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La conquista de Granada

Lunes 22 de Noviembre, 2010
Los últimos años del siglo XV presenciaron algunos de los más grandes acontecimientos de la época y tuvieron a España como protagonista. Mientras Cristóbal Colón navegaba rumbo al continente americano, los reinos cristianos de la península Ibérica libraban la guerra decisiva para acabar con el último reino musulmán que sobrevivía en la piel de toro. Por: Javier García Blanco
A pesar de hallarse inmersos en el momento más delicado de la contienda, los soldados cristianos no sospecharon nada de aquel moro, vestido con atuendo de alfaquí –sabio de la ley islámica–, que decía llamarse Ibrahim. Lo habían descubierto pocas horas antes, oculto entre las sombras y rodeado de cadáveres producto de una batalla librada esa misma mañana. Con la ciudad de Málaga férreamente sitiada desde abril de 1487, y cada vez más asfixiada por la falta de víveres, los cristianos creyeron que aquel moro era uno más de los muchos que escapaban de la ciudad para rendirse y acabar con las penurias. Sin embargo, y para sorpresa de sus captores, el supuesto alfaquí pidió una y otra vez ser llevado ante los mismísimos Reyes Católicos pues, aseguraba, conocía un medio para romper las defensas de la ciudad. Tanta fue su insistencia que finalmente los soldados le llevaron ante el marqués de Cádiz, Don Rodrigo Ponce de León. Tras oír sus explicaciones, Don Rodrigo creyó que aquel infiel podría ser de alguna ayuda, así que ordenó su traslado al campamento real. Complacido por su astucia, Ibrahim Al-Jarbi esbozó una siniestra sonrisa. La mitad de su plan había tenido éxito. Aquellos ingenuos cristianos no imaginaban que, esa mañana, él mismo había guiado en el campo de batalla a un audaz grupo de cuatrocientos gomeles que, al grito de “No hay más Dios que Alá, y Mahoma es el profeta de Alá”, se habían enfrentado ferozmente a las huestes cristianas. Ahora, traspasada la primera barrera, estaba listo para convertirse en un mártir tras lograr su verdadero objetivo: asesinar a Isabel y Fernando. Acompañado por los caballeros Luis Amar de León y Tristán de Ribera, el moro, originario de Djerba (en la actual Túnez), penetró en la tienda real. Allí, pensó Ibrahim, se encontraban los monarcas. Estaba a un solo paso de cumplir su misión divina. Y, en efecto, nada más penetrar en la rica estancia, el tunecino distinguió a una pareja vestida con lujosos ropajes. Sin dar tiempo a reaccionar a sus acompañantes, el musulmán desenvainó un alfanje oculto bajo sus ropas y se lanzó furioso contra la pareja. El hombre recibió un serio corte en la cabeza, de la que manaba abundante sangre y, de inmediato, la mujer vio horrorizada como el moro se lanzaba hacia ella, apuñalándole varias veces con saña. Un instante después todo había terminado. Luis Amar y Tristán de Ribera se abalanzaron sobre el atacante y, con ayuda de otros hombres, lo redujeron con rapidez. Llevados por el afán de venganza y con la sangre caliente al saberse engañados, un grupo de soldados cristianos descuartizó a Ibrahim y, tras cargar una catapulta, arrojaron sus restos mutilados al otro lado de la muralla malagueña. Los musulmanes no tardaron en responder a la ofensa y, tras asesinar a un hidalgo cristiano que estaba cautivo, subieron su cadáver a lomos de una mula, de espaldas, e hicieron salir al animal de la ciudad, en una clara caricatura de la entrada de Cristo en Jerusalén. Es posible que, antes de morir, Ibrahim creyese haber cumplido su misión. Sin embargo, el azar quiso que no fuese así. Aunque heridos de gravedad, sus víctimas seguían con vida. Además, aquellos desafortunados personajes no eran los poderosos monarcas, sino Beatriz de Bobadilla –una de las damas de Isabel– y Álvaro de Portugal –esposo de otra de las damas–. Por fortuna, el rey Fernando se había retirado a descansar, y la reina tampoco estaba en los aposentos en el momento del ataque. Ibrahim, que no conocía el aspecto de los reyes, había confundido a su presa.

EL ÚLTIMO REINO MUSULMÁN El “incidente” protagonizado por el tunecino, aunque se recuerde como una más de las numerosas anécdotas registradas durante la guerra de Granada, pudo haber cambiado para siempre el rumbo de la Historia. El suceso, acaecido durante el cerco a la ciudad de Málaga –que se prolongó durante cuatro meses en 1487–, era sintomático de la desesperada situación que vivían las fuerzas musulmanas a estas alturas de la guerra, con los cristianos sumando victorias y avanzando, lento pero seguro, hacia su meta de someter definitivamente todo el reino de Granada. Desde la arrolladora ofensiva cristiana dirigida por Fernando III el Santo en el siglo XIII, que sirvió para tomar plazas tan importantes como Jaén, Sevilla o Córdoba, los dominios musulmanes en la Península se habían reducido de forma drástica a los territorios del reino de Granada, fundado en 1238 por el nazarí Muhammad I ibn Nasr (Alhamar en las fuentes cristianas). En total, poco más de treinta mil kilómetros cuadrados que incluían las provincias de Granada, Málaga y Almería y parte de las de Córdoba, Sevilla, Jaén, Murcia y Cádiz. Durante más de doscientos años, y a pesar de que la Reconquista se vio frenada en el siglo XIV, el reino granadino se convirtió en poco más que un señorío vasallo del reino de Castilla, obligado al pago de tributos y parias a cambio de la paz, así como al envío de tropas para colaborar en las contiendas protagonizadas por los monarcas castellanos. A pesar de aquellas condiciones desfavorables, el reino nazarí pudo mantener la estabilidad de sus fronteras gracias a los problemas internos que vivió Castilla a finales del siglo XIV. Sin embargo, tras la etapa de mayor esplendor de Granada, personificada por Muhammad V entre 1333 y 1391, la situación fue empeorando. Tras la muerte de este emir, el último reino musulmán de la Península comenzó a tambalearse, apareciendo en el punto de mira de Castilla. Desde finales del siglo XIV hasta 1464, Granada asistió al gobierno de hasta ocho sultanes distintos, un síntoma de las intrigas sucesorias internas que lo debilitaban. Aquella situación fue aprovechada por Castilla, que en 1407 y con el regente Fernando a la cabeza, se hizo con el control del Estrecho y, tres años después, logró la toma de Antequera. La ofensiva cristiana continuó algunos años después, cuando en 1431 Juan II y Álvaro de Luna llegaron a entrar hasta la Vega de Granada, aprovechando una nueva guerra intestina que sacudía a los nazaríes. Desde 1464 y hasta el inicio de la guerra definitiva, las riendas del reino de Granada estuvieron en manos de Abu-al-Hasan Alí, más conocido entre los cristianos como Muley Hacén. Siguiendo la tónica de la dinastía nazarí, el sultán había alcanzado el poder tras destronar a su padre, Sa’ad. Durante sus primeros años de mandato, el reino de Granada experimentó cierta mejoría, fortaleciendo sus fronteras, aumentando el número de soldados e incluso arrebatándole a Castilla algunos enclaves aprovechando que Enrique IV tenía entonces otros problemas más acuciantes a los que prestar atención. Los años de prosperidad y calma, sin embargo, no iban a durar mucho. Con la unión de Aragón y Castilla bajo las figuras de Fernando e Isabel, el reino moro se convirtió en uno de los objetivos de los monarcas.
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