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El ocaso de los templarios

Sábado 09 de Diciembre, 2017
Los templarios tenían un enorme poder, riqueza e influencia. Al rey francés, Felipe IV, no le interesaba. Así provocó el fin de la Orden.

Felipe IV el Hermoso era un rey vanidoso, astuto y depravado. Manejaba los hilos de la casa real con mano firme, sometiendo a todo aquel que pudiera hacer sombra a su poder. Doblegó a los nobles más influyentes y convirtió al papa Clemente V en poco menos que una marioneta en sus manos. Lo único que escapaba a su dominio era la poderosa y rica Orden de los Templarios.

Con los primeros rayos de sol del viernes 13 de octubre de 1307, las tropas de Felipe IV irrumpían simultáneamente en todos los castillos, conventos y encomiendas templarias del país. La Casa del Temple de París fue ocupada por una tropa liderada por la mano derecha del rey, el canciller de Francia Guillermo de Nogaret.

Para su sorpresa, los caballeros de la cruz paté arrojaron sus armas al suelo nada más verlos. Ni Molay ni sus hombres opusieron la menor resistencia a ser capturados, pese a disponer de una amplia formación militar. Es cierto que su Regla interna no les permitía levantar la espada contra otro cristiano, pero, aun así, es extraño que miles de templarios se dejaran apresar sin poner la menor oposición.

Por otro lado, cabe plantearse cómo la orden más poderosa del momento, con una gigantesca red de edificios y miles de espías repartidos por toda Francia, pudo no enterarse del importante operativo que se estaba organizando en su contra. ¿O quizás sí estaban avisados? Sea como fuere, Felipe IV puso en marcha un implacable proceso.

Probablemente, encontrar las arcas del Temple vacías y sentir que se estaban burlando de él lo enfureció aún más. Así que, basándose en denuncias probablemente falsas emitidas por antiguos templarios expulsados de la orden, los acusó de una serie de atrocidades capaces de escandalizar hasta al más indolente.

Los inquisidores de los tribunales provinciales comenzaron a infligir terribles martirios a los monjes, con el fin de que reconocieran estos cargos de herejía, y así ocurrió. Algunos caballeros confesaron lo que los comisarios querían escuchar, incluido el propio Jacques de Molay, lo que colocó a sus hombres de camino a la hoguera.

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