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Ascenso y caída del Marqués de Leganés

Lunes 20 de Junio, 2011
Fue uno de los personajes más relevantes que rodearon al Conde Duque de Olivares en un siglo, el XVII, de oro en las letras y de bronce en los demás aspectos. Primo del valido y hombre de armas que alcanzó grandes victorias y sonados fracasos, obtuvo numerosos títulos y dirimió algunos de los más delicados asuntos de Estado en la corte del cuarto Felipe. Diego Mexía Felípez de Guzmán, el Marqués de Leganés, injustamente olvidado por la historiografía hispana, contribuyó a impulsar el repoblamiento de la villa que lleva su nombre, actualmente una de las localidades de mayor relevancia y densidad de población de la capital española. Por: Óscar Herradón
El que habría de convertirse en uno de los militares más destacados del reinado de Felipe IV, cuando España caminaba inexorable hacia el declive que borraría las glorias de imperios pasados, nació probablemente en 1580, fecha que no ha podido ser confirmada, al igual que su lugar de nacimiento, que permanece en el anonimato. Perteneciente a una rama segunda de los Guzmán, apellido que llevaría a las más altas cotas de celebridad el Conde Duque de Olivares, primo de nuestro protagonista, Diego Mexía Felípez de Guzmán era el hijo menor, el cuarto, de Diego Velázquez Dávila Messía de Ovando, primer conde de Uceda y marqués de Loriana y de Leonor de Guzmán y Rivera –con quien se casó en segunda nupcias-, tía del poderoso valido.

Educado como era menester para alguien de su posición, pronto comenzaría a rodearse de personas influyentes, además de su primo, y a frecuentar los ambientes cortesanos. En 1614 ingresó en la Orden de Santiago, donde acabaría siendo caballero de hábito Trece y Comendador Mayor de la Orden militar por excelencia en aquella España tan devota. Gracias a sus vínculos familiares su ascenso sería bastante rápido, lo que desataría las críticas contra su persona durante toda su vida. Según sus contemporáneos era una persona afable, de notable inteligencia y de buen gusto para el arte, siendo uno de los mecenas más destacados de aquellos tiempos.

Debido, como ya he señalado, al favoritismo de Olivares con su parentela de origen nobiliario, Diego se vio recompensado en 1627 con el título de vizconde de Butarque, nombre del arroyo en cuya vega se sitúa la localidad de Leganés, cuyo marquesado le fue otorgado el 15 de marzo de ese mismo año, aunque ya era dueño de la jurisdicción y derechos reales sobre la villa desde 1626. Siguiendo el ejemplo de su primo, valido del rey, añadió el apellido Felípez (Phelípez) en honor al monarca Felipe IV, pues ganarse el favor del soberano era el principal anhelo de la nobleza, y la mejor manera, claro está, de alzarse con títulos y rentas. Desde que entró en la mayoría de edad fue incrementado su patrimonio territorial, una de sus principales obsesiones y razón principal para que más tarde la villa de Leganés acabara por convertirse en un municipio de gran importancia en el organigrama de la capital.

Muchos años antes de alcanzar los títulos citados, Diego Mexía comenzó una notable carrera militar que le granjeó grandes éxitos y sonados fracasos, dicotomía que podríamos extrapolar a todos los aspectos de una España llena de luces y sombras, en la que finalmente triunfaría el pesimismo y la tragedia, la misma que recogerían con refinada pluma e hiriente ironía los maestros del Siglo de Oro. El marqués de Leganés fue uno de los testigos directos del inexorable declive de los Austrias hispanos. Gracias a la posición que ocupaba, vivió de primera mano el ascenso y la caída de Olivares, el declive de Felipe IV que pasaría de ser un príncipe instruido, galante y mujeriego a un hombre enfermizo y atormentado y cómo el antaño glorioso imperio español caía bajo la influencia de una Francia cada vez más poderosa bajo personajes de tanto calado como Luis XIV, Richelieu o el cardenal Mazarino.

Aunque la vida en la corte le apasionaba, y era esencial para escalar posiciones, su azarosa vida militar le obligaría a largas ausencias de la capital en diversos países en los que la Corona tenía intereses.

Existe evidencia documental de que ya en 1600, con la llegada del nuevo siglo, nuestro protagonista se había enrolado en los ejércitos de Flandes, ciudad que tendría una importancia capital en su vida y su carrera militar y a la que había acudido en calidad de menino de la archiduquesa Isabel junto a un amplio cortejo real. Entonces, un golpe de fortuna se cruzaría en su camino siendo apenas un adolescente. Ese mismo año salvó la vida al Archiduque Alberto de Austria en la primera batalla de las Dunas, que tuvo lugar cerca de la ciudad belga de Nieuwport y en la que se enfrentaron las fuerzas de las Provincias Unidas de los Países Bajos bajo el mando de Mauricio de Nassau y los españoles, que supuso una grave derrota para estos últimos.

Diego, joven pero ambicioso e inteligente, sabría rentabilizar bien a lo largo de su vida ese golpe favorable del destino. Poco después de aquel heroico acto, fue nombrado por el Archiduque gentilhombre de su cámara y a partir de entonces gozó de un puesto relevante en las batallas contra los holandeses, pasando a engrosar las filas de los célebres tercios a una edad temprana.

A partir de 1618, su insigne protector le encargó importantes misiones como maestro de campo. Su carrera militar desde entonces fue vertiginosa, y Diego participó en batallas de renombre para las armas españolas, como la campaña del Palatinado, en 1620, o la batalla de Juliers, en 1622, como capitán de caballos y maestre de campo junto al generalísimo de los ejércitos de Flandes Ambrosio Spínola, que estableció una relación de padrinazgo con el joven, quien, como veremos más adelante, acabaría por convertirse en su yerno.

Diego Mexía, amante del arte y mecenas –ver recuadro-, aunque en Juliers no ocupó puestos de gran relevancia, apareció en primer plano, a caballo, junto a Spínola en uno de los cuadros que decorarían más tarde el Salón de Reinos del Palacio del Buen Retiro, concretamente en la obra titulada La Rendición de Jüliers, pintada por Jusepe Leonardo de Chavacier. La razón de que ocupara aquel puesto de preeminencia en el cuadro se hallaba en que el conde de Bergh, quien sí participó activamente en la lucha y contribuyó notablemente a la victoria hispana, se convirtió en traidor a la Corona en 1632, antes de que se realizase el cuadro, y por tanto no podía formar parte de la flor y nata de la nobleza militar.
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