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La epopeya de Elcano

Martes 08 de Agosto, 2017
El 6 de septiembre de 1522, 18 hombres demacrados, sin fuerzas, exhaustos, llegaban capitaneados por Juan Sebastián Elcano al puerto de Sanlúcar de Barrameda, el mismo del que habían partido tres años antes para realizar un periplo impensable: dar la vuelta al mundo. Por: Iván Rámila
elcano

Fue una de las gestas más heroicas jamás realizadas. Un auténtico ejemplo de navegación, aventura y... supervivencia. ¿Cómo, si no, explicar que 18 hombres regresaran vivos el 6 de septiembre de 1522 al puerto de Sanlúcar de Barrameda, tras haber dado la vuelta al mundo en un periplo de tres años, y a bordo de barcos carentes de alimento, aparejo y con un casco repleto de vías de agua? Y, sin embargo, en España apenas existe bibliografía sobre aquel acontecimiento y su capitán, Juan Sebastián Elcano. Quizá porque, como dice el escritor guipuzcoano José Luis Olaizola, “los vascos nos hemos cuidado más con las armas y la navegación, que con las letras. Parafraseando al historiador Garibay, no nos hemos preocupado de contar nuestra propia historia”.
Como tantos hombres de su época, se desconoce la fecha exacta del nacimiento de Juan Sebastián Elcano. Se baraja la de 1476, pero es incierta. Lo que sí está constatado es que nació en la villa de Getaria, a 20 kilómetros escasos de San Sebastián. Y como pueblo costero que es, la familia Elcano hizo del mar su profesión.
El futuro héroe fue el primogénito de los nueve hijos engendrados por Domingo Sebastián de Elcano y Catalina Portu. Su padre disponía de nave propia, heredada de sus antepasados, lo que en aquel tiempo era signo de acomodo, ya que la alquilaba para que otros faenaran con ella bien a jornal o por una parte de las ganancias obtenidas. También disponían, por legado, de una huesa en la iglesia de San Salvador de Getaria, donde estaban enterrados sus ancestros, y de la que el segundo hijo, Domingo de Elcano, llegaría a ser nombrado presbítero.
Así, ya desde muy pequeño, el primogénito aprendió las artes de la navegación, a leer los vientos, a sufrir con las tempestades y a comprender que el mar podía darlo y quitarlo todo.
Por aquel entonces, en el País Vasco permanecía muy arraigado el negocio del contrabando. Los vascos, gracias a sus fueros, tenían permiso para negociar con ciertas mercancías sin el deber de pagar los impuestos aduaneros estipulados. Un suculento negocio al que Juan Sebastián se dedicó durante su juventud, viajando incluso a tierras lejanas como Flandes para adquirir telas que posteriormente vendía en Castilla.
Con los beneficios obtenidos emprendió una nueva empresa: participar en las campañas que el Gran Capitán dirigía en el Mediterráneo y en las del cardenal Cisneros contra las plazas de Orán, Bujía y Trípoli. Viendo la necesidad que España tenía de naves, decidió armar una nao de 200 toneles para venderla o alquilarla a la Corona. Lo que iba a ser la consagración económica, se convirtió casi en su perdición. Los costes del material se encarecieron de tal modo que Elcano tuvo que pedir un préstamo a banqueros saboyanos, poniendo en prenda la propia nave y confiando en poder pagarlo con el dinero procedente de la Corona. Pero éste no llegó y el barco fue requisado por los saboyanos. Los regidores de Castilla entendieron que Elcano había consentido que un buque de pabellón español cayera en manos extranjeras y lo persiguieron para encarcelarlo si no pagaba la cuantiosa multa estipulada: precio del navío y confiscación de la mitad de los bienes personales.
Y así fue como el marinero recaló en Sevilla, huyendo de la “Justicia” castellana.
UN PLAN AUDAZ
Era 1519. Hacía dos años que otro navegante, conocido como Fernando de Magallanes –Fernaõ de Magalhães–, se estableció en la misma ciudad. Oriundo de Portugal, Magallanes llegaba después de que el rey Manuel, el Afortunado, rechazara su proyecto de alcanzar las islas de las especias –Molucas–, abriendo una nueva ruta por el Oeste, lo mismo que propusiera Colón casi treinta años antes. La ventaja de Magallanes estribaba en que él había servido en la conquista de la India y en la de Mombassa, y sabía, casi con certeza, que hasta aquellos parajes podía llegarse a través de un paso aún desconocido bajo el continente americano.
En España sí fue oído por el emperador Carlos I, a quien le interesaba arrebatar parte del poderío económico portugués. Además, el plan de Magallanes, ya súbdito español, era el único posible si se quería respetar el Tratado de Tordesillas, por el que los barcos españoles no podían recorrer mares pertenecientes a la corona portuguesa, y viceversa. Y, en aquel entonces, Portugal dominaba todas las aguas que rodeaban a las Molucas desde el Este.
Decidió organizarse una armada desde la Casa de Contratación de Indias, compuesta por cinco naves: la Trinidad de 110 toneles, la San Antonio con 120, la Concepción que desplazaba 90 y las Victoria y Santiago, de 85 y 75 toneles respectivamente. El precio total de esta empresa ascendió a tres millones de maravedíes, costeados casi íntegramente por Magallanes, sabiendo que si la travesía finalizaba con éxito, tal cantidad resultaría nimia comparada con los ingentes beneficios que aportaban las especias, principalmente la nuez moscada y el clavo.
Magallanes, como capitán general, se reservó el mando de la Trinidad –nave capitana–, mientras que los otros barcos serían dirigidos por portugueses y españoles. A Elcano le correspondió el cargo menor de maestre en la San Antonio.
La tarea más ardua resultó enrolar a la tripulación necesaria para completar todas las naves. La escasa calidad de los barcos y el destino incierto al que les llevaba Magallanes, causaban el recelo de los marinos. La solución vino del extranjero. Entre los 265 hombres que compusieron finalmente la escuadra, había franceses, italianos, griegos, alemanes, malayos e ingleses, además de portugueses y españoles. Durante los meses que duraron los preparativos, hubo marineros que embarcaban, desembarcaban y dejaban su puesto a prófugos de la Justicia que utilizaban prestado el nombre de los desertores. Los maestres sabían de la jugada, pero no decían nada por la necesidad de completar el número.
La armada partió el 10 de agosto de 1519 precedida de una descarga de artillería y de la confesión común, impartida por los tres capellanes embarcados.

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