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Australia, el otro gran descubrimiento

Viernes 29 de Junio, 2018
No sólo hemos descubierto América. El hallazgo del Nuevo Mundo fue tan importante que nos hemos olvidado de otros hitos, como el hecho de que fuimos los primeros en surcar los mares que conducían a esta inmensa isla-continente a la que pusimos un nombre que evocaba a la dinastía de los Austrias. La historia olvida cosas y las pone a pie de página, pero nosotros le devolvemos el espacio que nunca debían haber perdido y que te ha llevado a enterarte ahora mismo de que las huellas de Australia son... españolas. Carlos A. Font Gavira

Cuando Cristóbal Colón desembarcó en unas pequeñas islas de las Bahamas en octubre de 1492, se inició un proceso de cambios de gigantescas proporciones que transformó el mundo conocido hasta entonces. Todo el esfuerzo descubridor-colonizador se centró en el nuevo continente, pero, a la vez, prosiguieron los esfuerzos para consumar el proyecto original colombino: llegar a Oriente (China-Catay) por Occidente.

Siguiendo la idea matriz de Colón, otras expediciones españolas se embarcaron para descubrir un paso hacia Oriente. Ahí estriba la importancia del descubrimiento de la Mar del Sur (Océano Pacífico) por las huestes de Vasco Núñez de Balboa. La inmensidad azul de un ignoto océano se abría ante los expedicionarios españoles, que poco tardaron en surcar sus aguas abriendo nuevas rutas a la exploración.

Este interesante capítulo de la Hª de España, la de la exploración del Pacífico, estuvo jalonado de expediciones en las que no faltaron el valor ni el derroche de pericia. Fiel reflejo de ello fue la célebre expedición capitaneada por Fernando de Magallanes (1480-1521), cuyo objetivo era alcanzar las islas de la Especiería (actual Indonesia). Después de un viaje muy accidentado el vascongado Juan Sebastián Elcano culminaría el viaje de regreso a España, con las bodegas de la nao Victoria repletas de especias y, lo más importante, con la magna hazaña geográfica de haber circunnavegado la esfera terrestre por primera vez.

Después de este primer viaje al Pacífico se abrió la veda para nuevas expediciones que consolidaron las rutas existentes y abrieron otras nuevas. En el discurrir del siglo XVI portugueses y españoles eran los únicos concursantes de esta peculiar carrera. En 1525 se organizó una gran expedición con objeto de seguir la misma ruta que llevó a cabo Magallanes y someter a las Molucas, un archipiélago que quedaba en el mismo centro de la rivalidad comercial entre los dos pueblos ibéricos. Se armaron y pertrecharon siete naves que desplazaban más de 1.000 Tms al mando del comendador de la Orden de San Juan García Jofre de Loaysa.

Las naves de Loaysa corrieron distinta suerte, puesto que sólo una, la capitana Santa María de la Victoria, arribó a las Molucas. El resto corrieron desigual suerte: la carabela Santa María del Parral llegó a Mindanao (Filipinas), el patache Santiago, separado de la flota principal, puso rumbo a México y llegó al golfo de Tehuantepec pero, sin duda, el paradero de la carabela San Lesmes es el que más dudas ha despertado, desde que naufragó en una de las islas de las Marquesas hasta que se perdió en el archipiélago de Tuamotu o encalló en el atolón de Amanu.

Esta última conjetura se vio apoyada por el descubrimiento de un cañón español en 1929 por el capitán francés François Hervé. El conservador de la Biblioteca Nacional de París, Roger Hervé (sin parentesco con F. Hervé), alimentó esta hipótesis con documentos cartográficos y datos, recogidos en su obra Découverte fortuite de l’Australie et de la Nouvelle- Zélande par des navigateurs portugais et spagnols entre 1521 e 1528.

El periplo que supone Hervé es atrevido, al postular que la San Lesmes arribó a las costas de Nueva Zelanda y, posteriormente, a las del sur de Australia. Los tripulantes españoles habrían abandonado la carabela y, en algún otro tipo de embarcación, recorrido el litoral Este australiano hasta llegar al cabo de York, donde fueron apresados o asesinados por los portugueses.

