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El papel de la Inquisición en el "Nuevo Mundo"

Jueves 09 de Noviembre, 2017
El Santo Oficio, como muchas otras cosas de manufactura española, también llegó a los dominios americanos de Nueva España.

La Inquisición española trasladó los tentáculos de su influencia y dominio allende las fronteras logrando establecerse en América. Según la información publicada por Mado Martínez en el nº149 de Historia de Iberia Vieja, tres fueron las principales delegaciones que se instalaron y desde donde se ejercía el control en el territorio colonial americano: los tribunales de Lima y México, fundados en el año 1579, y el tribunal de Cartagena de Indias, fundado en 1610. Allí, los inquisidores, ampliamente entrenados en el arte de perseguir todo sistema de creencias ajeno al credo católico, así como toda práctica considerada herética –brujería–, ampliaron sus horizontes a fi n de evitar que las prácticas judaizantes traspasaran las fronteras pervirtiendo a los indígenas, pero también para asegurar el triunfo de la fe y la moral cristiana sobre el pecado.

LA INQUISICIÓN EN MÉXICO
Los indígenas de la Nueva España creían que las artes mágicas eran algo divino, un don ampliamente institucionalizado en su rico corpus de creencias, un privilegio sagrado. Tal y como señalaba Bernardino de Sahagún en Historia General de las cosas de la Nueva España, obra de referencia para antropólogos e historiadores, existía una élite de individuos expertos en el manejo y transmisión de esta suerte de poderes sobrenaturales: «quien nacía bajo el signo ce-ehécatl (uno-viento), si pertenecía a la nobleza, sería embaucador, hechicero, nigromante y nahual», es decir, tendría el poder de transfigurarse en animal; «si fuese un hombre corriente o macehual,  también sería embaucador y mago, de aquellos que se llaman temacpalitotique, seres capaces de encantar el sueño o de hipnotizar a los habitantes de una casa para asaltarlos»; pero, si era mujer, «sería hechicera o mometzcopinqui, de aquellas que de noche se arrancaban las piernas y se ponían alas de petate (tejido de palma) para volar».

Particularmente fascinante resultaba esa categoría de brujo mesoamericano que era capaz de adquirir los poderes del nahual o espíritu animal con el que se identificaba.

De acuerdo a sus creencias, un brujo podía ver con los ojos de un águila, rastrear con el olfato de un coyote o atacar a su enemigo con la fuerza de un jaguar.

El etnógrafo Eduard George Seler, tomando como referencia la clasificación de Fray Bernardino de Sahagún, llegó a catalogar unas quince clases de hechiceros varones y unas seis clases de brujas o hechiceras mujeres.

El historiador mexicano Alfredo López Austin fue más allá, llegando a contar hasta cuarenta clases de magos distintos en su obra Cuarenta clases de magos del mundo nahual.

Con este panorama, los misioneros se frotaron las manos: trabajo no les iba a faltar. Por su parte, y por contradictorio que pueda parecer, el ojo inquisitorial no tenía por objetivo fijarse en los brujos indígenas, sino en los “fieles” conversos al cristianismo que desembarcaron en el Nuevo Mundo.

El grupo del denominado “criptojudaísmo” fue uno de los que más persecución sufrió por parte de la inquisición en el país azteca. Dentro de este grupo destacaron los casos contra Luis de Carvajal y de la Cueva y Nicolás Aguilar. El primero fue acusado de haberse hecho rico con el tráfico de esclavos indios, con el agravante de que según los rumores, practicaba ritos judíos, entre muchos otros cargos. En 1590 le condenaron a exiliarse de aquellas tierras durante seis años, pero murió antes de que la condena le fuera impuesta, probablemente debido a los maltratos sufridos en las cámaras de tortura y prisiones inquisitoriales. Menos suerte tuvo su familia –un total de nueve miembros, incluyendo a mujer, hijos y sobrinos–, quien seis años más tarde, en 1596, fue procesada y sentenciada a morir en la hoguera del Zócalo de Ciudad de México. Uno de los sobrinos llegó incluso a suicidarse saltando desde una ventana para evitar la tortura, lo que da una idea de las castigos sufridos. El segundo caso, el de Nicolás Aguilar, casado con una mujer nativa llamada Purépecha, funcionario civil en tierras de Nuevo México, trató de proteger a los indígenas de Tompiro de los abusos de los sacerdotes franciscanos. Pagaría caro el atrevimiento, pues los religiosos empezarían a quejarse y a acusarle de herejía. Nicolás Aguilar se defendió de la acusación pero fue igualmente sentenciado a someterse públicamente a un acto de fe, a ser expulsado de Nuevo México durante un año y a no poder ejercer cargo público durante diez años.

Otro grupo que sufrió gran persecución fue el de los homosexuales. Un total de 123 personas fueron arrestadas en 1658 por sospecha de conducta homosexual. Al parecer, 99 de ellos lograron escapar y desaparecer del mapa, eludiendo así la mano ejecutora de aquella “justicia”. No tuvieron tanta fortuna los 14 que fueron sentenciados a morir en la hoguera. Tampoco el grupo de personas sabias y eruditas estaba a salvo: los frailes como fray Diego Rodríguez – catedrático de astronomía y matemáticas de la Real y Pontificia Universidad de México–, quien trató de introducir las ideas de Galileo y Kepler en el Nuevo Mundo, tuvo la osadía de pretender que la teología y la metafísica estuvieran fuera de los planes de estudios universitarios, e incluso fue más allá reuniéndose clandestinamente con un círculo de académicos para discutir las nuevas ideas científicas, no escapó a la persecución y quema de libros.

Lee el reportaje completo en el nº149 de la revista Historia de Iberia Vieja.

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