde que aquel trabajo viera la luz, cuando no existían los estudios de ADN, y ahora, por fin, podríamos hallarnos ante el desenlace de uno de nuestros más importantes enigmas históricos, y la sospecha de la bastardía de la candidata al trono Juana de Castilla se torne certeza. Pero vayamos paso a paso y veamos quién fue realmente Enrique IV y por qué cobra tanta relevancia el tema de su sexualidad y de su capacidad para engendrar.

El cetro y la corona

Hijo de Juan II de Castilla y de María de Aragón, Enrique nació el 25 de enero de 1425 en la hoy desaparecida Casa de las Aldabas de la calle Teresa Gil, en Valladolid. Aquel edificio recibía su nombre debido a que tenía en su fachada once grandes aldabas de hierro, de unos 20 centímetros de diámetro, situadas en una línea horizontal que se hallaba a dos metros del suelo, y otra más, decorada, en su portón, que daba acceso a un majestuoso patio fortificado, siendo derribado, cual descarado desplante a nuestra Historia, en marzo de 1963.

Enrique vino al mundo en un convulso periodo histórico, cuando Castilla se hallaba bajo el dominio del todopoderoso condestable don Álvaro de Luna (1390-1453)

Enrique vino al mundo en un convulso periodo histórico, cuando Castilla se hallaba bajo el dominio del todopoderoso condestable don Álvaro de Luna (1390-1453), que, por supuesto, también intentó controlar la educación del heredero y las compañías que éste frecuentaba. Durante su adolescencia, los complots cortesanos y las luchas intestinas por el poder entre el condestable y los infantes de Aragón serían una constante con un trágico desenlace, y es que el periodo medieval hispano se caracteriza por la turbulencia y en ocasiones abierta violencia de los acontecimientos.

A tres meses de su nacimiento, en abril de 1425, Enrique era jurado como Príncipe de Asturias y, por tanto, heredero al trono castellano. El 10 de octubre de 1444 se convertiría en el primer –y único– príncipe de Jaén. Desde sus primeros años de vida, Enrique mostró un carácter débil y enfermizo y según algunos cronistas –algunos de ellos declarados enemigos suyos, lo que resta credibilidad, por tanto, a sus palabras– se relacionó desde muy joven con fornidos sirvientes o con los moros de la guardia real, siguiendo algunos testimonios de sus contemporáneos, por la herencia “degenerada” que llevaba en sus venas –a su padre, Juan II de Castilla también se le acusaría de sodomita (Ver Recuadro)– y, para algunos, por la influencia de su tutor Juan Pacheco, marqués de Villena, quien puede que iniciara al joven heredero en las prácticas homoeróticas. Si es que alguna vez las practicó, pues la sombra de la duda acerca de su sexualidad continúa planeando sobre nuestra historiografía. Quizá el nuevo descubrimiento sobre su esterilidad arroje luz definitiva sobre sus secretos.

 

Su matrimonio con Blanca se trataba también una cuestión estratégica: había sido acordado en el año 1436 como parte de las negociaciones llevadas a cabo entre Castilla y Navarra

Enrique “el Impotente”

En 1440, con 15 años, el monarca castellano contrajo matrimonio con Blanca II de Navarra, con la que estuvo casado nada menos que 13 años. Pero pronto se hizo patente la impotencia del soberano, incapaz de dar un heredero a la Corona –algunos autores señalan que sí era capaz de copular, pero que detestaba el contacto carnal con las mujeres–, lo que provocaría importantes conflictos en Castilla tiempo después. Las nuevas investigaciones arrojan que más que impotente, puede que Enrique simplemente fuera estéril, de ahí la incapacidad para dejar embarazada a la reina y el detonante de la leyenda negra y el rumor malicioso que nunca le abandonarían. No obstante, el divorcio de Blanca sería, como casi todo entonces, una cuestión política, pues aún no se había anulado el mismo cuando se estaba negociando en secreto un nuevo enlace, como enseguida contaremos. Su matrimonio con Blanca se trataba también una cuestión estratégica: había sido acordado en el año 1436 como parte de las negociaciones llevadas a cabo entre Castilla y Navarra, en el marco del largo conflicto que se vivió en aquel reino y durante el cual Enrique tomaría parte, años después, del candidato al trono Carlos de Viana.

