Se encuentra usted aquí

¿Existieron mujeres templarias? 

Jueves 14 de Septiembre, 2017
¿Hubo mujeres templarias? Frente a otras órdenes militares coetáneas donde la rama femenina de la milicia está perfectamente documentada, la presencia de la mujer en el Temple suscita debates enconados entre los expertos.
Juan José Sánchez-Oro

La Ordo Templi Supremus Militaris Hierosolymitani  [OTSMH] es una organización cristiana fundada en 1945 siguiendo el modelo de la milicia medieval del Temple. Reconocida por la ONU como una organización internacional no gubernamental de carácter consultivo gracias a su labor filantrópica, en la actualidad cuenta con más de 5.000 miembros activos repartidos por diferentes prioratos de Europa y América. Aunque OTSMH asegura no tener ninguna vinculación directa con aquel puñado de freires que se ofrecieron a defender Jerusalén durante la primera cruzada, sí que afirman seguir los rituales y tradiciones de dicha orden. No obstante, al repasar su composición salta una sorpresa. Está compuesta por hombres que reciben el título de “caballeros”, pero también por mujeres intituladas “damas”. ¿Semejante estructura mixta responde a una realidad inspirada en el Temple medieval o estamos ante un disparate histórico?

Lo cierto es que la cuestión de las mujeres templarias y su condición dentro de la célebre milicia ha consumido bastante tinta y echado también algún que otro borrón. En principio, no sería algo ni extraño ni descartable. Otras órdenes militares contemporáneas como la de Santiago o de San Juan de Jerusalén complementaron su rama monástica masculina con otra del sexo opuesto, eso sí, manteniendo siempre las distancias puesto que las religiosas residían en sus propios conventos.

“LAS MUJERES ES ASUNTO PELIGROSO”
Cuando echamos un vistazo a la regla primitiva del Temple, aquella que fuera aprobada en 1129 y que sirvió de norma de vida en torno a la cual giraba la institución, todo lo referido hacia las mujeres aflora con una claridad meridiana.

El freire ha de alejarse a toda costa del sexo opuesto como  de la peste, hasta el punto de que los contactos carnales mantenidos con él antes de ingresar en la milicia casi debían desaparecer de la memoria

“Ordenamos y firmemente prohibimos a un hermano que cuente a otro hermano o a cualquiera, las valientes acciones que llevó a cabo en su vida seglar y los placeres de la carne que mantuvo con mujeres inmorales. Deberán ser consideradas faltas cometidas durante su vida anterior y si sabe que ha sido expresado por algún otro hermano, deberá inmediatamente silenciarlo; y si no puede lograrlo, abandonará el lugar sin permitir que su corazón se mancille por estas palabras”.

Resultaba manifiestamente claro que las mujeres del pasado, en el pasado habían de quedar. Pero, ¿y las del presente?

El articulado de la milicia no es menos rotundo: “La compañía de las mujeres es asunto peligroso, porque por su culpa el provecto diablo ha desencaminado a muchos del recto camino hacia el Paraíso”. La consecuencia directa de esta misógina reflexión no podía ser otra más “que las mujeres no sean admitidas como hermanas en la casa del Temple. Es por eso, queridos hermanos, que no consideramos apropiado seguir esta costumbre, para que la flor de la castidad permanezca siempre impoluta entre vosotros”.

Con todo, el rechazo a las féminas no quedaba restringido a este aspecto más formal de impedir su ingreso en la milicia, también en el trato más informal, el contacto con el otro género debía evitarse al máximo: “Creemos imprudente para un religioso mirar mucho la cara de una mujer. Por esta razón ninguno debe atreverse a besar a una mujer, sea viuda, ni niña, madre, hermana, tía u otro parentesco; y recomendamos que la caballería de Cristo evite a toda costa los abrazos de mujeres, por los cuales muchos hombres han perecido, para que se mantengan eternamente ante Dios con la conciencia pura y la vida inviolable”. Mirar un rostro de mujer, recibir besos, abrazos, incluso aunque fueran los más tiernos e inocentes procedentes de  una niña, son todos ellos gestos que se tiñen de culpa y peligro a los ojos de los redactores de la regla.

En esta animadversión casi visceral hacia el otro sexo, seguramente, tuvieron mucho que ver los autores intelectuales de la regla.

Es sabido que la orden del Temple nació a la sombra del Císter y uno de los exponentes más claros de este movimiento monástico fue Bernardo de Claraval, bajo cuyo influjo fue elaborada la primera norma de vida templaria que venimos comentando. A Bernardo de Claraval se le atribuye paradójicamente uno de los esfuerzos más rotundos por feminizar la espiritualidad cristiana medieval. Ahora bien, esa feminización orbitó en torno de la exaltación de María, virgen y madre de Jesús, como modelo de referencia y virtud para todo el orbe cristiano. Simultáneamente, el abad cisterciense no dudaba en mostrar de una manera descarnada cuán vil era la condición femenina en su esencia original. No estamos ante ninguna contradicción. En la mente de Bernardo, María actuaba como remedio de esa condición inferior, trasgresora y funesta de la mujer para conseguir elevarla, redimirla y purificarla mediante su manto reparador. En una de sus homilías más famosas, De laudibus Virginis Matris II, 3, Bernardo mostró ese doble juego de fuerzas negativas y positivas en pugna: “Alégrese Eva principalmente, pues de ella primero nació el mal, y su oprobio pasó a todas las mujeres. Porque ya está cerca el tiempo en que se quitará el oprobio [...]. Así, corre, Eva, a María, madre corre a tu Hija: ella responderá por ti, quitará tu oprobio, dará satisfacción a su Padre por su Madre; pues ha dispuesto Dios que, ya que el hombre no cayó sino por una mujer, tampoco sea levantado sino por una mujer”. La era de la renovación había llegado para las féminas gracias a la intermediación de María. Si Eva propició el mal en la Tierra, la madre de Jesús compensó aquel error y propició el bien como la doble cara de una misma moneda. Pero más allá de la Virgen  María, todo lo femenino estaba repleto de trampas y tentaciones insuperables: “Estar siempre con una mujer y no tener relaciones carnales con ella”, advirtió Bernardo en uno de los sermones a sus monjes, “es más difícil que levantar a los muertos. No podéis hacer lo menos difícil, ¿pensáis que yo creeré que podéis hacer lo más difícil?”. De este espíritu misógino sin concesiones se nutrió la primitiva regla del Temple.

COFRADES TEMPLARIAS
Y, no obstante, la propia regla templaria deja un pasaje un tanto oscuro que podría denotar, al menos, una primera presencia de las mujeres durante la etapa fundacional de la orden.

Lee el reportaje completo en el nº147 de la revista Historia de Iberia Vieja.

Otros artículos de:

Añadir nuevo comentario