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Un escéptico en tiempos de brujas

Jueves 21 de Junio, 2018
En el siglo XVI, cuando la caza de brujas se extendía con exceso por Europa, un médico segoviano trató de ponerle coto con un experimento científico con la idea de derribar actitudes supersticiosas. Javier Martín

Se llamaba Andrés Laguna. Tal fue su fama que hasta Cervantes lo nombra en El Quijote (“tomara yo ahora más aína un cuartal de pan o una hogaza y dos cabezas de sardinas arenques, que cuantas yerbas describe Dioscórides, aunque fuera ilustrada por el doctor Laguna”).
Había nacido en Segovia, en 1499. Fue médico de Carlos V. Y botánico. Y filósofo. E historiador.

Y mucho más. Ese concepto mil veces repetido –y 999 pronunciado de modo arbitrario e inmerecido de “hombre del Renacimiento”– lo representa como  a pocos individuos de su época. No puso límites a su conocimiento, ni restringió su geografía vital –no en vano, de España se trasladó a París, viajó a Inglaterra, vivió en los Países Bajos, en Italia…–. Allá donde pudiera desarrollar su ciencia tenía su casa.

Pero dejémonos de lindezas biográficas y vayamos a lo que nos ocupa. Y es que entre 1540 y 1545 tuvo su residencia en Metz donde es designado como médico municipal. En esta ciudad al noroeste de Francia se atrevió a enfrentarse a su propio tiempo, a la acusación de brujería.

Andrés Laguna quiso demostrar, muchos siglos antes de que la ciencia acabase con cualquier sospecha al respecto, que las brujas no existen y que ciertos actos responden a los efectos de productos o situaciones psiquiátricas que provocan estados alterados de conciencia. Les adelantamos que de poco le sirvió su buena voluntad.

Resultó que en 1545 Laguna era el médico personal de un prohombre en las cercanías de Metz, en Nancy, el duque Francisco de Lorena. Y que este había enfermado de modo extraño y sin conocer la causa. Y, como era de rigor, ante tal misterio de la naturaleza, la brujería se convertía en culpable de tales tormentos.

En concreto, dos ancianos, acusados de hechicería por sus vecinos, en tanto que “eran brujos notorios, y quemando la sementera, matando todo el ganado, y sorbiendo la sangre a los niños, habían hecho daños irreparables”, como refiere el mismo Laguna en los comentarios con que completa su traducción del texto clásico Materia médica, del griego Dioscórides, del siglo I. Ante tal alarma, mandó el Duque apresar a los supuestos nigromantes.

“YO ENVENENÉ AL DUQUE”
Por supuesto, el encierro fue acompañado de tortura en busca de la confesión. Y, suponemos que la mezcla de esta y de que, según la descripción de Laguna, los ancianos no estaban del todo en sus cabales, llevó al hombre a admitir ante el Duque que había sido responsable de sus males e, incluso, de la muerte de su padre.

¿Por qué lo habría hecho? El Duque había faltado a la tradición de lavar los pies a doce pobres, entre los que él se encontraba, en la cena del Jueves Santo. Y tan triste vio por ese hecho el demonio al vejete que le detalló las claves para hacer caer al Duque en un estado de enfermedad del que solo el mismo ermitaño podría curarlo “con un secreto remedio que le enseñó su maestro demonio”.

Ante tan extraordinaria confesión, el Duque decidió tomar medidas. La primera, ejecutar a la anciana. Con su ley en la mano, otro tanto debería hacer con el autor confeso de dicha maldición. Pero, por otro lado, ¿y si realmente tuviera la clave para sanarlo?

Por si acaso, mejor tenerlo vivo y cerca. Sin embargo, poco tiempo después, el supuesto hechicero murió misteriosamente, ahogado. Pocos días después fallecía el Duque. ¿Brujería? Desde luego, eso fue lo que pensaron los conocedores del caso.

Todos menos Andrés Laguna, quien harto del razonamiento que disponía a toda la sociedad a favor de la superstición, quiso demostrar científicamente que ciertas actitudes, que algunos sueños increíbles, no eran comunicaciones con el demonio ni nada que se le pareciera. En la casa de los supuestos brujos se encontró una olla llena de un “ungüento verde (…) con el cual se untaban”.

Mandó Laguna hacerse con un bote del mismo y decidió utilizar como “conejillo de Indias” a la mujer del verdugo de Metz, que vivía en un estado de locura a causa de los celos que sentía. Sufría un insomnio constante por tal angustia. Hasta que Laguna le aplicó el ungüento. Durmió, según relataba el médico, durante 36 horas seguidas y no le agradó demasiado despertar:

“¿Por qué en mal punto me despertaste, que estaba rodeada de todos los placeres y deleites del mundo? Y vuelto a su marido los ojos (…) le dijo sonriéndose: Tacaño, te hago saber que te he puesto el cuerno, y con un galán más mozo y más estirado que tú”. Fue tal su satisfacción en el sueño que lanzó un furibundo ataque al médico por no haberle permitido continuar durmiendo. Tal experimento le sirvió a Laguna para concluir que “todo cuanto dicen y hacen las desventuradas brujas, es sueño, causado de brebajes y unciones muy frías. Las cuales de tal forma las corrompen la memoria, y la fantasía, que se imaginan las cuitadillas, y aun firmísimamente creen, haber hecho despiertas todo cuanto soñaron dormidas”.

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