Si seguimos lo que rezan las crónicas, no demasiado creíbles si tenemos en cuenta que la mayoría se escribieron a posteriori, cuando sus opositores políticos se hicieron fuertes, al parecer, la noche de bodas Enrique no consiguió excitarse en el lecho nupcial y, aunque lo intentó repetidas veces, no logró una erección adecuada, por lo que empezaron a circular coplas y cantares, fomentados por sus enemigos que harían que pasara a la historia como Enrique el Impotente.

Se untaba con pomadas compuestas con los ingredientes más increíbles que no hacían otra cosa que abrasar sus inactivos genitales; se hacía azotar las nalgas hasta sangrar mientras yacía sobre el cuerpo de su desdichada esposa y recurrió a médicos italianos que le prescribían ejercicios sexuales

Debido a ello, el rey se tomó la penetración de la reina cual asunto de Estado y comenzó a ingerir todo tipo de brebajes y a utilizar extraños ungüentos que potenciaran su ausente virilidad. Se untaba con pomadas compuestas con los ingredientes más increíbles que no hacían otra cosa que abrasar sus inactivos genitales; se hacía azotar las nalgas hasta sangrar mientras yacía sobre el cuerpo de su desdichada esposa y recurrió incluso a médicos italianos que le prescribían ejercicios sexuales sin resultado efectivo.

Incluso, una leyenda afirma que el rey llegó a enviar emisarios a África en busca del mítico oricuerno (cuerno de unicornio), debido a las propiedades afrodisíacas que se le atribuían –y que en realidad no era sino el cuerno del rinoceronte, un animal entonces desconocido en Europa–.

Años después, cuando sus detractores dieron forma a una feroz campaña propagandística en su contra, en los círculos cortesanos se llegaría a decir que no sólo permitía que su esposa tuviera relaciones sexuales con sus favoritos, sino que las instigaba y aplaudía, probablemente para así darle un descendiente y borrar por completo los rumores sobre su impotencia. ¿Fue acaso eso lo que sucedió con Juana, posible hija bastarda de Beltrán de la Cueva con la reina? El interrogante sigue en el aire, aunque eso es lo que pretendían hacer creer los opositores a Enrique para reforzar la candidatura de Isabel a sucederle en el trono castellano.

El complot del divorcio

No obstante, siguiendo las crónicas medievales, parece ser que con sus diversos amantes masculinos sí lograba la ansiada excitación sexual. Cuando sus adversarios de la nobleza comenzaron a difundir por toda Castilla que su “impotencia” ponía en serio peligro la continuidad de la dinastía de los Trastámara, Enrique decidió divorciarse de Blanca de Navarra, acusándola de “esterilidad”; aunque hay quien llegó a afirmar que continuaba siendo virgen.

Varias prostitutas segovianas testificaron haber mantenido relaciones sexuales con Enrique. Es decir, la supuesta “maldición”, causada por un hechizo, sólo le afectaba con Blanca, lo que abierto el camino para un nuevo desposorio.

La política de matrimonios consanguíneos ya estaba presente en el Medioevo español, y Blanca y Enrique eran primos, lo que quizá pudo tener que ver con la dificultad para procrear. Alegando que había sido incapaz de consumar sexualmente el matrimonio, Enrique pidió el divorcio. En mayo de 1453, Luis Vázquez de Acuña declaró nulo el enlace, atribuyendo la impotencia sexual del rey a un maleficio –de esta forma esquivaba el espinoso asunto de la no consumación–. A su vez, varias prostitutas segovianas testificaron haber mantenido relaciones sexuales con Enrique. Es decir, la supuesta “maldición”, causada por un hechizo, sólo le afectaba con Blanca, lo que abierto el camino para un nuevo desposorio.

