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¿Matrimonio o pacto de Estado?

Lunes 23 de Febrero, 2015
Con el fin de silenciar los rumores, zanjar la polémica y evitar la guerra civil (que estallaría igualmente), el rey Enrique IV cedió a la presión y, en el pacto de los Toros de Guisando (1468), reconoció a Isabel como princesa de Asturias (el infante Alfonso ya había fallecido) y, por tanto, heredera de la Corona de Castilla. Alberto de Frutos
Más que un gesto de generosidad, Enrique pretendía con este movimiento controlar a su hermanastra, a quien puso como condición que contrajera matrimonio con Alfonso V de Portugal. Su estrategia era clara: si su hermanastra se casaba con él, no solo se convertiría en la reina consorte del país vecino, sino que, en virtud del mismo tratado, se proclamaría reina de Castilla, con lo que podría materializarse la ansiada reunificación de los reinos peninsulares.
 
Otro candidato en discordia era Pedro Girón, maestre de Calatrava, cuyas lealtades evolucionaron radicalmente a lo largo de su biografía
 
Desde el punto de vista político, nadie podía albergar dudas sobre los beneficios que reportaría el enlace, pero, desde la óptica personal, no era la opción más apetecible para Isabel. Fernando el Católico constituía la otra alternativa en liza, auspiciada por Juan II de Aragón, el padre de Fernando. En este caso, la boda conllevaría la unión de dos poderosos reinos, Castilla y Aragón, y la diferencia de edad entre los contrayentes era mucho más ajustada (un año frente a los diecinueve con Alfonso).
Otro candidato en discordia era Pedro Girón, maestre de Calatrava, cuyas lealtades evolucionaron radicalmente a lo largo de su biografía. Creció con su hermano Juan Pacheco en la corte y, cuando Enrique IV heredó el trono, este nombró valido a Juan y a él le otorgó varios títulos nobiliarios. Con el transcurrir del tiempo, se enemistaría, sin embargo, con el rey, tras ser desplazado su linaje en favor de Beltrán de la Cueva. En la farsa de Ávila (1465), un grupo de nobles proclamó rey a Alfonso, el hermano de Isabel la Católica, y Girón apoyó su causa. Con el fin de atraerse de nuevo sus simpatías, Enrique le propuso la mano de Isabel, pero Girón murió repentinamente en 1466, y el proyecto se frustró.
 
El matrimonio entre Isabel y Fernando presentaba, no obstante, un serio inconveniente: sus lazos de consanguinidad
 
A la postre, Isabel no cumplió con el “deber fraterno”, y en 1469 se casó con Fernando de Aragón, lo que hizo que Enrique declarara nulo el tratado de los toros de Guisando y en 1470, mediante la ceremonia de la Val de Lozoya, restituyera los derechos sucesorios de su hija, Juana la Beltraneja.
 
CON LA IGLESIA HEMOS TOPADO
El matrimonio entre Isabel y Fernando presentaba, no obstante, un serio inconveniente: sus lazos de consanguinidad, ya que eran primos segundos –esto es, sus abuelos eran hermanos–, un brete que solo podría solventarse con una bula papal. Ante el temor de ganarse la enemistad de otros reinos, el papa Paulo II no se decidía a firmar la dispensa, y, a la hora del enlace, se presentó una falsa bula, pretendidamente firmada en 1464 por el antecesor de Paulo en la silla de Pedro, Pío II. Al “engaño” contribuyeron el enviado de la Santa Sede Rodrigo de Borgia y el entonces obispo de Segovia, Juan Arias, quien firmaría las capitulaciones. Al no haber, al menos oficialmente, impedimentos eclesiásticos, la ceremonia se celebró el 18 de octubre de 1469 en el palacio de los Vivero en Valladolid, con la presencia del arzobispo de Toledo y de Diego Rangel como notario.
Como es evidente, los esponsales no habían sido bendecidos por Enrique IV, y se desarrollaron en las circunstancias más rocambolescas: Isabel acudió al recinto poniendo como excusa que iba a visitar la tumba de su hermano Alfonso, fallecido el año anterior y enterrado en Ávila, mientras que Fernando tuvo que cruzar Castilla disfrazado de mozo de mulas.
Hubo que esperar a la muerte de Paulo II para que Sixto IV, consumado ya el matrimonio, concediera la bula definitiva, fechada el 1 de diciembre de 1471 y conservada hoy en el archivo de Simancas.
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