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Hombres blancos y puros: Cátaros en España

Miércoles 29 de Agosto, 2018
Cuando el Vaticano alcanzaba su mayor apogeo económico y social, las herejías hicieron tambalear los cimientos de la Iglesia. Una de las más conocidas fue el catarismo, una secta cristiana que fue reprimida brutalmente en una cruzada que se cobró la vida de más de un millón de cristianos. ¿Cuál fue su incidencia en los reinos hispánicos? Josep Guijarro.

Durante el siglo XII arraigó en el Midi francés el llamado catarismo, un movimiento herético, de carácter gnóstico y que consideraba que la Iglesia de Roma había perdido su verdadera esencia: esto es, la sencillez, pobreza y humanismo con la que vivieron los primeros cristianos. Y es que, durante la Edad Media, los fieles católicos temían el constante castigo divino por cualquier falta o desvío de sus actos.

Los herejes fueron conocidos en Italia con el nombre de patarinos, pifles en Flandes, maniqueos en Alemania y catharos o albigenses en Occitania (ya que el núcleo principal se hallaba en Albi), aunque entre ellos se identificaban como bons hommes (o dammes) y bons crestians (buenos cristianos). No tenían iglesias, creían en la transmigración de las almas y negaban la eficacia de los sacramentos católicos.

De su liturgia excluyeron el bautismo, la eucaristía y el matrimonio. De hecho, el catarismo puede considerarse un precursor de los enlaces civiles. Sólo los perfectos –el equivalente a los obispos católicos– eran vegetarianos, rechazaban la violencia y guardaban celibato; si no, ¿cómo es posible que el Languedoc se convirtiera en una de las zonas más pobladas de Europa, si se exigía la absoluta castidad de sus habitantes?

Se asume que la actitud cátara ante el matrimonio y el sexo fue una de las razones por las que los cátaros fueron considerados con verdadero horror por parte de los sacerdotes católicos. También contribuyó sobremanera, que el sacerdocio cátaro pudiera ser ejercido indistintamente por hombres y mujeres pudiéndose convertir estas últimas en perfectos.

UN ARAGONÉS CONTRA LOS HEREJES
Ante estas circunstancias, la Iglesia les persiguió con inquina. Pero antes de que el papa Inocencio III proclamara la cruzada contra los cátaros, un teólogo aragonés llamado Durand de Huesca, se situó en el centro de las disputas contra los herejes. Esa es, al menos, la conclusión de un estudio efectuado por Sergi Grau Torres, investigador vinculado al Instituto de Estudios Medievales de la Universidad Autónoma de Barcelona que reivindica la importancia de este personaje y de su obra. Se trata una de las pocas fuentes que existen en España para conocer la doctrina del catarismo y los orígenes de la valdesía.

Aunque muy a menudo los textos medievales emplean indiscriminadamente los términos valdense y cátaro, cada herejía tenía sus matices. Los valdenses, por ejemplo, surgieron a partir del movimiento de los Pobres de Lyon, capitaneado por Pedro Valdés, alrededor de 1170.

Dualistas como los cátaros, los valdenses rechazaban la veneración de imágenes, las oraciones a los santos o el culto a la cruz y las reliquias. Y es que las nuevas prácticas penitenciales de la Iglesia, se fundamentaron por entonces en un ritual que tenía como centro a las reliquias, dotadas de cualidades "milagrosas" que redimían simbólicamente del castigo de Dios a los pecadores.

Durand de Huesca convivió en Occitania con los valdenses y fundó una comunidad llamada "Pobres Católicos" que gozaba del respaldo del papa Inocencio. Su influjo se dejó notar en ciudades de Italia, el sur de Francia y la Corona de Aragón antes –incluso– de que Domingo de Guzmán se dedicara infructuosamente a la conversión de los herejes en los condados de Toulouse y Carcasona. Durand adquirió su formación eclesiástica en la escuela catedralicia de Huesca.

Escribió su primer libro cuando era un discípulo y admirador de Pedro Valdés, aunque se ignora si siguió los ideales valdenses o en qué momento entró en contacto con ellos. Sí conocemos –por Guillaume de Puylaurens– que el teólogo oscense estuvo presente, en el verano de 1207, en uno de los últimos debates abiertos que hubo en Pàmiers (en la región del Ariège) entre católicos y herejes. Hasta allí se desplazaron católicos de todas partes, como el obispo castellano Diego de Osma y el ya mencionado Domingo de Guzmán, para debatir con los valdenses, cátaros y miembros de otras herejías.

A raíz de aquellos diálogos, Durand viajará a Roma, acompañado de algunos compañeros occitanos, con objeto de presentar al Papa una nueva comunidad: los Pobres Católicos, cuya misión será la formación de clérigos instruidos específicamente para combatir a las herejías y a empatizar con las necesidades humanas, construyendo hospitales para el cuidado de los enfermos y niños abandonados. Pero, pese a la buena disposición vaticana, la suerte ya estaba echada.

LA CRUZADA ALBIGENSE
Los ideales cátaros se internaron en la Corona de Aragón y, especialmente en Cataluña, donde la similitud con el idioma occitano y el respaldo de la mediana nobleza jugarán a su favor y resultarán clave para su expansión. Es el caso del vizconde Arnau de Castellbó, una población situada en el Alto Urgell, Lleida, que era hermano de Esclaramunda de Foix, uno de los principales enclaves del catarismo en el sur de Francia. Por esa razón el obispo de la Seu d’Urgell promueve contra él, su hijo Guillem Ramón Josa y su hija Ermenssenda, un proceso por herejía que culminará en la iglesia de Santa Caterina de Barcelona.