Aunque parezca increíble, este argumento se consideró como bueno –no formaba sino parte del complejo tablero de ajedrez de intereses geopolíticos–. La reina, probablemente presionada por el círculo íntimo del rey, alegó que compartieron el lecho tres años –de los trece que estuvieron casados–, sin que “en este tiempo se llevara a efecto la conjunción sexual”. Finalmente, aduciendo una “impotencia recíproca debida a influencias malignas” de Enrique, el papa Nicolás V corroborara la sentencia de anulación en diciembre de ese mismo año a través de la bula Romanus Pontifex, a través de la que Roma reconocía también el reino de Portugal bajo el monarca luso Alfonso V, que años más tarde se enfrentaría a los Reyes Católicos en la guerra de Sucesión castellana.

Enrique, todavía, volvería a contraer matrimonio –un enlace pactado previamente–, con la dispensa pontificia del mismo Papa, con Juana, hermana del rey de Portugal, Eduardo I. El futuro rey ya atisbaba la muerte de su padre, Juan II, y el “maleficio transitorio” no era sino una excusa para romper su antigua alianza con Navarra y acercarse al reino luso. Juan II fallecía el 20 de julio de 1454 y al día siguiente Enrique era proclamado rey de Castilla y en 1455 se casaba con Juana de Portugal. Ya hacía un año que, tras adquirir fuerza el bando de los Infantes de Aragón, había sido sentenciado y decapitado Álvaro de Luna en una corriente conspirativa siempre presente de la que no escaparía tampoco la imagen de nuestro rey. Y es que Castilla, una tierra llena de turbulencias y levantamientos durante la Edad Media, tuvo en el reinado de nuestro protagonista un escenario especialmente conflictivo, considerado por algunos cronistas como unos de los más calamitosos de su historia.

Por los mentideros circulaban atrevidas palabras acerca de los encantos de la nueva reina, los cuales “eran capaces de levantar a un muerto”. Quizá a un muerto sí, pero no al miembro viril de Enrique

Todos estaban expectantes ante el nuevo enlace y entre el pueblo se hacían apuestas sobre si esta vez su señor sería capaz de consumar. Por los mentideros circulaban atrevidas palabras acerca de los encantos de la nueva reina, los cuales “eran capaces de levantar a un muerto”. Quizá a un muerto sí, pero no al miembro viril de Enrique, que parecía igual de inapetente cuando se hallaba ante una mujer, ya fuese navarra o portuguesa.

Al marqués de Villena le sustituyó don Beltrán de la Cueva, nuevo favorito y consejero del monarca, un guapo y vigoroso joven de apenas veinte años que al parecer despertó un fuerte deseo sexual, según las malas lenguas, en Enrique, pero también en su mujer, Juana. De ahí que al nacer a los siete años de matrimonio su citada hija, también bautizada como Juana, los detractores del monarca hicieran circular el rumor de que era una bastarda de la portuguesa con don Beltrán, por lo que la pequeña pasaría a la historia con el sobrenombre de “la Beltraneja”, convirtiéndose en personaje clave de la guerra política castellana décadas después.

No obstante, los médicos no descartan que Juana de Castilla fuera realmente hija del monarca castellano, quizá recurriendo, según lo publicado por el diario ABC el pasado enero, a una precaria fecundación in vitro. El humanista y cartógrafo alemán Hieronymus Münzer, contemporáneo a nuestro protagonista, recogió en una de sus célebres crónicas de viajes que “los médicos fabricaron una cánula (caña) de oro que introdujeron en la vulva de la reina”.

El rey y sus favoritos

Es posible que Enrique IV, de no tratarse únicamente de una leyenda negra, se iniciara en las lides homosexuales con su ayo, Juan Pacheco, aunque durante su reinado mantuvo a su lado a una serie de favoritos que al parecer colmaban sus deseos sexuales a cambio de privilegios en la corte; entre ellos, Miguel Lucas de Iranzo, que primero fue nombrado halconero del rey, más tarde canciller y después condestable de Castilla. A éste le siguió en el favor real un tal Gómez de Cáceres y Solís, según las crónicas “joven de arrogante figura, gran belleza y trato afable”. Todo ello, reitero, no ha sido corroborado por la historiografía, por lo que la figura de Pacheco como “amante oficial” del monarca es una conjetura, aunque los historiadores coinciden en que tiene bastante visos de ser real.

