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EL DUQUE DE LERMA, UN VALIDO ENTRONIZADO

Jueves 24 de Septiembre, 2009
Descendiente de un linaje en crisis, supo ascender como ningún otro hasta lograr ocupar un lugar que no le correspondía. La ambición, codicia y ansias de gloria encarnaban a este personaje, excesivo en casi todas sus facetas. Tuvo suerte de vivir una época benévola para individuos ávidos de poder y supo aprovecharla.

Por: Julia Sierra
Hacia finales del siglo XVI la monarquía española se encontraba desgastada después de tanta hegemonía y años de expansión. Felipe II había muerto extenuado y sin apenas fuerzas para dar los últimos consejos a su influenciable hijo. En su lecho de muerte, turbado por la idea de que alguien usurpara el poder, no pudo o no supo transmitir al heredero la responsabilidad que se le venía encima y los peligros que entrañaban los múltiples consejeros o supuestos amigos que revoloteaban a su alrededor. Pero a Felipe III no parecía interesarle mucho la idea de gobernar, él prefería la parte más lúdica de la vida en palacio: los saraos, fiestas, toros... un caldo de cultivo idóneo para que esa labor fuera ocupada por otro.

Al mismo tiempo, Castilla luchaba por deshacerse de la epidemia de peste que arrastraba desde 1596 y las arcas del país brillaban por su ausencia. Por otro lado, Inglaterra, con Isabel I a la cabeza, era cada vez más firme opositora al catolicismo que representaba España, mientras que Flandes seguía presentando batalla y la herida con Francia continuaba abierta, aunque cicatrizando. A éstos y otros asuntos se enfrentaría un inexperto e ingenuo Felipe III, aunque muy acompañado en su labor.

Francisco Gómez de Sandoval heredó una casa que, aunque procedente de los grandes, estaba arruinada y no poseía ningún lugar importante en la corte. A pesar de ello, supo prepararse el terreno para su secreta pero fervientemente ansiada conquista. Nacido en Tordesillas en 1553, era hijo de Francisco de Sandoval y Rojas, tercer conde de Lerma y cuarto marqués de Denia, e Isabel de Borja, hija del jesuita Francisco de Borja. Su padre asumió el cargo de gentilhombre de Felipe II en 1570 y la educación de su hijo fue encomendada a su tío Cristóbal de Rojas y Sandoval, que fue obispo de Oviedo, Badajoz y Córdoba, antes de ser nombrado arzobispo de Sevilla. Así, la influencia de la religión quedó patente en el pequeño, que con el tiempo levantaría a su tío una estatua orante de bronce dorado en la Colegiata de San Pedro, en Lerma.

En 1575, Francisco Gómez de Sandoval recibió el título de marqués de Denia tras el fallecimiento de su padre, sin embargo la casa nobiliaria padecía serios problemas de liquidez. En 1576 se casó con Catalina de la Cerda y Portugal, hija del cuarto duque de Medinaceli, Juan de la Cerda y Silva, emparentándose así con una de las ramas más ilustres de la nobleza española, pero esto tampoco sirvió para sacarle de la penuria. Fue su nombramiento como gentilhombre de cámara de Felipe II en 1580, intercedido por su tío, ya arzobispo de Sevilla, lo que lo sacó de la deshonrosa situación. De este modo pudo acercarse a los jóvenes príncipes, hijos de Felipe II -quien resultó ser inaccesible-. Sandoval organizaba todo tipo de actividades y juegos para entretener al joven Felipe, que se aburría en palacio, y su simpatía e interesada afabilidad conquistó a los jóvenes herederos. Pero esta aproximación no era baladí. Las horas de viejo rey estaban llegando a su cenit y no tardando mucho, nuevos aires entrarían en palacio. Con el favor del futuro rey ya ganado, de buen seguro le colocarían en un importante lugar.

Aún así, los últimos alientos del rey no fueron fútiles, pues, a tenor de las voces de alarma que alertaban sobre el completo dominio que Sandoval ejercía sobre su hijo, decidió alejarlo lo más posible, nombrándolo virrey de Valencia en julio de 1595. Pero el futuro duque tenía claro que nada se interpondría en sus planes y gracias a su influencia sobre el príncipe, no sólo logró acortar su estancia allí, sino también que Felipe II, ya en sus últimas, le nombrara caballerizo mayor de su hijo, lo que acabó definitivamente con sus problemas económicos.
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