El caso de la San Lesmes no es nada extraño, puesto que con cierta facilidad se extraviaban o desaparecían barcos, sobre todo al navegar por aguas desconocidas. Otro ejemplo lo testimonia la flota de Álvaro de Saavedra en 1527, que perdió dos de sus tres barcos en las proximidades de las islas Marianas.

Pocos años después del desconcertante final de la San Lesmes, a miles de kilómetros se decidía quiénes serían los dominadores de las islas del Pacífico mediante el Tratado de Zaragoza (1529). Carlos I prefirió no tener problemas con los portugueses y renunció a todos sus derechos sobre las Molucas en favor de Portugal.

A partir de esa fecha, España concentró sus esfuerzos en colonizar las islas y tierras que se descubriesen al Este de las Molucas. Inconscientemente, y desde el punto de vista geográfi co, el tratado fi rmado abría la posibilidad a España de descubrir y colonizar islas como Nueva Guinea o la mismísima Australia.

JUEGO DE MAPAS
Portugal mantuvo su posición hegemónica en las islas del Maluco, aprovechando la base establecida en Malaca (actual Malasya) desde los tiempos de la expedición militar de Alfonso de Albuquerque (1511). Las naves portuguesas también habían establecido bases comerciales en otras islas de Indonesia como Timor, el grupo de islas de las Banda, y las islas de Ternate y Amboina en las Molucas.

Antes del viaje de Magallanes y Elcano, el pequeño reino luso dominaba el comercio de las especias al ocupar todas las posiciones clave de dicho comercio. Este imperio comercial portugués llegaba incluso a la gran isla-continente de Australia. La teoría de un descubrimiento portugués de Australia ha cobrado fuerza en los últimos tiempos y pruebas no faltan.

En primer lugar, la propia geografía nos da bastante seguridad en nuestras elucubraciones puesto que hay que considerar la cercanía geográfica de los asentamientos portugueses en las islas de las especias de las costas australianas.

Por ejemplo Timor se encuentra a solo 500 kilómetros de las costas australianas y el mar del mismo nombre que las separa tiene unos 480 kilómetros de ancho. Así pues, no parece descabellado que los viajes, fortuitos o intencionados, de naves portuguesas por el litoral australiano del Mar de Arafura llegaran a la isla de Melville, a la península de Cobourg o a la tierra de Arnhem. Pero necesitamos algo más que la mera especulación, alguna prueba que represente por dónde se ha navegado y que se plasme en algún soporte.

Esa prueba se llama mapa y los hay procedentes de la escuela cartográfica de Dieppe (Francia). A pesar de los escasos resultados conseguidos por los exploradores franceses del momento (Cartier, Verrazano, etc.), ello no fue óbice para que el puerto de Dieppe desarrollara una importante escuela de cartografía, que elaboró una serie de trabajos que testimoniaban las exploraciones europeas de ultramar.

Cartógrafos como Pierre Desceliers ofrecieron en sus mapas detalles precisos de las costas del Nuevo Mundo y, sorprendentemente, de un territorio que nadie conocía a ciencia cierta dónde estaba pero que todos perseguían: Terra Australis Incógnita. Bajo esta advocación se creía en la existencia de un supuesto continente que, teóricamente, debía encontrarse en el Hemisferio Sur para equilibrar la masa de la Tierra.

Este continente misterioso lo identificamos con Australia y resulta asombroso que un mapa de la escuela de Dieppe represente las costas Norte y Este de Australia jalonadas de topónimos en francés y portugués. Descelier presentó su mapa al delfín francés Enrique II (1519-1559), en la conocida como Carta del Delfín.

La coexistencia de topónimos portugueses como Illa, Terra alta, Río Bassa, Illa Fermoza, Illa Grossa, etc. con otros franceses, demuestra una conexión franco-portuguesa que hay que aclarar. La cartografía francesa de la primera mitad del siglo XVI muestra una marcada influencia portuguesa debido a la frecuencia con que pilotos portugueses se embarcaban en naves francesas.

Tuvo que haber algún tipo de trasvase de información de los pilotos, comerciantes y navegantes portugueses que procedían de las islas de Extremo Oriente a sus colegas franceses, que transmitieron a los cartógrafos de Dieppe y El Havre (Guillaume Le Testu). La Carta del Delfín se ha fechado, aproximadamente, en 1550; por tanto, los portugueses ya estaban bien asentados en las islas de la Especiería.