Al parecer, en la corte castellana se vivía un ambiente de lujuria constante, según señaló el patricio de la ciudad de Núremberg Gabriel Tetzel, que realizó un viaje por España, y, cuando salían de caza, al bueno de Enrique le gustaba “fazer fornicio” con otros hombres de mal vivir

Otro de los favoritos del monarca fue el doncel Alonso de Herrera, al que –al que, reza una crónica, probablemente apócrifa– los criados de don Pedro Arias hallaron “por casualidad” en el lecho del soberano cuando intentaban secuestrarlo. Célebre fue también el vizcaíno Perucho de Mundaráz, que también gozó de los beneficios regios. No sabemos si a cambio de poner su vizcaína al servicio de Su Majestad.

Al parecer, en la corte castellana se vivía un ambiente de lujuria constante, según señaló el patricio de la ciudad de Núremberg Gabriel Tetzel, que realizó un viaje por España, y, cuando salían de caza, al bueno de Enrique le gustaba “fazer fornicio” con otros hombres de mal vivir.

La figura del rey castellano fue objeto de la mofa y la burla de sus contemporáneos, principalmente de sus enemigos políticos, que componían coplillas y versos satíricos para ridiculizar las supuestas aficiones regias. Una de esas famosas coplillas reza así:

Ah, fray capellán mayor

don Enrique de Castilla

¿a cómo vale el ardor

que traéis en vuestra silla?

Cuentan sus detractores políticos que era tal la afición del monarca por el sexo masculino que llegó a acosar a un joven de nombre Francisco Valdés, que hubo de huir de la corte y por ello fue encarcelado. En las posteriores visitas que el rey le hizo a prisión señaló “su dureza de corazón y su ingrata esquivez”.

Gregorio Marañón narra una anécdota en relación a sus hipotéticas prácticas homoeróticas. Al parecer, era tal el grado de extravagancia de las orgías que Enrique organizaba en su finca de caza de Balsaín, que tenía como porteros a un enano y a un etíope “tan terrible como estúpido”, y era muy aficionado a lo exótico y a lo monstruoso. Extravagante como era, el rey, en plena lucha de la Cristiandad contra el Islam, tenía a su lado una abundante guardia de moros; y algunos autores apuntan que no sólo adoptó sus costumbres, vistiendo y comiendo a la usanza morisca, sino que también mantenía con ellos prácticas sodomitas.

Los forenses observaron que el monarca tenía “una frente amplia, que las manos (de un tamaño desproporcionado) tenían largos y recios dedos, y que había un pie valgo (desviado)”, lo que para los facultativos podría ser un indicativo de su esterilidad

En cuanto al delicado asunto de su “impotencia”, el estudio de su momia, en perfecto estado de conservación, evidenció a los investigadores las graves carencias hormonales que mostraba el cuerpo del castellano. Los forenses observaron que el monarca tenía “una frente amplia, que las manos (de un tamaño desproporcionado) tenían largos y recios dedos, y que había un pie valgo (desviado)”, lo que para los facultativos podría ser un indicativo de su esterilidad. Por otro lado, y siguiendo la crónica de ABC, sus manos gigantes “pudieron originar, a su vez, la fobia al contacto humano que las crónicas identifican como un rasgo de su antipatía y problemas para relacionarse”.

Según los estudios médicos, el rey castellano “padeció impotencia, anomalía peneana, infertilidad, malformación en sus genitales, litiasis renal crónica (mal de ijada, de piedra y dolor de costado) y hematuria (flujo de sangre por la orina)”. En su ensayo citado, ya Gregorio Marañón apuntaba por estos derroteros, creyendo encontrar la respuesta al misterio de su supuesta impotencia en que Enrique IV “sufrió una displasia eunucoide (definida hoy en día como una endocrinopatía) o bien los efectos asociados a un tumor hipofisario (la parte del cerebro que regula el equilibrio de la mayoría de hormonas”.

