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CARLOS II

Viernes 24 de Abril, 2009
Reyes enclenques y enfermos hemos tenidos unos cuantos, pero como Carlos II ninguno. Esa manía que tiene el pueblo de dar motes a sus reyes forma parte de su sabiduría popular y con el último de los Austrias estuvieron sembrados. Haciendo un rápido resumen, se puede decir que su corta vida estuvo determinada por su madre (su padre, Felipe IV, muere cuando Carlos tiene cuatro años de edad), sus dos esposas, su confesor (el jesuita Juan Everando Nithard) y su hermanastro Juan José de Austria. Es la vida de un enfermo crónico, de un rey que apenas pudo reinar.
Por: Jesús Callejo.

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A primeros de noviembre de 1661 se notaba el nerviosismo en Palacio. El hijo de Felipe IV y de su segunda esposa (a la vez sobrina) Mariana de Austria, estaba a punto de nacer después de un embarazo complicado. Se esperaba como agua de mayo puesto que los anteriores varones, por unas causas u otras, habían fallecido. De los hijos nacidos sólo había sobrevivido la infanta Margarita Teresa. Cuentan los mentideros que a propósito de la vida libertina que llevaba el monarca, famoso por su larga lista de amantes, éste nuevo hijo fue engendrado en la última cópula lograda con la reina y que uno de los médicos de dijo una vez al rey: “Su majestad deja para la reina sólo las escurriduras”.
La habitación de la reina, antes del parto, parecía una sacristía. No faltaba de nada, incluidas reliquias, velorios, rosarios y cruces para que el nacimiento del infante fuera perfecto y que la Providencia les ofreciera un niño robusto, sano y fuerte. En el cuarto de la reina habían colocado reliquias de las iglesias de toda España:
tres espinas de la Corona de Cristoun diente de San Pedroun trozo del manto de María Magdalenauna pluma de un ala del arcángel GabrielY no eran las únicas. El historiador Jaime Contreras señala un báculo de Santo Domingo de Silos y la cinta de San Juan de Ortega. Tampoco faltaban imágenes marianas. La de la Virgen de Atocha se instaló en el convento de las Descalzas Reales mientras que la imagen de la Virgen de la Soledad quedó en el Real Convento de la Encarnación, ambos situados cerca del Alcazar Real.
El día 6 de noviembre, mientras estaba comiendo doña Mariana, empezaron los dolores de parto y todo fue muy rápido, más rápido y fácil de lo que se podían imaginar. Ya había nacido el príncipe Carlos. Por fin. Pero al primer vistazo se dieron cuenta de que no era tan hermoso ni tan fuerte como hubieran deseado. Nació con taras y malformaciones. El rey había pedido a los astrólogos el horóscopo del futuro niño y el dictamen no podía ser más contundente: “Iba a vivir largos años en medio de la mayor felicidad y de prósperos sucesos de sus Estados, toda vez que al venir al mundo se daba una situación especial entre los planetas. Saturno se hallaba libre de malignos aspectos, en el signo de Escorpión, en conjugación con Mercurio, de quien se iba separando, y del Sol, a quien se acercaba”.
Al parecer, ese día precisamente los astrólogos no estaban muy atinados en sus pronósticos y la Providencia estaba distraída.
La Gaceta de Madrid, como era costumbre, publicó el nacimiento del príncipe Carlos sin ajustarse exactamente a toda la verdad, añadiendo que era: “hermosísimo de facciones, cabeza grande, pelo negro y algo abultado de carnes”. En realidad, para que negarlo, era muy feo, raquítico, tenía costras en una cabeza bastante desproporcionada respeto al cuerpo, con flemones y heridas en la boca, y con llagas y supuraciones en el cuello. Un genetista diría “tara de la consanguinidad”. Además tenía un color verdoso en la piel que no auguraba ni buena ni mucha salud. Como había que mostrarle al público, se hizo la presentación con toda la ropa que fue posible, arropado con sedas y encajes para que solo se le viera la cara. Y poco.
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