También existió una importante comunidad cátara en Ciurana (Girona) que giraba en torno a un perfecto cátaro llamado Guillem de Sant Melé. Aunque el "catarismo" se estructuró sobre la base de un modelo de difusión que utilizaba los vínculos familiares y cuyas reuniones se realizaban en casas regentadas por mujeres –de acuerdo con Sergi Grau–, eventualmente emplearon algunas iglesias "díscolas" con el rumbo trazado por la curia. Es el caso de la diócesis de Urgell, donde un diácono cátaro (diaconus haereticorum Catalonia) predicaba impunemente por estos pagos.

En la actualidad, un itinerario turístico de 189 kilómetros, conocido como El camino de los hombres buenos, discurre por las rutas utilizadas por los cátaros durante los siglos XII y XIV, cuando los herejes huían de la cruzada albigense y la persecución inquisitorial. La senda empieza en el santuario de Santa María de Queralt, en Berga, discurre por las comarcas catalanas del Berguedà, donde estuvo exiliado en 1240 Raymond Trencavel, hijo de Raymond Roger que intentó en vano recuperar Carcasona, continúa por la Cerdanya, el Alt Urgell, el Solsonés y termina en el emblemático castillo de Montségur.

También hubo cátaros en Baztán (Navarra) donde pequeños grupos predicaban sus ideales heréticos a los peregrinos de la ruta Jacobea, pero más singular fue su expansión por los caminos empleados por los tejedores cátaros, es el caso de la ruta de la lana, que llega hasta Sabadell o, más al sur, hasta Morella, en Castellón, Valencia y Alicante. Esta diáspora fue posible por el apoyo no sólo de los nobles sino también de religiosos, mercaderes, artesanos y pastores. Estratos, en definitiva, que simpatizaban con el ideal de pobreza que predicaban y contra el derroche y la ostentación de la Iglesia.   

El último PERFECTO
En los albores del siglo XIV la presión contra los herejes había disminuido ostensiblemente. En 1309, aprovechando la gran circulación de personas que peregrinaban a Roma con motivo del año santo, un grupo de perfectos exiliados regresó al condado de Foix para contactar con antiguos creyentes que habían permanecido ocultos en la región y refundar así la fe de los hombres buenos. Entre ellos estaban dos hermanos, Guillermo y Pedro Autier, quienes convertirán en las montañas a un hombre de 30 años que venía huyendo de la justicia y que estaba llamado a ser el último obispo cátaro: Guillaume Bélibaste.

En efecto, Bélibaste había matado a palos a un pastor, tres años antes, y tuvo que huir de la justicia acompañando de uno de sus hermanos. Los dos fugitivos se toparon en las montañas con los perfectos de Autier y abrazaron la fe cátara. Al llegar a Foix serían detenidos por el Santo Oficio.

Guillermo y Pedro terminaron en la hoguera siendo pasto de las llamas. Mejor suerte corrió Bélibaste, quien logró fugarse de la prisión de Carcassone y establecerse temporalmente en Cataluña, con el falso nombre de Pere Peutiner. Su periplo empieza en Ampurias, después cambiaría de residencia; primero en Lleida y después en Tortosa, donde pasó tres años. Durante su paso por el principado estuvo en contacto con un noble defensor de la causa cátara: Raimundo de Tolosa, que moriría en el municipio catalán de Granadella, en 1316.

Un año antes, Bélibaste ya se había instalado en la zona del Maestrazgo, concretamente en Morella. Desde allí predicó que "los pueblos se alzarán contra los pueblos, los reinos contra los reinos, y será la guerra de todos contra todos…". También proporcionaba mensajes de esperanza que emanaban del renacimiento de aquella fe considerada herética por la Iglesia: "Vendrá un rey de la raza de los reyes de Aragón que dará de comer a su caballo sobre el altar de Roma. La Iglesia romana será rebajada y la Iglesia cátara exaltada, y sus ministros honrados en todas partes…".

Bélibaste predicaba de manera conmovedora acerca de no rendirse nunca al pecado de la desesperación, de la necesidad de amarse los unos a los otros, de cómo el buen Dios nos esperaba a todos más allá. Lo hacía desde Morella, cerca del delta del río Ebro, en la provincia de Castellón. Poco después se trasladaría a la vecina localidad de San Mateo, donde conocerá a Arnaud Sicre, un hombre que ganará su confianza y que, a la postre, le traicionará en la primavera de 1321, cuando Sicre convenció al último perfecto para que viajase a la Cerdaña so pretexto de ofrecer el consolament a una hermana y una tía suyas.

"El consolament –explica la historiadora Montse Rius– era un sacramento cátaro que se comprometía a dar ejemplo, consolar y aconsejar a los demás. Suponía, además, la renuncia a comer carnes, al sexo o la violencia". La tía de Sicre era anciana y estaba enferma, por lo que no tenía posibilidad de viajar a Morella. Bélibaste picó el anzuelo y las autoridades del condado de Foix le apresaron.

La noticia de su captura corrió como la pólvora y los fieles de Sant Mateu y Morella se dispersaron por los cuatro vientos para vivir como proscritos el resto de sus vidas. El perfecto más peculiar de la historia cátara fue condenado a la hoguera en Villerouge-Termenés, un pueblo situado en el corazón de la región que le vio nacer: Corbiéres. El grupo de Bélibaste vivió durante más de doce años en la Corona de Aragón hasta que, finalmente, fueron capturados. Tras el interrogatorio se dispuso su traslado al convento de los dominicos de Lleida. Terminaron sus días en la prisión del Muro de Carcasona, condenados a cadena perpetua tras ser "reconciliados" con la Santa Madre Iglesia.

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