El proto-descubridor portugués de Australia tiene nombre propio; Cristóbal de Mendoça, y la fecha probable de su llegada a Australia se calcula entre 1522 y 1525. No hay demasiados datos para ilustrar este supuesto viaje de Mendoça, salvo que recabó información sobre las costas australianas que luego volcó sobre un mapa que, de alguna manera, llegó a la escuela de navegantes de Dieppe.

Pero aún queda un misterio más en esta odisea lusa y es un nombre a la par exótico como enigmático: Java la Grande. Este topónimo –no confundir con la actual isla de Java– ilustra la denominación que reporta los mapas de Dieppe sobre las presuntas tierras australianas. Ríos de tinta han corrido para determinar qué tierra se esconde tras Java la Grande, y diversos autores creen que sólo puede referirse a Australia.

Este topónimo permanece con cierto resquicio de inexactitud y controversia, sobre todo si le añadimos un texto de la Sociedad Geográfica Nacional de diciembre de 1935 que niega el descubrimiento portugués de Australia, así como la autenticidad de los mapas de Dieppe. Reza así: “No debo pasar en silencio que es probable que el español Juan Sebastián Elcano haya tocado en Australia en 1522. Es dudoso que los portugueses hayan descubierto el continente de Australia en 1540”.

Sin embargo, guarda una conclusión contradictoria sobre los mapas de Dieppe: los valora pero no quiere darle la primacía del descubrimiento australiano a los portugueses, al señalar que “los franceses, fundándose en un mapa (Carta al Delfín de Francia), con fecha de 1542, pretenden que su compatriota Guillermo de Testu conoció el Continente Australiano.

Cuando prueben la autenticidad del mapa, verificarán el hecho del descubrimiento de Australia, cosa que nunca conseguirán; pero aun en el caso de autenticar el mapa, sólo demostrarán que los portugueses conocían la Australia en 1542, pues todos los nombres del mismo están escritos en idioma portugués.” Los mapas de Dieppe, lejos de suponer el fi n del misterio del descubrimiento de Australia, son más bien el inicio del mismo, al no poder probar con firmeza quiénes fueron los primeros navegantes ibéricos en llegar a Australia.

AUSTRIALIA DEL ESPÍRITU SANTO
Los mapas siempre se prestan a discusión, en cuanto a la autenticidad o veracidad de lo representado, una circunstancia que no se profesa tanto en la documentación de archivo. Es indudable que, en líneas generales, la verdadera y sólida base de la historia es la documentación, y en los siguientes viajes de exploración llevados a cabo por los españoles por el Océano Pacífico tenemos una gran base documental sobre la que apoyar nuestras disquisiciones.

Hay que hacer especial mención a las expediciones de Álvaro de Mendaña (1541-1595), en 1567 y 1595, que, aunque muy espaciadas en el tiempo, realizaron importantes descubrimientos geográficos en el Pacífico y representaron los primeros intentos serios de colonizar los grupos de islas que iban descubriendo (Islas Salomón e Islas Marquesas). La expedición de 1567 pretendió crear una colonia de poblamiento en las islas Salomón al frente de dos naves.

Hubo discrepancias durante el viaje, ya que Sarmiento de Gamboa (capitán de la nao capitana Los Reyes) y Pedro Ortega (maestre de campo) defendían navegar hacia el Sur, pues consideraban que estaba cerca de la isla de Nueva Guinea; por cierto, descubierta por otro español, Íñigo Ortiz de Retes, en 1545.

La expedición navegó al sureste para hacerlo, posteriormente, hacia el norte del Ecuador, por recomendación de Hernán Gallego, para regresar a Nueva España (México). Si Sarmiento hubiese impuesto su criterio, quizás las naves españolas hubiesen recalado en Australia. Tuvieron que transcurrir nada más y menos que veintiocho años para que Mendaña tuviese, nuevamente, el mando de una expedición al océano Pacífico.

