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El ocaso de los caballeros templarios

Miércoles 20 de Septiembre, 2017
Así murió la orden más poderosa del mundo: los caballeros del Templo de Salomón.
Por: Josep Guijarro

En los 196 años de existencia de los la Orden del Templo los objetivos iniciales de la orden, esto es, la defensa de los peregrinos que se dirigían a Tierra Santa primero y a Roma, Santiago de Compostela y otros Santos Lugares después, se alejaron paulatinamente en tanto se estrechaban los lazos y la colaboración de los monjes de la cruz paté con las sectas esotéricas islámicas, concretamente con los Sufíes Ashashins (los asesinos) con los que se dice hubo una alianza contra los caballeros Hospitalarios. En 1259 estalló una guerra abierta entre ambas órdenes que culminó con la pérdida de la mítica ciudad de Tiro por parte de los Hospitalarios de San Juan. Parece que los seguidores de Hasan Ibs Sabath, apodados los asesinos,  pagaron tres mil monedas de oro a los Templarios por su ayuda en la consecución del territorio. Pero, ¿esta alianza era fruto de la consecución de bienes por parte de la orden o había algo más?

La alianza ya existía años antes. En el año 1129 el Papa dirigió una fuerza expedicionaria contra Damasco. Los caballeros templarios, sin embargo, actuaron por su cuenta desobedeciendo los deseos del Papa. Cuando el rey Federico II de Sicilia emprendió su primera cruzada a Egipto, los templarios conspiraron con el sultán para que la campaña fuera un fracaso. Pero, ¿cómo era posible que los paladines del Cristianismo pactaran con los ismailitas?

Es un hecho histórico que los ismailitas estaban decididos a hacerse cristianos si es que ello les permitía ganar ascendencia, convertirse cristianos en la superficie. Como sea el rey Federico II se vengó apropiándose de las tierras que los templarios poseían en Italia y Sicilia y éstos, a su vez, respondieron a la acción conquistando las tierras de Federico en Siria que se hallaban bajo la protección de los caballeros teutónicos.

Este tipo de acciones debilitó enormemente a la orden, al menos, políticamente y reafirmaron una creencia extendida de que los caballeros se dejaban guiar por una insaciable sed de riqueza. En este sentido hay una anécdota curiosa; Un grupo de templarios fue enviado a un convento próximo a Damasco en el que se decía tenían lugar milagros. Al parecer, una estatua de la Virgen María se había revestido de carne y, de sus pezones, brotaba un líquido que poseía cualidades taumatúrgicas y borraba el pecado. Los caballeros del temple regresaron del convento con una notable cantidad del misterioso bebedizo que embotellaron y vendieron a los crédulos peregrinos que viajaban por aquellos lares.

El inicio del fin, sin embargo, no tardaría en trazarse. Los sarracenos tomaron de nuevo Jerusalén en 1291 y fueron expulsados de Tierra Santa. La pérdida de la casi totalidad de Outremer a favor de los musulmanes les arrebató su razón de ser. Sin ninguna tierra infiel que conquistar la orden volvió su atención hacia Europa buscando una justificación a su existencia. El nuevo cuartel general se instaló en Chipre y trataron de gozar de un estado propio dotado de una autoridad y autonomías similares a las que desde mediados del siglo XIII gozaban los caballeros teutónicos en un principado independiente al que llamaron Ordenstaat y que abarcaba casi todo el Báltico oriental. Las desgracias, sin embargo, no harían más que empezar. Dos miembros renegados de la orden, Roffo Dei y el prior Montfaucan buscaron la protección del rey Felipe el Hermoso. Éste se la concedió a cambio de pruebas concretas que acusaran a los caballeros templarios de sus actividades secretas.

La aversión del rey de Francia hacia los templarios tenía una doble razón de ser. Por un lado el monarca se enfrentaba a la bancarrota y debía a los templarios una considerable cantidad de dinero. Por otra parte, Felipe IV conocía y ambicionaba las inmensas riquezas de la orden que, poco después vería durante una visita al cuartel general de los templarios en París.

Felipe IV consiguió el apoyo del Papa, a la sazón  Clemente V, y urdieron un plan para que el Gran Maestre Jacques de Molay abandonara su residencia en Chipre y viajara hasta Francia con el propósito de tejer una nueva Cruzada en la que se recuperara Jerusalén. Jacques de Molay, acompañado por su guardia personal de valerosos caballeros, dejó los 150.000 florines de oro y seis caballos cargados de plata en la casa capitular de la Orden en París y cayó en la trampa del monarca y el Santo Padre siendo arrestado como hereje.

 

FELIPE IV el Hermoso era un rey vanidoso, astuto y depravado. Manejaba los hilos de la casa real con mano firme, sometiendo a todo aquel que pudiera hacer sombra a su poder. Doblegó a los nobles más influyentes y convirtió al papa Clemente V en poco menos que una marioneta en sus manos.

Lo único que escapaba a su dominio era la poderosa y rica Orden de los Templarios.

Con los primeros rayos de sol del viernes 13 de octubre de 1307, las tropas de Felipe IV irrumpían simultáneamente en todos los castillos, conventos y encomiendas templarias del país. La Casa del Temple de París fue ocupada por una tropa liderada por la mano derecha del rey, el canciller de Francia Guillermo de Nogaret. Para su sorpresa, los caballeros de la cruz paté arrojaron sus armas al suelo nada más verlos. Ni Molay ni sus hombres opusieron la menor resistencia a ser capturados, pese a disponer de una amplia formación militar. Es cierto que su Regla interna no les permitía levantar la espada contra otro cristiano, pero, aun así, es extraño que miles de templarios se dejaran apresar sin poner la menor oposición. Por otro lado, cabe plantearse cómo la orden más poderosa del momento, con una gigantesca red de edificios y miles de espías repartidos por toda Francia, pudo no enterarse del importante operativo que se estaba organizando en su contra. ¿O quizás sí estaban avisados?

Sea como fuere, Felipe IV puso en marcha un implacable proceso.

Probablemente, encontrar las arcas del Temple vacías y sentir que se estaban burlando de él lo enfureció aún más. Así que, basándose en denuncias probablemente falsas emitidas por antiguos templarios expulsados de la orden, los acusó de una serie de atrocidades capaces de escandalizar hasta al más indolente.

Pronto los inquisidores de los tribunales provinciales comenzaron a infligir terribles martirios a los monjes, con el fi n de que reconocieran estos cargos de herejía, y así ocurrió. Algunos caballeros confesaron lo que los comisarios querían escuchar, incluido el propio Jacques de Molay, lo que colocó a sus hombres de camino a la hoguera.

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