A día de hoy no sabemos toda la verdad sobre Enrique IV, si era homosexual o si pudo o no paliar su impotencia con la “cánula” y otros procedimientos

Sin embargo, las investigaciones médicas más recientes, como la realizada por Emilio Maganto Pavón, jefe de sección de urología en el Hospital Ramón y Cajal, autor de la tesis “Enrique IV de Castilla (1454-1474). Un singular enfermo urológico”, no descartan al cien por cien la posibilidad de que Enrique fuera capaz de superar su más que probable impotencia e infertilidad de alguna forma. A día de hoy no sabemos toda la verdad sobre Enrique IV, si era homosexual, si pudo o no paliar su impotencia con la citada “cánula” y otros procedimientos –unido a los afrodisíacos– o simplemente víctima de la propaganda de sus enemigos. De lo que no cabe duda es de que fue uno de los reyes más extraños, y más vapuleados, de la España medieval y sí conocemos gracias a las investigaciones más punteras, anteriormente citadas, que era estéril, y que, por lo tanto, su hija Juana sería bastarda y candidata ilegítima al trono castellano. De haber vencido su candidatura frente a Isabel la Católica, la Corona se habría hallado en una encrucijada, al menos en lo tocante a la “sangre azul”. Pero eso, una vez más, tan sólo son conjeturas.

El testamento y la muerte

Juan Pacheco, el inseparable valido del rey, moría en octubre de 1474 y Enrique le seguía en apenas dos meses, falleciendo en el Alcázar madrileño el 11 de diciembre de ese mismo año. Eran las 11 de la noche y el monarca apenas contaba con cincuenta años. Los problemas urológicos antes citados pudieron estar tras su muerte, a causa de una obstrucción de la orina; según Fernando del Pulgar, que recogió el acontecimiento en su Crónica de los Señores Reyes Católicos Don Fernando y Doña Isabel de Castilla y Aragón, “era home de buena complexión, no bebía vino; pero era doliente de la hijada é de piedra; y esta dolencia le fatigaba mucho a menudo”. Enrique está hoy enterrado en el panteón del Real Monasterio de Santa María de Guadalupe, en Cáceres.

Poco tiempo después de la muerte de Enrique, comenzaba la llamada Guerra de Sucesión Castellana, entre los partidarios de Isabel y de Juana

El tema de su testamento fue casi tanto o más polémico que todo el ambiente que rodeó a la muerte de Carlos II el Hechizado, quien ha vuelto a estar de actualidad porque una serie de investigaciones apuntan a que su testamento –que otorgó la corona española al nieto de Luis XIV, el primero de nuestros borbones, Felipe V–, puedo haber sido falsificado. Pues bien, poco tiempo después de la muerte de Enrique, comenzaba la llamada Guerra de Sucesión Castellana, entre los partidarios de Isabel y de Juana. Fue entonces cuando el importante documento que contenía la última voluntad del rey desapareció de forma misteriosa.

Al parecer, fue custodiado por un clérigo madrileño que, según el jurista y cronista  Lorenzo Galíndez de Carvajal, miembro del Consejo Real de los Reyes Católicos, no tardó en esfumarse al igual que el documento, probablemente huyendo a Portugal, en una historia de ecos detectivescos que se erige en un nuevo misterio en torno a esta convulsa época histórica. Cuentan que la reina Isabel, temerosa de lo que contenía aquel documento oficial, que podía sustentar la ilegitimidad de su reinado, tuvo noticia del paradero del mismo en sus últimos meses de vida y ordenó que lo recuperasen y se lo entregaran. Fue hallado y llevado a la corte pocos días antes de la muerte de la reina. Al menos eso es lo que afirma el citado Carvajal, que fue testigo de las exequias de la soberana, quien apunta que unos afirmaban que el crucial documento fue quemado por orden del rey Fernando, mientras otra corriente de opinión sostenía que había pasado a manos de un miembro del consejo real.

Hoy, prácticamente con la garantía de la esterilidad de Enrique IV bajo el brazo, parece que algunos rumores se vuelven certeza y la legitimidad de Juana la Beltraneja vuelve a ponerse, esta vez sustentándose en pruebas más consistentes, en entredicho, algo que intentó con vehemencia –y le costó demostrar– su opositora y tía, Isabel la Católica, hace más de cinco siglos. Por fin, gracias a los avances científicos, la historia de España comienza a arrojar algo de luz sobre sus numerosos claroscuros.

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