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Beatriz Galindo, una erudita renacentista

Jueves 19 de Septiembre, 2013
Niña prodigio, profesora de latín en la Corte de los Reyes Católicos, estudiosa de los clásicos, y consejera de Estado, Beatriz Galindo dejó una profunda huella en la cultura y en la vida social españolas de principios del siglo XVI, legado que en muchos aspectos ha sido relegado al ostracismo por las páginas de la Historia, escrita en muchos casos desde un punto de vista exclusivamente masculino.

Por: José Luis Hernández Garvi
Los historiadores no se ponen de acuerdo a la hora de fijar la fecha y lugar de nacimiento de Beatriz Galindo. La ausencia de datos fiables al respecto ha impedido determinar con precisión estos aspectos de su biografía. La mayoría de los autores coinciden en señalar que debió nacer alrededor del año 1465, posiblemente en Salamanca. Sin embargo, algunos estudiosos discrepan de la corriente general, retrasando su nacimiento hasta 1475 y apuntando a la ciudad de Madrid como localidad donde situar su origen. Las dudas también se extienden al nombre del padre de doña Beatriz. Según algunas fuentes históricas podía ser hija de Martín Fernández Galindo, caballero de Écija, Comendador de la Reina y Trece de la Orden de Santiago, aunque todos los indicios apuntan a que un caballero de nombre Juan López de Gricio o Grizio como su verdadero progenitor.

Con todos estos elementos poco más se puede reconstruir de los primeros años de vida de Beatriz Galindo. Se sabe con certeza que tuvo varios hermanos y que desde muy niña destacó por una inteligencia precoz. Parece ser que sus padres pensaron en ingresarla en un convento ante el talento mostrado por su hija, opción que habría sido sugerida por un tío clérigo y único camino que las quedaba a las mujeres de su época que querían cursar estudios. En aquel tiempo, para poder profesar en una orden religiosa las novicias tenían que aportar una cuantiosa dote, algo que estaba fuera del alcance de las familias pobres, lo que vendría a demostrar que la de la joven Beatriz disfrutaba de una posición económica hasta cierto punto desahogada.

Siendo los Galindo un linaje de origen hidalgo con acceso al ambiente cultural imperante a finales del siglo XV, no cabe duda de que debieron ser influenciados por el espíritu del Renacimiento, dando a todos sus hijos la mejor educación que estaba a su alcance, incluso a la que estaba destinada a convertirse en monja. En un principio, doña Beatriz estudió gramática latina con la intención de que pudiera entender y seguir los rezos y las lecturas de su futura vida en el convento. Entre sus primeros tutores algunos historiadores llegan a incluir al humanista Antonio de Nebrija. Desde los inicios de su educación, la joven alumna demostró unas habilidades fuera de lo común para la comprensión de las lecciones impartidas por sus profesores, manifestando una pasión por el estudio que mantuvo a lo largo de toda su vida.

A los dieciséis años Beatriz Galindo dominaba a la perfección el latín y sus conocimientos sobre esta lengua se extendían a las obras de los principales autores clásicos, llegando a convertirse en una auténtica erudita sobre el tema que despertó la admiración de sus contemporáneos mientras su fama se extendía por toda la ciudad de Salamanca. Aunque los investigadores no han encontrado todavía un documento oficial que pueda demostrar que doña Beatriz hubiera podido llegar a impartir clases en la Universidad, es muy probable que a pesar de su temprana edad lo hubiera hecho como lectora invitada, fórmula que se solía emplear con personas que no pertenecían a la institución académica pero que tenían los méritos suficientes para impartir alguna clase extraordinaria.

La personalidad y los conocimientos de doña Beatriz llagaron hasta la Corte y concretamente a oídos de Isabel la Católica, quien la hizo llamar para que demostrase su sabiduría ante su regia presencia. Sorprendida gratamente con la joven tras la prueba, la reina la pidió que permaneciese a su lado para que la enseñase latín, oferta que aceptó. No se sabe la fecha exacta de aquel primer encuentro, aunque se calcula que debió tener lugar en 1480 o 1481. Por aquel entonces la soberana tendría treinta años, y desde un primer momento sintió un especial cariño por la erudita adolescente, haciendo que la acompañase en todo momento, incluso durante las campañas militares, para no interrumpir las clases que la joven la impartía a ella y a sus damas de compañía.

El rey Fernando llevaba ventaja a su esposa en el dominio del latín, pues su padre se había encargado personalmente de que recibiera una esmerada educación, mientras que con Isabel, que en un principio no estaba destinada a convertirse en reina, se habían descuidado muchos aspectos de su formación. Las clases de Beatriz empezaron a dar sus frutos en poco tiempo y la soberana pudo empezar a redactar catas y documentos oficiales en latín, idioma que en aquel tiempo ocupaba el lugar que hoy en día puede tener el inglés en las relaciones internacionales. El ejemplo de la reina sirvió de aliciente para que nobles y cortesanos se esforzasen por aprender una lengua que cada vez era más utilizada como signo de distinción.

El contacto diario y continuo de la joven con Isabel la Católica hizo que surgiera entre ellas una profunda amistad, agradeciendo la soberana los servicios de su profesora con el cargo de camarera mayor, nombramiento que algunos estudiosos ponen en duda. Existe una mayor unanimidad entre los historiadores al tratar la posibilidad de que doña Beatriz también hubiera podido ejercer como profesora de gramática latina de las infantas, reforzando las clases impartidas por otros tutores. Entre los gastos consignados en 1487 para el mantenimiento de la infanta Juana, la desdichada hija de los Reyes Católicos que pasaría a la Historia con el nombre de Juana la Loca, se incluía una partida para ropa y adecuar el alojamiento de Beatriz Galindo, prueba que serviría para confirmar esa hipótesis. En las crónicas de la época también existen algunos testimonios que hablan sobre el talento mostrado por Juana al recitar y escribir versos en latín, posiblemente influenciada por Isabel Galindo, que también compuso poesías famosas en su tiempo.

Fue entonces cuando doña Beatriz empezó a ser conocida en la Corte con el sobrenombre de la Latina, apodo que hacía referencia directa a sus amplios conocimientos en la lengua usada por los romanos. Mientras su fama aumentaba, las familias más poderosas e influyentes se disputaban su amistad. El matrimonio formado por Andrés Cabrera y Beatriz de Bobadilla, esta última amiga personal de la reina Isabel, se adelantó a todos adoptando a la joven Beatriz y nombrándola criada, término que en aquel tiempo tenía un significado muy distinto al de hoy en día. En la Edad Media y en el Renacimiento, los nobles solían enviar a sus hijos para que fueran criados por otro de rango superior o por el rey, personajes que el asumir esa responsabilidad actuaban como una especie de padrinos encargándose de proporcionar a sus protegidos posición y fortuna. También debían velar porque contrajesen un matrimonio de acuerdo a su alcurnia. En este sentido, la reina Isabel también se refirió a la Latina como criada suya, amparándola así bajo su protección. Fue entonces cuando la soberana decidió concertar para su maestra un matrimonio adecuado que pudiera garantizar su posición dentro de la Corte.
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