En 1595, cerca de 400 personas (incluidos mujeres y esclavos) se embarcaron en cinco naves en el puerto de El Callao (Virreinato del Perú). El piloto mayor de la expedición, y capitán de la nave capitana, era el portugués Pedro Fernández de Quirós, personaje crucial en la búsqueda del continente austral y a quien más adelante dedicaremos nuestra atención.

Sólo el galeón San Gerónimo logró llegar a Manila dirigido por Quirós, pues Mendaña había muerto unos meses antes enfermo de malaria, tras sufrir múltiples incidentes con los nativos de las islas y con sus propios hombres. El proyecto de colonización de Álvaro de Mendaña fracasó por segunda vez, aunque en esta ocasión el intento fue más intenso, puesto que se llegó a fundar una colonia española en las islas de Santa Cruz (actual Nendö), en el archipiélago de las Salomón.

Los españoles llegaron a construir una iglesia, varios pozos y una casa municipal. No estaría mal un estudio o investigación arqueológico del asentamiento español en las Salomón, ya que esta cuestión se ha tratado mínimamente. Un proyecto aún más ambicioso y temerario lo representó, pocos años después, Pedro Fernández Quirós (1565-1614), quien estaba llamado a perdurar su nombre en las tierras e islas australes.

Hombre dotado de una gran religiosidad y fervor católico, visitó Roma para obtener el apoyo del Papa Clemente VIII para evangelizar las futuras tierras descubiertas. Quirós pretendía descubrir la Terra Australis Incognita y ejercer en ella una especie de empresa misional con el patrocinio de la Monarquía Hispánica y la bendición de la Santa Sede.

Siguiendo la estela de Mendaña, partió del Callao con tres naves y cerca de 300 hombres entre soldados y marineros, llevando por segundo jefe a Luis Váez de Torres. Se conoce al detalle todo lo referente a la expedición por el memorial dirigido por el mismo Quirós al rey Felipe III, en el que detalla, después de tocar varias islas, cómo arribaron el primero de mayo de 1606 a una gran bahía en una tierra que Quirós pensó que era, no una isla, sino una porción continental.

Quirós bautizó esta isla, perteneciente al actual archipiélago de Nuevas Hébridas, como “Austrialia del Espíritu Santo”. Llegamos así al nudo gordiano de una cuestión que va más allá de la toponimia puesto que, al contrario de lo que pueda parecer, Quirós denominó a este descubrimiento Austrialia, no por ser austral, sino, como escribió después al rey Felipe III, por feliz memoria de su Rey y por el apellido de Austria que ostentaba.

Por tanto Austrialia no sería equivalente a la Terra Austral sino a “la tierra de los Austrias.” Para despejar cualquier ápice de duda, nos remitimos a la documentación, en este caso el diario de Quirós.

Merece la pena resaltar la solemnidad religiosa, como de misión divina, con que plasma la toma de posesión de las nuevas tierras: “Yo, el Capitán Pedro Fernández de Quirós, en estas partes que hasta agora han sido incógnitas, en nombre de Jesucristo, hijo de Eterno Padre y de la Virgen Santa María, Dios y hombre verdadero enarbolo esta señal de la Santa Cruz (...)”, para a continuación nombrar a su valedores, el Papa y el rey de España (por ese orden).

A la sazón no era nada extraño bautizar con nombres o apellidos de soberanos o personajes ilustres las nuevas tierras descubiertas: las islas Filipinas se llaman así en honor de Felipe II, las Marquesas por el Marqués de Cañete (virrey de Perú en 1595), las Marianas en referencia a la reina consorte Mariana de Austria (1649-1665), segunda esposa de Felipe IV, las Carolinas en recuerdo a Carlos II (1661-1700), y Austrialia como “la tierra de los Austrias”. Coherente todo, ¿o no?

LA MISIÓN DE COOK
Los descubrimientos de Quirós no pasaron desapercibidos para el resto de potencias europeas, en especial para la flamante Holanda que, aprovechando la Tregua de los Doce Años (1609-1621), un respiro en su guerra contra la Monarquía Hispánica, empezaba a labrar su pujanza comercial y naval.

