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El náufrago de la conquista

Jueves 02 de Marzo, 2017
Álvar Núñez Cabeza de Vaca fue el descubridor que nos legó la epopeya más fascinante del Descubrimiento de América, los Naufragios.
Por Eva Díaz Pérez

Travesías históricas: Viajeros andaluces que contaron el mundo (Fundación José Manuel Lara, 2017) es el último libro de la escritora Eva Díaz Pérez. Por cortesía de la editorial, reproducimos aquí el capítulo sobre Álvar Núñez Cabeza de Vaca.

Esta historia termina con un anciano que recorre las calles de Sevilla, que deambula algo trastornado por los laberintos de su memoria. En la geografía de sus recuerdos aparecen tierras exóticas y terribles, hombres salvajes, hambre antigua y tormentas asesinas. Nadie que contemple a este viejo enjuto diría que protagonizó una expedición mítica, una odisea digna de Ulises, una expedición que duró diez años y en la que de los seiscientos marineros que partieron sólo sobrevivieron cuatro.

Uno de ellos es este hombre que sólo espera la muerte y que la posteridad conocerá como Álvar Núñez Cabeza de Vaca, nacido en Jerez allá por el año 1490, uno de los miembros de la fracasada expedición de Pánfilo de Narváez, que exploró la Florida y el suroeste de Estados Unidos y el norte de México.

Fue ésta una expedición sin conquistas ni riquezas pues casi todos perecieron, como había predicho una mora del pueblo pacense de Hornachos, según refirió el propio Cabeza de Vaca en la narración que escribió del viaje. Consciente de que la odisea no había traído glorias ni héroes, Cabeza de Vaca –único superviviente junto a Alonso del Castillo Maldonado, Andrés Dorantes y Estebanico, «negro alárabe, natural de Azamor»– decidió escribir el relato de lo ocurrido en una crónica titulada Naufragios.

UNAS INDIAS SIN DORADOS
Naufragios apareció en 1542 en Zamora, y relata cómo los españoles recorrieron hasta 8.000 kilómetros, se convirtieron en esclavos y curanderos y anduvieron desnudos y sin ver a «otros cristianos» durante años. La narración es ejemplo de un viaje lleno de frustraciones, miseria, hambre, desolación y fracaso. Unas Indias sin Dorados. «De cuantas armadas a aquellas tierras han ido ninguna se viese en tan grandes peligros ni tuviese tan miserable y desastrado fi n», escribe el explorador andaluz.

La relación puede considerarse también como unas memorias, una estrategia narrativa para transformar un desolado viaje en un itinerario épico, una nueva victoria española, que Cabeza de Vaca tributaba al emperador Carlos V. Recordar con la pátina de una hazaña lo que había sido una derrota. Frente a la épica de los conquistadores, el fracaso de Cabeza de Vaca ha atraído a escritores como el diplomático Abel Posse, que lo convirtió en protagonista de su novela El largo atardecer del caminante, o a realizadores como Nicolás Echevarría que rodó la película Cabeza de Vaca con Juan Diego interpretando al explorador. Una de las escasas cintas que la filmografía española ha dedicado al sugerente tema de los viajes y expediciones a las Indias. La expedición «para conquistar y gobernar las provincias desde el río de las Palmas hasta el cabo de la Florida» estaba gobernada por Pánfilo de Narváez y partió de Sanlúcar de Barrameda el 17 de junio de 1527. El alférez Álvar Núñez Cabeza de Vaca era tesorero y alguacil mayor. Ya desde el principio hubo problemas en los cinco barcos en los que viajaba una tripulación compuesta por seiscientos hombres. En Santo Domingo desertaron hasta 140 y otros tantos murieron a causa de los huracanes y tormentas con que se encontraron.

La expedición llega a la actual bahía de Port Charlotte, entonces habitada por los indios calusas, precisamente los que sólo unos años antes habían matado al explorador Ponce de León, descubridor de la Florida, con una flecha envenenada

LA FIEBRE DEL ORO
Por miedo a los indios que habitaban en la costa, los expedicionarios remontaron el río Grande creyendo que al norte encontrarían oro. Pronto llegaron a territorios que no habían pisado los europeos, tierras vírgenes e inhóspitas sobre las que nada se sabía. En la provincia de Apalache «íbamos mudos y sin lengua, por donde mal nos podíamos entender con los indios, ni saber lo que de la tierra queríamos, y que entrábamos por tierra de que ninguna relación teníamos, ni sabíamos de qué suerte era, ni lo que en ella había, ni de qué gente estaba poblada, ni a qué parte de ella estábamos», explica con desconcierto Cabeza de Vaca. Probablemente, uno de los mayores sufrimientos de los viajeros fue el hambre, constante a lo largo de los diez años que duró la odisea. «Con poca dificultad nos podían contar los huesos, estábamos hechos propia fi gura de la muerte. De mí sé decir que desde el mes de mayo pasado yo no había comido otra cosa sino maíz tostado». La relación de Cabeza de Vaca es un documento excepcional por ser la primera descripción que un europeo hace de las tierras que hoy forman parte de los Estados Unidos. Sobre la tierra de Apalache explica que hay «nogales y laureles, y otros que se llaman liquidámbares, cedros, sabinas y encinas y pinos y robles, palmitos bajos, de la manera de Castilla». Y que las casas «están tan esparcidas por el campo, de la manera que están las de los Gelves».

En muchas ocasiones, los expedicionarios fueron heridos por las terribles flechas de los indios. «Cuantos indios vimos desde la Florida aquí todos son flecheros; y como son tan crecidos de cuerpo y andan desnudos, desde lejos parecen gigantes», apunta Cabeza de Vaca.

Lee el reportaje completo en el nº141 de la revista Historia de Iberia Vieja

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