A la zaga de las exploraciones hispano-portuguesas, los descubrimientos holandeses en el litoral australiano hicieron que en los mapas cartográficos de la época se conociera como Nueva Holanda, término que luego se extendió a todo el continente. La Austrialia de Quirós quedaba desplazada de los mapas a pesar de que cuando el navegante portugués realizó su descubrimiento en 1606 el Rey lo era a su vez de España y Holanda (Flandes).

Cuando empezó la colonización británica de Australia, los ingleses llamaron Australia a la isla-continente; no, ciertamente, por analogía o por mala escritura del nombre que los españoles acuñaron sino por corresponder su situación a la Terra Australis Incognita. En los libros de historiografía anglosajona se concede el descubrimiento de Australia al neerlandés Willem Janszoon, e incluso en revistas de historia comerciales actuales sólo están dispuestos a admitir a los holandeses como primeros visitantes europeos de la gran isla de las Antípodas.

Esta postergación de la obra exploradora ibérica en el Pacífico fue una constante en el pasado y uno de sus mayores beneficiarios fue el capitán James Cook (1728-1779). Idolatrado en Gran Bretaña, gran parte de los descubrimientos y aciertos de este explorador y cartógrafo británico se deben a quienes lo antecedieron. Cook navegó por rutas ya surcadas y llegó a Australia. ¿Cómo lo hizo?

Unos años antes del comienzo de sus viajes tuvo lugar la Guerra de los Siete Años (1756-1763). Su trasfondo era la hegemonía colonial entre diversas potencias europeas y los combates se extendieron a los territorios de ultramar. Uno de estos territorios fueron las islas Filipinas, bajo dominio español, cuya capital, Manila, cayó bajo poder de los ingleses en octubre de 1762, tras un prolongado asedio de la fl ota británica, y fue víctima de un atroz saqueo.

Un personaje que aprovechó el fondo documental sustraído de Manila fue Alexander Dalrymple (1737-1808), cartógrafo, geógrafo y botánico escocés que acompañó a Cook en sus viajes. La relación del viaje de Quirós que escribió él mismo en 1607 acabó en sus manos. Dalrymple se la facilitó luego a Joseph Banks y éste, a su vez, se la ofreció a James Cook. Otra presa del geógrafo escocés fue un documento tan relevante como el redactado por el doctor Juan Luis Arias en 1610 que, bajo el título de Memorial al rey nuestro señor sobre hacer descubrimientos en el hemisferio austral en continuación a los de Mendaña y Quirós, presentó al rey Felipe III.

Cook quiso privar de fama a los descubrimientos españoles en el Pacífico superponiendo su propia marca. El Estrecho de Torres que separa Nueva Guinea de Australia lo rebautizó como “estrechos del Endeavour”, afectando ignorar que los hubiera pasado europeo alguno antes de 1770, cuando los pasó él. Dalrymple, en un gesto que le honra a pesar del aprovechamiento de los mapas españoles, restituyó el nombre del piloto español, contradiciendo a su compatriota.

Con la colonización británica de Australia, el legado hispánico en su descubrimiento se iba a desvanecer y se fue imponiendo la cosmovisión anglosajona. Fueron, curiosamente, los propios australianos los primeros en reivindicar la figura de Quirós como historia propia y atribuirle el descubrimiento de Australia en 1606. Hay un trasfondo político-religioso en esta reivindicación debido al acendrado catolicismo que profesaba Quirós y que servía de bandera a los católicos australianos frente a los protestantes ingleses.

En España no será hasta finales del s. XIX cuando algunas personas, como el geógrafo Ricardo Beltrán Rózpide, empezaron a ensalzar y recuperar la historia de los descubrimientos españoles en Oceanía durante los siglos XVI-XVII. El mejor resumen del cambio de mentalidad frente a la historia de los descubrimientos en el Pacífico por parte de España lo realizó la Real Sociedad Geográfica en su Boletín de 1913: “Pudo haberse dicho en el siglo XVI que las olas del Mar del Sur iban todas a romper sobre tierras y rocas españolas.

Desde las Galápagos y las Juan Fernández, hasta las Filipinas, y la Nueva Guinea, y las costas y arrecifes litorales de la Austrialia o Tierra de los Austrias de España, todo tenía nombre español, que luego nos fueron quitando, cuando a reata de los nuestros llegaron los navegantes extranjeros”.

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